miércoles, 4 de junio de 2014

Gerontophilia

(otro tratado sobre la representación)
   Horas antes volar a su encuentro me llama desde Copenhague mi novio Hamlet -quien en su país se ha vuelto un comodín mediático para temas de género y feminismo: lo paran en la calle, lo reconocen en el sauna, es famoso.
   -Tengo un problema -me dice.
  Oh no, pienso, ahora me pide que no vaya, que necesita un tiempo, últimamente lo vengo notando distante, para no mencionar las muchas veces que tengo la impresión de habitar otro universo (nació de ancestros pescadores y vikingos en una aldea de la costa escandinava, y le llevo 20 años).
   -Me preguntan de un diario por qué entre los miembros de las parejas del mismo sexo hay grandes diferencias de edad con mayor frecuencia que entre los de las de distinto -dice sin embargo, sorprendiéndome una vez más, ahora con su idea de problema-.
   -Porque en las relaciones igualitarias se ejerce más la libertad -le digo tras vacilar un poco, y después completo vía mail:-, “la de las edades similares es otra de las constricciones burguesas cuyo sentido se diluye en la contemporaneidad, y en tanto el colectivo queer superó ya en su misma constitución una constricción mucho más fundamental (el tabú de las relaciones igualitarias), el esfuerzo y el estruendo de superar ésta y otras limitaciones queda obnubilado”.
   Al mismo tiempo tengo la suerte -el tesón, apenas horas antes de embarcar- de asistir con mi amigo más cinematográfico, en el primer día del Asterisco, al estreno en Buenos Aires de Gerontophilia (2013), la película más narrativamente convencional, más homogénea y tersa del director canadiense Bruce laBruce. Su obra más formalmente vendible -más comercial- es también la más previsible en su peripecia, y lleva la diferencia etaria entre los amantes a su extremo: un chico (18, 20?) y un anciano (82) se enamoran. La película es de una ternura avasallante -los terribles celos irracionales que poseen a la criatura cuando otros (cree él) quieren chamuyarse al veterano- que no excluye a nadie de su gracia -incluso la egoísta madre se salva, al final, cuando acompaña al hijo en su dolor, olvidando que ha cometido la “asquerosidad de cogerse a un anciano”-. La felicidad que despliega la película se apoya sin embargo en dos poderosos clichés: la reposada sabiduría de la última vejez y la cándida bondad de la primera juventud. Totalmente distinta del Bruce laBruce punk, Gerontophilia trampea un poco también al elegir para el papel del joven a una criatura a la que le basta sonreír para echarse el mundo a los pies. Algo similar vale para el anciano: si no es bello, sí es encantador -que sea negro y puto de todos modos debe tener algún valor en una película que incluye la línea “las mujeres son el negro de la Historia”-. (Un breve aparte merece el uso cuentísticamente magistral que hace laBruce de una gigantografía de Gandhi: sólo sabremos lo que hemos visto al verla por segunda vez, porque la primera, aunque está ahí, ocurre en un plano invisible.)
un potro, un ser de luz
   ¿Se produce con el combo una estetización de la relación homosexual anciano-joven que la vuelve soportable y hasta placentera -idílica- para el gusto burgués? Tal vez, pero la película es un goce de principio a fin, y lo es porque si bien es cierto que el chico se enamora del viejo, eso le ocurre porque son los ancianos quienes le producen erecciones -éste es el punto que no debe perderse de vista y que la película subraya en introducción nudo y descenlace.

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