domingo, 11 de enero de 2015

la muerte fuerza una definición


   “La mejor vida para un escritor es la que lo lleva a escribir los mejores libros”, anotó Flaubert (al menos según Julian Barnes). El escritor alemán más exitoso de la última década, tres semanas antes de estallarse la cabeza con una 9 mm, sentenció por su parte: “En términos de status, el cáncer de cerebro es el Mercedez Benz de las enfermedades, y entre los tumores cerebrales, el glioblastoma es el Rolls Royce. Si hubiera tenido cáncer de próstata o un resfrío no habría escrito este blog con forma de diario. Ni ninguna otra cosa”. Hacía tres años le habían diagnosticado esa forma suprema de cáncer (“el tumor más común y el más maligno entre las neoplasias de la glía”), y durante el tiempo en que se supo enfermo, conforme sus capacidades cognitivas se iban limando hasta llevarlo a tomar su drástica última decisión, escribió el mayor best-seller de la literatura alemana moderna, una novela “de género” de 500 páginas y el blog-diario donde registró la progresión de su enfermedad y de su ascenso literario. Según los amigos que editaron post mortem suam en forma de libro el blog y otros papeles personales, a partir de que se le declaró el mal “mostró una productividad sin precedentes” que lo llevó a trabajar con mucho más calidad y eficiencia que antes (que lo llevó a la genialidad). Venía de 30 y pico de años de grisitud, parte de ellos como ilustrador. 
estallan los pimpollos
   Este caso de tráfico extremo con la parca me recordó a una reconocida figura de las letras argentinas de hoy, de quien tiempo atrás supe que en algún momento de su largo decurso aventurero se levantó una mañana siendo hiv+, signifique esto lo que sea. Conociéndolx, me cuesta creer que con su astucia y conocimiento del mundo no haya podido evitar esa condición, pero no en una como decisión que le dio ingreso a un régimen de contacto omnipresente con la muerte, un quid pro quo que confirió a su evolución (mental, literaria, de artista) las trazas de una progresión geométrica.
    Que la muerte y el dolor son condiciones para la creación es una idea vieja como el agua (partiendo de que la misma civilización no es resultado de otra cosa). Se justifica en que gracias a ella (que es lo real) el creador llegaría a la sabiduría, condición indispensable para alcanzar ciertas profundidades (acabo de ver casualmente dos capítulos de la serie breaking bad, cuyo disparador argumental es ése: a un hombre sobreadaptado le dan dos años de vida -una sentencia de muerte-. Y eso lo arrastra al conocimiento y a la intensidad).
San La Muerte, San Parca
    Hay también formas indirectas de cesión a la muerte: el acoholismo y la drogadicción por ejemplo, o la adicción al sexo, a la comida. Todas tienen sus cultores, todas se pueden ver como funcionales a los mejores fulgores de determinada gente en determinados momentos.
   En línea paralela (en negativo) hay también quienes se dejaron tomar por la parca porque ya habían hecho todo lo que estaban en condiciones de hacer, y lo que les quedaba era repetición -u otras formas de decadencia y aburrimiento-. Michael Jackson y Cerati son ejemplos del mismo cansancio.
   Sin embargo yo, que también soy artista, escritor, tengo el plan de vivir al menos unos 200 años en la mejor salud, por el simple hecho de lo mucho que disfruto de la vida, incluso en los momentos de mayor tristeza, depresión y abatimiento. ¿O si no por qué no ha muerto hace años Charly García? Porque está más allá (no hay que confundir de todos modos su caso con el de Madonna, cuya perennidad se explicaría porque es nazi, otra forma -la preferida por el capital salvaje- de entregarse). ¿o acaso vivir y crecer no son dolores igualmente agudos? Y mortales.

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