sábado, 14 de julio de 2012

¡soltero de nuevo!*


   Quedo en encontrarme con Sascha en una esquina, a las 10 20 (el tribunal nos citó a las 11 00), de camino al juzgado. Llego antes y lo espero en mi bici un poco inquieto porque 10 minutos antes llovía y todo indica que volverán a caer torrentes en breve. Al fin lo veo, pedalea envuelto en una campera verde militar para lluvia, con su vieja gorra de lona en el mismo tono, lo que una vez más confirma que mi todavía cónyuge sigue siendo un combatiente.
   -Qué elegante estás -dice en referencia al saco con que me adorno también para mi primer día de trabajo en Berlín tras dos años de ausencia.
   -Hace poco reencontré este saco, pero lo tengo desde los 16 -comento como disculpándome-.
   Llegamos muy adelantados y tras atar las bicis caminamos un poco por alrededor del edificio tribunalicio. Hablamos de su ansiosa llamada telefónica del día anterior, que me soprendió viajando en metro y en subte, recién llegado de Copenhague, y cuya urgencia aún hoy soy incapaz de entender.
   -Estaba un poco bebido -se justifica-.
   Al fin entramos en busca de la sala de audiencia. Mientras esperamos me muestra un ejemplar de mi novela que él mismo editó. Lo que se hace por amor. Una vez más este chico me emociona hondamente (como hizo por ejemplo hace dos años, cuando en mi cena de despedida de Berlín me dijo “casarme con vos fue una de las mejores cosas que hice”). Pienso un rato y no se me ocurre dedicatoria mejor que “Para Sascha, que tan bien sabe lo que se hace por amor, este libro editado por él mismo”.
   En ese trance, de manera completamente sopresiva, aparece mi abogada, que tiene un marido chileno y una reconocida historia de militancia por los derechos humanos en América Latina. Se pone a hablar en castellano y cuando le pregunto cómo le fue de vacaciones dice que no tuvo.
   -Es que murió mi madre hace dos semanas -explica-. Tenía 93 años.
   Así que junto con su hermano estuvo de velorio etc. Lo que le dio ocasión de encontrar a gente muy interesante: "una viejecita me relató con todo detalle el casamiento de mis padres, cómo estaban vestidos, las vicisitudes y mucho más". En general se la ve bien, animada, ella misma es una mujer bastante grande (seguro más de 50, tal vez 60), me interroga sobre Argentina y la situación actual. Compara dictaduras y asegura que la argentina fue “mucho peor que la nuestra (la chilena)”. Junto a nosotros se pasea en toga negra (boiserie de arce) otro abogado que viene a lo mismo que ella, a acompañar a su cliente en una audiencia. Luce francamente ridículo con su toga laaarga, negrísima, de anchas solapas.
   Al fin nos hacen pasar. La jueza es una mujer joven (de mi edad o apenas mayor), de pelo rubio a los hombros desordenado bajo su birrete, que con otras ropas (si no estuviera vestida como jueza: toga negra etc) bien podría mimetizarse con los drogados que asistimos al Fusion. Una chica de lo más agradable, y encima, cómo se verá, tan cualquiera como mi abogada (lo que me reconcilia con este país y esta gente).
   Me siento junto a mi abogada a la derecha de la mina, y del otro lado, enfrentándonos, se nos sienta sascha. Está de los más prolijo, buenmozo, con barba de algunos días muy pareja, mira sereno con sus melancólicos ojos azules los movimientos reposados y ceremoniosos de la mina.
   -Bueno, la verdad no fue una Lebensparnertschaf que haya durado lo que se dice una eternidad -comenta ella-.
   Después nos pregunta si estamos ambos de acuerdo en la necesidad de ponerle fin al vínculo legal (la lebenspartnerschaft) que nos unió y si no vemos posibilidad de que vuelva a constituirse, es decir, si consideramos imposible revivirlo. Ambos decímos que sí y que lamentablemente no, y la jueza le dicta un acta a su escriba, una mujer de pelo corto y collar de cuentas oscuras grandes, pero no tan grandes como su culo, que escribe sin apartar la vista de la pantalla de la computadora. Allí constan nuestras declaraciones y conformidades.
   De pronto revisando los papeles salta un error de fechas que cometió mi abogada, y sobre el que la jueza, meneando velozmente la cabeza, dice “yo debería haberlo visto pero también se me pasó”. Son apenas unos meses, pero modifican (en centavos) la ya de por sí ridícula cifra (1,3 euros) con que mi cónyuge debe equilibrar mis aportes jubilatorios a la caja previsional alemana. Tras una breve discusión, el obstáculo se salva con una nota aclaratoria que la mina dicta prolijamente a la escriba.
   -Lo siento tanto -me susurra mi abogada con consternación-.
   -No te preocupes -le contesto- son cosas que ocurren, y para mí todo lo que pasa acá es como estar en una película.
  La jueza nos comunica que transcurridas cinco semanas a partir de ese momento, si ninguno de los dos apela su sentencia (que recibiremos por correo en unos pocos días), el vínculo quedará definitivamente disuelto.
   Nos despedimos primero de la jueza y después de la abogada con cordialidad (la frase “fue una audiencia muy agradable” hace reír a las letradas), y montamos de nuevo en las bicis.
   ¿Y, estás contento de ser otra vez soltero? -pregunto a Sascha cuando nuestros caminos están por separarse.
   -No -vuelve a sorprenderme-. Era un estado cool estar casado.
   -Bueno, ahora te podés casar de nuevo -le digo con una mezcla de alegría por lo bien que ha resultado todo y cierta fugaz melancolía por lo que pudo haberse perdido, como si algo de lo que nos une pudiera irse así-.
   Y cada uno se va para su lado.


*Fue en 2005 que dejé de serlo, lo que motivó que poco antes todos (¡todos!) mis contactos recibieran el siguiente mail:
así entienden por qué no escribo:
Jueves 24 de noviembre
Me despierto a las 7 de la mañana y me quedo en la cama pensando. A los 40 minutos me levanto a buscar mate, un termo que vaciaré también entre las cobijas, mientras veo como la luz —escasa, nublada, interrupta por la mucha humedad que llena el aire— va tomando su entidad diurna —y gris. Después hago unos ejercicios bastante rudimentarios —aunque no por eso dejan de darme alegría y calor. ¿Y en qué pienso? En mi casamiento. Algo que un mes atrás parecía lejano y trabajoso, hace 20 días imposible, ahora ocurrirá —si no hay imponderables— la semana próxima. Ya es imparable, el Estado alemán lo aprobó, mis conocidos de acá lo saben, los de otros países se van a ir enterando en el curso de estos días y, tal como pude entrever hace poco, ya se transformó en una bola de nieve que arrastra todo. La carta que mentalmente redacto para mi familia inmediata dice más o menos lo siguiente, después de largar la novedad: „mi cónyuge tiene 27 años, pelo rubio (aunque ya en la frente le ralea), ojos azules, y hace un mes y medio no me conocía; se llama Sascha (un nombre ruso, nació en Mitte, Berlín oriental) y estudia Historia“. Después otros datos: „mide 1,95, nunca lo vi sin ropa, y creo incluso que ni siquiera le toqué las manos —aunque se merece mucho más—; es un chico gracioso“. Lo cierto es que Sascha es un encanto y encima está feliz con el tema, que está transformando en acontecimiento político, en acto extremo (o al menos así se lo representa). Ya lo anunció a toda su familia (que me presentó el día que se inauguró la casa comunitaria que nos tiene de cohabitantes circunstanciales), incluída la abuela, que según parece es un fenómeno y está invitada a la fiesta; los padres, que apenas pisan los 50, creyeron o simularon creer durante dos días que todo era una broma (pobre gente), y todavía no está claro que vayan a venir a la celebración. Sí van a venir los hermanos y amigos, y en la cabeza de Sascha se agita aunque todavía insegura la idea de vestir ropa de mujer o al menos alocada el día de la boda (algo que no está decidido, sobre todo por las dificultades prácticas que entraña, y que por mi parte no habría osado pensar, lo que significa que si tomamos esa decisión tendré hacerme un par de ajustes -más de tipo mental-, aunque obviamente me voy a entregar a la situación con la mayor de las alegrías y convicciones).
Hace dos días estuvimos en un acto político —en realidad una especie de conferencia que daban unos camerunenses refugiados, en la que sascha ofició de intérprete simultáneo inglés-alemán— y después nos volvimos juntos a casa. Fue el mismo lunes que habíamos estado en el Standesamt (equivalente a nuestro el registro civil), donde quedó formalmente constituida la cita para el próximo martes a las 15 hs y nos regalaron un libro de cocina (luego de que el funcionario preguntara en tono cómplice “¿y quién cocina?“, Sascha dijera “ich“ y a mi vez yo: “no es verdad…”) bastante feo, lleno de deseos de felicidad, advertencias estúpidas sobre la vida matrimonial y publicidades. Bueno, ese mismo día, cuando volvimos a la noche del acto donde estaba también su amiga Nelo, sascha decía que tenía que trabajar (prepara unos cursos en la universidad abierta de Berlin —una iniciativa autónoma que aprovecha la energía sobrante de la universidad humboldt— sobre el concepto o noción o sujeto histórico —o alguna otra cosa, creo que por ahora él mismo no lo tiene claro— “burguesía”), pero en vez de hacerlo se quedó tomando un té conmigo en la cocina y platicamos como dos horas. Era más o menos la conversación que estaba buscando. Primero le pregunté si el comentario de daniel el ciego el día anterior en su presencia (y en la de Lena y Ari) lo había molestado (“percibo algo mujeril en sascha; no creo que se case por motivos políticos sino por amor”, ante el cual reaccioné de manera tonta y miedosa: “pero vos siempre te equivocás en tus comentarios“, le dije, “así que mejor no hables“, y agregué que era muy poco cuidadoso de su parte andar largando esas opiniones; en realidad preferiría haber contestado algo irónico y con la suficiente ambivalencia. El punto es que daniel se aprovecha de que es ciego y se las da de tiresias).
¿Qué comentario? —contestó de modo que no me quedó más que entender que lo tenía completamente olvidado y repetírselo.
Sonrió, dijo que no, y que si le hubiera molestado él mismo se lo habría hecho notar a daniel. Le pregunté si para él estaba todo claro en ese campo, si no tenía inquietudes, a lo cual o no contestó o contestó de manera vaga o no entendí, en cualquier caso negando cualquier respuesta afirmativa. Después la conversa se desvió completamente —de él—: le conté la historia de México, qué pasó, de qué se trataron esos cinco años; escuchó muy interesado, preguntó “¿cómo se llama tu amigo?“, algo sorprendente. En el medio me dijo que para la fiesta —la bola de nieve— quería hacer algo que obligara a los invitados a tener algún papel activo, que no quería una fiesta tonta donde los demás
simplemente vinieran y nos felicitaran sino hacerlos partícipes del sentido del acto, porque a él todo el mundo le dice “qué buena onda que te casás“, “qué buena onda que VOS lo hacés“. Le dije si tenía algo pensado.
No, pero estaría bueno que no fuera algo cínico o mala onda con la gente, sino que les dé idea del sentido, que los haga pensar en ellos y en qué hacen o no hacen. Tal vez… que nosotros casemos a los invitados, por ejemplo, daniel con algún otro, o algo así…
Me parece complicado hacer algo así; la gente que viene más o menos piensa como nosotros, no sé… Entonces me vino la idea de escribir y exponer en el living de la casa que cohabitamos todas las reacciones —más bien sus correlatos verbales— de la gente al enterarse del suceso o también lo que dijeron sobre él, incluso antes de que estuviera definido, sin atribuir las frases a nadie, pero invitando a los lectores —los que vengan a la fiesta— a que si reconocen sus palabras agreguen su nombre al pie de cada frase. Ahí van a estar desde los penosos comentarios de Friedrich hasta lo que dijo daniel, la amorosa nelo, los padres, hermanos de sascha, alejandra, etc, mi propia familia. A Sascha la idea le encantó, porque será dejar hablar a la civilización que repetimos sin parar. A mí lo que me gustó fue la conversación, porque entre otras cosas le pregunté qué era para él ese acto, de casarse con un tipo que conoció hace un mes y medio, cuyo apellido ignoraba hasta hoy, que le puede caer bien pero a quién en definitiva no conoce (yo sé qué tengo la inmensa fortuna de ser yo, pero él, ¿cómo se dio cuenta?).
Por un lado está la historia solidaria —contestó—, para que vos te puedas quedar, que es también la oportunidad de burlar al Estado; por otro lado el interés en hacer "was wildes" [algo wild; wild es, como en inglés, salvaje o más bien silvestre, se usa para adjetivar animales o frutos no domesticados —la vida silvestre— pero también para describir tormentas desatadas, animales caóticos, niños revoltosos, huelgas o represiones violentas de esas mismas huelgas y otras manifestaciones], y en tercer lugar porque estoy en un grupo de gente que está haciendo movidas parecidas y a mí también me dieron ganas (la mentada Nelo, por ejemplo, una militante queer que sin embargo se casa con un camerunés para que él pueda adquirir los derechos de un alemán).
Una mezcla parecida había sospechado —contesté.
En parte porque para mí también tiene un sentido comparable: tener la „libertad“ de estar legal pero al mismo tiempo una afirmación personal que también es un acto en contra. ¿En contra de qué? De mis enemigos: la protoburguesía acrítica de cuño (judeo)cristiano de la que —con un par de mediaciones, mis padres— provengo. Y una afirmación de mi persona en la libertad y el amor. Y si bien a decir verdad lo que hacemos algo bastante poco extremo o wild (con ganas, un escandalín simpático de efecto social moderado, para no mencionar la gran cantidad de reaseguros materiales y simbólicos en que ambos nos respaldamos contra cualquier tipo de inconveniente que pueda surgir) su mayor sentido es tanto para él como para mí el de habilitar una posibilidad.
Me alegra de toda la movida (así se lo dije a Mechtild el día que me vino a buscar para ir al cine) que sascha esté re contento —más que yo, según parece— con el plan. Y me entristece que no deje de ser un plan B (por muy preferible al plan A que sea, que venía terriblemente arduo), lo mismo que me entristece la (ex) novia de Sascha, que se está separando después de una larga relación que incluyó cuatro años de vivienda compartida y para quien por muy racionalmente que se considere el asunto no puede dejar de ser lacerante el contraste entre su dolor y lo festivo del entusiasmo reinante. Quisiera hablar con ella pero aún no encontré la ocasión.
Otra buena del día que fuimos al standesamt a que nos den la confirmación de fecha ocurrió después de que el funcionario nos conminara a que llevemos un cd con música significativa para nosotros, según entendí para tocar una vez que la ceremonia se haya consumado, para la salida, de modo de garantizar la operación retórica por la cual la emoción ganará los corazones. A mí la idea me dio hueva pero según parece a Sascha le evocó posibilidades wild. La noche anterior habíamos estado repasando la colección de discos de pasta que María me dejó en custodia al irse a barcelona, y para todos —desde The dark side of the Moon de Pink floyd a santana— tenía una crítica certera, que me hacía sentir un analfabeto musical (algo que siempre he sido, aunque confiaba en mi instinto), dado a un sentimentalismo ingenuo, vacío y estereotipado. Al salir del standesamt me pregunta “¿qué música traemos?”.
No sé —le digo—, es asunto tuyo. Después de la plática de ayer lo único que puedo decir es “sorpréndeme”.
El desafío le gustó.”

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