jueves, 5 de diciembre de 2013

robo


   Robo, hurto, afano, choreo, en tiendas y supermercados, en freeshops y restaurantes. Nunca sin embargo en casas particulares, ni a los más pobres que yo y tampoco en el trabajo, aunque ahí no es por prurito moral (cómo tenerlo con mis empleadores, si su comportamiento hacia mí no puede por definición ser más que indecente) sino para que mis colegas no se vuelvan sospechosos de mis robos ni la falta repentina de elementos de trabajo entorpezca su tarea.
   (tengo un amigo juan que siendo asistente de sonido en topérrima fiesta encontró un anillo en el suelo y se lo guardó en el bolsillo; al rato la dueña de casa hoy difunta pero entonces sostenida en cirugías e inyecciones de placenta caprina amalia L. de fortabat aplaudió un par de veces y ordenó a sus esbirros registrar al personal; mi amigo se escondió el tesoro -“mi tesoro, mi tesoro”- en la media y zafó con esa argucia, después lo regaló a otro amigo, quien a su vez lo usó como anillo de bodas -única parte de la historia incomprensible para mí-)
   Robar a grandes propietarios, a supermercadistas, ¡a los bancos! (máximo sueño de todo ladrón, hoy cada vez más posible sin violencia gracias a las autopistas virtuales) es un acto de equilibrio y virtuosismo, y por eso tiendo a practicarlo para horror de mi familia y admirado espanto de algunos amigos (“¿y si te agarran qué hacés?” preguntan todos, demostrando que no roban no por su convicción en la propiedad sino por temor a quedar en evidencia, como si los supers etc no tuvieran que avergonzarse mucho más de todo lo que hacen).
   Pienso con especial cariño en los incontables volúmenes sustraídos de librerías y ferias del libro, y con emoción lagrimal recuerdo varias cajas de vino rincón famoso y una de champagne extra brut levantados en el carrefour de avenida La Plata. Vivía entonces con tres amigos y cada vez que hacíamos la compra poníamos la caja chafanda en el piso de abajo del carrito, y no sé si porque los guardias y cajeros no estaban tan avezados como ahora, o porque eran épocas que vistas desde el tenso presente parecen provincianas y fáciles -los saqueos eran una fábula mítica en boca de ancianos inmigrantes-, nunca nos pescaron.
   En el mundo más desarrollado (en Dinamarca, en Alemania) es muy fácil robar, más para alguien que, capaz de aparentar ser la persona más legal de la tierra, es también capaz de leer la disposición de las cámaras, quién las vigila (en general nadie, están para registrar lo que ocurre y verlo a posteriori si es necesario, pero no para espiar a los clientes; el trabajo en esos países es muy caro y tener gente haciendo exclusivamente eso es más caro que afrontar la pérdida de casi cualquier artículo; su función es sobre todo disuasoria y un importante estímulo para la cada vez más voluminosa industria de la vigilancia) y que conoce además varias técnicas de hurto “inocente” o “no me di cuenta” (además del consignado arriba, simular por ejemplo una importante llamada telefónica adentro del negocio y salir para escuchar bien porque en la calle hay mejor señal, y hacerlo con el bolso lleno de cosas robadas; en caso de que te detengan siempre te podés disculpar y alegar una distracción, porque la llamada -nadie se va a poner a controlar si efectivamente existió-, era tan importante que te sacó completamente del lugar; o ésta practicada con éxito al menos dos veces en el freeshop de ezeiza, en Buenos Aires: tomar el objeto robado y salir caminando con él como buscando a alguien que viaja con uno, si no pasa nada seguir y echarlo en el bolsillo, si hay detención, decir que uno está buscando al amigo o al novio o a quien sea que tiene la plata).
   Los ladrones se reconocen entre sí: en el Aldi del Mauerpark en Berlín vi una mujer que hacía las compras con su bebé poner en la parte de abajo del cochecito decenas de productos. Supe antes de verlo que al llegar a la caja sólo sacaría la mitad. Si a alguien más se le ocurrió que estaba llevándose cosas sin pagar, nadie lo dijo, y partió con su botín de lo más oronda.
   Por último, además de las empresas que nos roban a diario a todos, también me han robado, varias veces, personas más desfavorecidas que yo, y por más que me dio rabia y todavía pienso lo que haría o habría hecho con todo ese dinero, no puedo evitar pensar el hecho en el marco de una como redistribución de los recursos que hace más lindo el mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario