lunes, 11 de julio de 2016

comentario a post de catedrático y escritor (y respuesta al comentario)

querido daniel, es cierto, pero...
   aunque no vi a los jóvenes de la discusión, los imagino: kirchneristas, su único rasgo pertinente -junto con la juventud-. Tal como lo veo, suponer que no hay diferencia entre los diversos modos administración del capitalismo es pasar por alto los efectos concretos mediatos e inmediatos que uno y otro tienen en los grupos que menos recursos tienen para exigir, para proponer, para pensar: los pobres. Comer o no comer, o pintar la casa.*
   Por lo demás, el capitalismo es el sistema que mayor riqueza ha generado: riqueza social: las redes de transporte, las ciudades, la materialidad de la civilización, etc etc que podrán tener dueñx como los campos y viñedos, pero son de uso y goce común, más completo cuanto mayor su desarrollo. El capitalismo es también el marco en el que la población mundial se alfabetizó masivamente y tuvo acceso a los sistemas de salud, algo que juzgo inseparable del aumento de la esperanza de vida. Pero ¿qué vida? Es lo que estamos discutiendo, sólo que gracias a esa posibilidad.
   La “marcha destructiva” que con razón atribuís al capitalismo no es tampoco
me gusta el de barba
su exclusividad. Pareja -aunque de otra escala, más niña- es la destrucción que ejercían los griegos, y también peor en ciertos aspectos, dado su militarismo esclavista. Si por destrucción te referís exclusivamente al uso de la naturaleza que esa misma civilización inventó y glorificó cuando dejó de considerarla un enemigo, no me parece distinta, ni distinta de la lógica del universo, que carece de toda moral. 
   Recuerdo -vagamente, por lo que podría errar también acá- un post en el que fustigabas a jóvenes clasemedieros por renegar de la clase media, ya que ignoraban neciamente las condiciones de posibilidad de su reniego. ¿No corresponde el mismo razonamiento a quienes vivimos del estado capitalista y hemos llegado a donde estamos en ese marco, donde ejercemos nuestra subjetividad y crítica? Ya en mis épocas de estudiante no era ella la única en destacar cómo la civilización occidental había generado las condiciones para su propia crítica y deconstrucción. Es decir, la innegable complejidad de tu pensamiento no existiría en otras condiciones, porque se alimenta -también literalmente- del estado universal homogéneo (uba, untref, miami). ¿No son acaso los “mecanismos compensatorios para el salvaje proceso de expropiación y alienación que sufre la fuerza de trabajo” lo que permitó que en tres generaciones se pasara de inmigrantes desnutridos a catedráticos y escritores? (Admito que ese tránsito propició también la aparición de los radicales, pero ya prácticamente se extinguieron). ¿Son ésas las “figuritas de colores”?
   Lo que se discute, finalmente, esa noche que referís, es qué grado y qué forma debe tener la intervención en la realidad inmediata que nos corresponde (“El caso argentino, el que mejor conocemos”). Si hay que votar -y militar, tratándose de alguien tan influyente como vos- por un movimiento fundamentalmente contaminado (pero que lejos de tener un valor esencial, lo toma de su contigüidad: el gobierno de los CEOs, la cultura televisiva, los feudaloides provinciales etc) o al contrario, guardarse en la pureza de un antiestatalismo que lleva a condenar por viciado de origen toda iniciativa que provenga de allí. Por mi parte prefiero hundirme en el barro y operar desde allí, buscando al mismo tiempo el mayor grado de conciencia posible sobre las propias condiciones de existencia y las ajenas. Reformismo gradualista. Entre otras cosas porque es el mejor camino para seguir difundiendo las inmejorables propuestas del comunismo.
*¿cómo condenar a quienes encuentran la felicidad en un plasma? Si su vida es la violencia.

Y la respuesta: 

   Querido: admito la justeza y la rigurosidad de tus reparos a mis dichos. Con algunas cosas puedo acordar, con otras no. Pero no es éste el lugar para discutir tu comentario, sino para agradecértelo. De todos modos, me refugio en mis palabras finales: no abogo por el retorno a cualquier forma pretérita de anti-estatalismo (sea la anarquista o la revolucionaria). Pienso que hay que ponerse a imaginar comunidades soberanas (éstas o aquéllas). No me gusta la idea de que todo el mundo se "contente" con las formas de organizar la vida que suponen los Estados actuales. Tampoco estoy seguro de que yo encuentre respuesta a estos interrogantes, pero creo que hay que sostener la interrogación tanto como se pueda.
Abrazo

miércoles, 29 de junio de 2016

crematorio

   Días atrás murió Inés, quien fuera jefa de trabajos prácticos el tiempo breve -me lo parece hoy, entonces era la eternidad- en que fui docente de Semiología en el CBC. Una mujer joven, con hijos recién veinteañeros. La diferencia de generaciones y caminos explica que nunca hayamos sido íntimos, pero el indeleble cariño mutuo se confirmaba cuando nos veíamos, como cuando me visitó unos días en mi casa de Berlín. Estaba enferma desde hacía años, y si bien dos semanas atrás leí un correo suyo donde dejaba entrever que su muerte estaba cerca, no pude prever que fuera a suceder tan rápido. Planeaba visitarla y llevarle un cuento, hasta lo imprimí, sobre la idea de la lengua perfecta (era lingüista y lexicógrafa) que además de nombrarla tiene como condición de posibilidad el trabajo que hicimos juntas; quise que lo viera publicado, pero fue rechazado por una revista electrónica. 
   Me enteré de que había muerto por e-mail y junto con Pablo, amigo común también de aquella época, asistimos a la despedida del cajón en el crematorio de la Chacarita. Al llegar me abrazaron antiguos conocidos, en particular una colega y amiga suya. Se echó a llorar y con sus lágrimas me convirtió: no dejé de verter hasta un rato después de haberme ido. Cuando habló la hija de Inés (quien aunque no me conoce hace cuatro años invitó a mi novio Hamlet a recorrer en plan turismo las galerías enterradas de nichos y las tumbas de la misma Chacarita donde nos vimos ayer) tuve un acceso incontrolable que llegó a la convulsión. Lloré obviamente por su muerte, tan triste y prematura, pero también por la mía (la nuestra) que no cesa de ocurrir, por la juventud y las ilusiones felices de épocas idas, los pimpollos malogrados del amor, todo lo que el tiempo se devora. Mientras la chica hablaba en la tarde helada y ventosa, bajo la luz oscurecida de las nubes, se me acercó uno del cementerio a decirme que el tiempo se había acabado y por favor se lo comunicara a la oradora porque había gente esperando. “Sí, ya le digo”, contesté sin intenciones (ni potestad) de intervenir y con la esperanza de que terminara rápido.
   No vi llorar a los deudos más próximos. Tampoco a nadie del grupo bastante numeroso que llegó con ellos en los autos de la funeraria. Con Pablo supusimos que venían del velatorio, donde ya habrían tenido mucha ocasión de hacerlo. “Para eso son los velorios”, rubricó él.
   Después caminamos con mi amigo hasta su casa. Cocinó huevos poché con arroz, y de postre cortó queso con dulce de batata marmolado y me hizo un café superior. Conversamos un rato largo, saludé a las hijas, hermosas, frescas. Nos acordamos de Inés diversamente, él de su peculiar humor, lo graciosa que llegaba a ser.
   Junto a los hornos, imprevisiblemente, hice también algo por mi incierto futuro y mi presente inestable: crucé unas palabras con la figura central, insoslayable y señera de la Lingüística latinoamericana. Me enteré de que te estás por jubilar, le dije, y te están preparando un volumen homenaje (no le dije cuánto lo merece). Cómo estás, qué estás haciendo, preguntó ella. Nada, contesté, así que si necesitás un docente en semiología... Ya no tenemos ese espacio, dijo con una sonrisa, ¡qué lástima! Le dije que estaba escribiendo, y quedamos en que le mandaría el cuento que había impreso para Inés y guardaba ahí mismo en mi bolso para dárselo a Pablo, a quien también designa.

lunes, 2 de mayo de 2016

las de arriba y las de abajo II

a quién le importa
   Un medio amigo medio figura de la literatura académica -que no sé bien qué será pero sí qué no es- formó familia con una chica encantadora hija de oligarcas. En la reunión que precedió a su última partida a Europa (a donde viaja como investigador becado), ocupó 78% de su conversación (y gran parte de la nuestra) en desarrollar un tema que ya ha tomado, según se vio, muchas más horas de su vida: la chetez -el ser chetx-. Una vez que consiguió circunscribir la extensión del término a quienes son oligarcas por herencia y desestimó otros de sus usos y definiciones, caracterizó por ejemplo la conversación de los chetos en almuerzos y cenas. Consiste, contó, en un repaso de las relaciones de amistad y parentesco cuya finalidad evidente (no dio índices
célebre. académico. francés
de haber considerado otras, no evidentes) se agota en esa misma enumeración: “No hay anécdota”, repetía al mismo tiempo fascinado y crítico. También refirió haberle contestado a su suegro “por supuesto que no” a la pregunta “¿pero acaso no pertenecemos ambos a la misma clase social?”, pregunta que de acuerdo con su relato él mismo habría sugerido -provocado- en el sereno oligarca. “Todos están muy lindos, mis grasitas”, nos escribió al día siguiente un wasap, a modo de recuento amable de la noche.
   Más allá de la comprensible fascinación que provocaría en cualquiera ser testigo y partícipe de un universo tan texturado (definió al menos a dos de sus habitantes como “librescos”, y creo que compartiría su opinión), el caso se suma a la incontable lista de quienes además de cartografiar de modo inevitable en clases el universo social, no pueden evitar hacer de ello una función ontológica. Así, la chetez no es una cualidad asequible: “no se puede devenir cheto”, aseguró, “se es de origen o no se es” (y no obstante, aunque hoy sea incapaz de verlo, él mismo ha llegado a serlo gracias a que gestó un vástago heredero forzoso de esa estirpe: ese nieto es la clave alquímica de su ontología: ¡qué horror!).
   ¿De dónde viene esta fijación con la explicitación e intervención de la clase en las relaciones sociales? Tal vez sea la herencia más invisible de la tradición francesa, que de todas las europeas es la más obsesionada con la nobleza (cf. Le Rouge et le Noir, cifra de esa decadencia esplendorosa). En línea análoga, María Moreno escribe haberse dicho a sí misma “Qué boluda sos, pobre burguesita”* cuando estando en una combi con “mujeres de clases populares” familiares de presidiarixs, cayó en la cuenta de que la integración que había imaginado con ellas había sido una fantasía voluntariosa, revelada como tal en el momento en que las otras supieron que no tenía a nadie adentro (del penal). Lo que se frustró en este caso fue la “fantasía de fusión con el pueblo” y no -como en el del literato- con la estirpe oligarca.
   Se la viene practicando tanto, que la cartografía social en estos términos es una obviedad burda. Y como tal, sus efectos comparables a los del sectario “Monumento a los judíos asesinados de Europa” que se alza en Mitte, Berlín, desconmemoración para todos los asesinados que no se hayan reconocido judíos y, por eso mismo, refundación exacta del racismo que sirvió para articular los asesinatos.
   Efectos preferibles a los de proletarizarse o fusionarse con el pueblo o con la oligarquía y la aristocracia tendría dar a la propia existencia (que pasa por la
soy una hoja ancha. a quién le importa
ropa y los consumos culturales, el uso de los bienes, la circulación por la ciudad etc etc etc) modalidades que no admitan ese rasgado. Idealmente, la distinción aristocrática burguesa proletaria perdería su pertinencia en el mapeo del universo social, transmutada en una complejidad tal -eso es entre otras cosas una tal transformación de la propia cultura: lo queer- que en definitiva la pregunta fuera, con la mayor de las franquezas, ¿a quién le importa?

*“Hacerse de abajo”, en Subrayados, BsAs, Mar dulce, 2013. Pp. 155-158


lunes, 4 de abril de 2016

el retorno de viejas antinomias

lleno de cívico decoro, 
y limpio de odio y de oro
-la mariscala-
   En los años 1990, liderada por ella, se impuso una lectura de los escritores argentinos jugada en su intervención en la cultura europea (el s.xix de París) desde los márgenes (las orillas, la América latina), cuya versión más lograda y conspicua (la más europea) era la de Borges. El par centro-periferia encontraba modulaciones en otras dicotomías rastreables en la historia de la escritura, como la biblioteca y la espada (los dos linajes), la ciudad y el campo, etc, siendo la matriz de todas el par civilización - barbarie. Yo era alumno universitario y tenía impresión de que el debate que precedía la lectura de Borges (lectura que en verdad era parte de una disputa simbólica con esos mismos centros, imperialistas también en el nivel de la aldea global universitaria) estaba superado, en parte gracias al trabajo de autores como el mismo Borges: para nosotros (mis amigos, mi generación) no representaba problema alguno asumir la tradición europea como propia, e igual de fácil nos persuadíamos del privilegio de nuestra situación americana, de la felicidad de nuestra propia lengua (gracias también a los laboriosos que nos precedieron).
   Al inaugurar las jornadas con que se conmemoraron los 100 años del nacimiento de Rubén Darío, el catedrático de la vanguardia en estudios latinoamericanos describió el campo de acción e intervención política y literaria del poeta (nicaragüense) mediante el par inviolable / violado, donde al primer término corresponde lo irreductible del continente (lo indio) y al segundo, el logos que lo trabaja (la espada, el dinero, las autopistas). Además, Link caracterizó la llegada de los europeos a América como el hecho de mayores consecuencias en la historia desde no me acuerdo cuándo, en cualquier caso más importante para la humanidad (para cuál) que todo lo que vino después.
   En la lectura de Darío que asomó en su presentación, y en la que esbozó el “mayor experto mundial en Darío”, el nicaragüense Jorge Arellano, la relación entre nuestra América y Europa fue el más mencionado de los ejes. No por capricho el congreso sobre el mestizo de sangre chorotega se llamó “la sutura de los mundos”.
   ¿Sustenta esto la remanida acusación de que el mundo académico no hace sino regurgitar una y otra vez las mismas ideas, en un aburrido -diabólico- juego burocrático de puntajes y publicaciones? Tal vez, aunque haber desplazado el norte de Borges a Darío (algo que no se limita a la efemérides, ni se explica por ella) marca una variación en la construcción de la brújula que por mi parte sólo puedo saludar con entusiasmo: los interlocutores privilegiados ya no son los académicos de Europa, sino los americanos.
  En cualquier caso, el nuevo avatar de la vieja antinomia indica que mi generación todavía no llegó al poder. O que está en otro lado, leyendo a los brasileños, entre otras cosas.

miércoles, 9 de marzo de 2016

épica y novela

   Voy a ver Carol (Todd Haynes, 2015) porque leí sobre ella en el diario y mis conocidos no paran de nombrarla, y porque encima está en la sala más querida. “La vi, es la historia de una mujer rica que se enamora”, me dice con tinte descalificatorio una contacta de skype (20 años). Lo entiendo: más allá de ciertas complejidades para intelectos cinéfilos (como el uso de reflejos en vidrios, espejos, peceras), la película explota el universo que la publicidad reserva para los consumidores de la franja aeroportuaria, y encima sin exceder los límites de la retórica más convencional del cine estadounidense (su cumbre, la música incidental que adorna la escena de sexo, como si el ethos trascendente que empuja el momento de lo sublime a lo ridículo fuera necesario para soportar que las mujeres garchen).
paisajes de catamarca
   La guionista opinó que a Highsmith seguramente “le habría gustado la estética” de la película. Más bien la estetización con se homogeiniza el mundo que comparten la mujer rica en crisis Carol y Therese, que con su sensibilidad de artista tiene mucho que dar -se ve al final: hecha ya una chica mundana no se deja frenar por el portero del restaurante donde su mujer la espera, serena en la tormenta, entre puros hombres de negro-.
   Por todo eso, Carol hace hasta cierto punto le hace el pendant al Maurice de Forster-Ivory, con las distancias que van de la Inglaterra post-victoriana a la Nueva York pre-psicodélica. Parejo también es el décalage temporal entre escritura de la novela y versión fílmica en cada caso, y acorde con el machismo imperante el lapso que separa la gestación de unas y otras. Pero la carnada es
cuántas cositas
la misma: los ricos tonos y matices albertinos de la vida en la burguesía ilustrada. En Maurice podía entreverse algún cuestionamiento -tal vez más de época que de corazón- a la injusta estamentación de la sociedad inglesa, aquí ocurre lo contrario: quien viva en el apetecible medio social Carol sólo tendrá motivos para sentirse satisfechx.
   “Al principio no hay sintaxis para Therese, ni siquiera para saber cómo hablar de lo que está ocurriendo, no hay un lenguaje para esto”, señaló Haynes sobre su personaje, que como la mayoría de las mujeres no ha sido educada para amar a otra mujer ni para seducirla. La película viene también a llenar ese vacío: ahora tenemos una sintaxis, el lenguaje del romance que entonces no existía, la posibilidad de una educación sentimental que seguimos generando  -y que es parte de la aventura disidente: imaginar el amor, no replicarlo-.    
   En vista de lo anterior, me voy del cine convencido de que Carol pone su
me entendés
granito en la laboriosa y monumental construcción de una épica gay femenina en una época en que la épica gay está muy desdibujada (sobre todo en el corazón de la factoría de lo gay, que es de donde viene). Una épica lésbica que se argumenta en su carácter publicitario, urbano, apto para consumo masivo. Su pariente más reciente es A single man, del ex modisto Tom Ford.  
   Más significativa que la historia de amor entre mujeres parece la de la madre que renuncia a la tenencia de su hija, precio que ella misma propone pagar por su libertad y plenitud (por la sal del título de la novela de Highsmith). También los personajes secundarios, el mejor de todos Abby, la amiga de Carol en ejercicio pleno del lesbianismo.
   Dos elementos de la trama reclaman antención: la pequeña trampa -una escena de reclamo y amenaza en la puerta de la casa de Abby- por la que se nos hace creer que estamos al tanto de todo movimiento significativo del marido de Carol, para descubrir, en Waterloo, junto con la pareja, que se nos ha escatimado algo fundamental. Lo otro es la aparición -un poco inverosímil, es verdad- del célebre revolver, que aquí, contra la ortodoxia, sin embargo, nunca se dispara (no tiene balas). 
   Como ocurre con las fotos de Therese, Carol no tiene punctum: es puro studium. Pero se goza en cada segundo. Porque habla bien.


domingo, 13 de diciembre de 2015

hablando unx se entiende


   -¿Te parece que Hamlet se enojaría si vos (su prima) y yo (su novio) tuviéramos algo sexual?
   -No, para nada -contestó con la velocidad de quien tiene lista la respuesta-.
   -Bueno, yo estoy completamente afín, te aviso.
en pelotas en el campo pintó
   Estábamos las dos desnudas tiradas en sendas reposeras a la sombra de una morera. Diez minutos antes, ya en bolas (ni bien nos quedamos a solas se sacó todo: así de nudistas son estas europeas, y yo no me quedo atrás), nos habíamos fumado mi último porro. Guardó silencio y no tardé en poner otra fichita: espero que mi pregunta no te haya incomodado.
   -No, en absoluto -aseguró- ninguna incomodidad.
   Se levantó para ir a buscar frutas o al baño (muy nudista pero no se atrevió a hacer pis en el pasto) y cambié de lugar las reposeras (algo que veníamos haciendo cada tanto para no perder la sombra de los árboles, que también se movía), que siguieron paralelas compartiendo una misma dirección pero ahora en sentido opuesto: la mía de frente al Norte y la suya hacia el Sur. De modo que cuando volvió a recostarse pude dedicarme a mirar su hermosa concha rozagante y ella -de a ratos al menos supongo- a estudiarme la pija, que iba y venía en los clásicos cambios de estado que exacerban el sol, el calor y el aire libre, cosa que apenas me ocupaba en disimular levantando la pierna que quedaba de su lado en momentos especialmente tensos. Para no ser guarango. Hasta que medio abrió las piernas y abandonó su centro a mi observación descarada.
   -Qué bien se ve tu concha desde acá -dije al cabo de unos minutos, era verdad-.
   -Un punto de vista inmejorable -comentó con una sonrisa.
   -¿La puedo tocar?

después salimos a caminar
   Sentí entonces las henchidas paredes sonrosadas, las superficies mullidas, los bordes multicolores, el clítoris y el punto g. Cuarenta minutos más tarde estábamos a full.
   Más tarde me manifestó dudas sobre su respuesta a la pregunta que había iniciado la deriva. Le dije que por mi parte estaba cien por ciento seguro no sólo de que Hamlet no se iba a molestar sino de que incluso le iba a dar alegría saber que nos habíamos entendido a tal punto, pero se lo había preguntado para sacar el tema y darle una excusa, en caso de que no tuviera interés, para negarse.
  Así fue: estábamos en pelotas en el campo y pintó garchar :)

sábado, 5 de diciembre de 2015

gripe de Yasi en el agua del mate

   En la carpa me quedo en calzoncillos. Me los voy a terminar sacando también para guardarme en la sábana, pero antes acomodo mi bolsa de dormir. Con Friedrich dormimos ya innúmeras veces en la misma carpa, y llegamos incluso a convivir un tiempo en concubinato de a tres con una mujer. Pero desde que se casó y formó familia rechaza cualquier contacto físico que supere un abrazo, lo máximo es el suave beso en los labios que él mismo me coloca de vez en cuando, por ejemplo ahora que está de viaje por Sudamérica. Lo que no quita que al verlo a él también en calzoncillos me den ganas y me acerque y lo abrace para sentir su piel contra la mía, pasarle mis brazos largos por la espalda lisa y chocar los vellos de mi pecho y mis tetillas contra su piel desnuda y lampiña. Lo empujo contra mi cuerpo y él libera una risa nerviosa como de un niño al que se le hicieran cosquillas. La reacción se amplifica cuando con el índice de mi mano izquierda le hago a través del calzoncillo una caricia alrededor del bulto y se lo acaricio después con cierta firmeza. En eso se escucha una retahíla de aullidos puercoespines. Parece que están a metros de la carpa. Mi amigo se queda inmóvil y aflojo el abrazo, retiro mis manos y me voy a mi lado, a mi bolsa de dormir. Que duermas bien, le digo, y pienso en el Yasi, que está ahí cerca escuchando y silbando, preparando su entrada en escena durante la noche. Y sin embargo, sacando un par de veces que el frío o la dureza del suelo me hacen abrir los ojos, o que escucho repetirse tras la bruma el curioso grito, duermo en continuado. 
     Hasta que tempranísimo de mañana me saca del sueño el estruendo de las aves, de increíble potencia, increíble que ensordezcan a tal punto el aire. Me levanto para ir en busca del agua caliente, porque soy adicto al mate. Pero no son todavía las seis y Kunz el Yasi dijo a las seis y media, así que decido esperar y bajo a la orilla del río. El agua corre
la mañana es veloz
a gran velocidad, se nota que bañarse ahí es riesgoso, si bien no sé cuánto si uno es buen nadador. Muchas veces escuché relatos atemorizadores sobre remansos traicioneros que te chupan. El agua se ve tumultuosa. Hay zonas donde se nota que debajo hay movimiento, masas de agua que borbotan con fuerza. Y es lógico pensar que los mismos volúmenes se hundieron previamente con ímpetu parejo y pueden arrastrar un cuerpo de tal modo que ni el mejor nadador consiga sustraerse. 
   A las seis y media me acerco de nuevo a la casa del Yasi a ver si se levantó. Pero todo está cerrado, la puerta con la llave echada. Podría ser que todavía esté durmiendo. Que la gripe le haya impedido levantarse de la cama. Pero también podría ser que no esté, porque si no, para qué echar llave en ese desierto. O que nunca haya estado, aunque eso es difícil porque se quedó con mi termo. A lo mejor está durmiendo. Voy a esperar un poco más. Más cerca de las siete. Dijo que se iba a las siete. Adentro de la casa no hay ruidos, no se escucha nada. Pero a lo mejor está ahí. Acurrucado desnudo bajo las mantas de la gripe. Pasan otros veinte minutos y mi inquietud crece. Porque sigue sin aparecer y sin hacer ruido. Y aunque no haya ido a trabajar debería haberse levantado. En el campo la gente se levanta bien temprano. No tiene nada que ver que esté enfermo. Una cosa es enfermo otra que no se levante. Debe ser que ya se fue. Se fue en mitad de la noche y se llevó mi termo. Es un termo que aprecio mucho. Tiene una calcomanía que reproduce un autorretrato célebre de Frida Kahlo. Cuando mi papá me lo regaló le hice un par de comentarios desdeñosos, que él tomó como signo de desprecio. Pero el termo me gusta cada vez más y lo quiero y no quisiera perderlo por nada. Así que ahora pienso que el Yasi me lo ha robado. Me lo merezco en realidad. Eso es tener plata en un mundo donde hay pobreza: la idea de que los pobres nos van a robar. Es que si yo fuera pobre, si yo fuera el Yasi que está en medio del campo y caen dos extranjeros motorizados con un termo de frida kahlo les robaría todo lo posible y me los comería asados. Por el sólo hecho de que tienen la dentadura completa. Pienso todo esto mientras rodeo la casa, tratando de escuchar algún ruido. En un recodo llego a un lavadero o algo así, un trastero al aire libre, donde encuentro cantidad de objetos desguazados. Restos de un saqueo. O de un naufragio. Son las cosas que el Yasi tira ahí, las partes simples de objetos complejos que no entiende hurtados a sus víctimas. A las siete me decido y doy unos golpes en la puerta en medio del silencio del río. Adentro no hay reacciones, no se oye nada. Sólo el canto de las aves desde los árboles, ya muy mermado en comparación con estruendo lleno de visiones que me despertó antes de las seis. Se fue. El Yasi se fue y nunca más lo veremos. Hasta que sí escucho algo, algo se mueve adentro. Respiro, ¡recuperaré mi termo! Qué idiota soy, qué poca idea tengo. Los ruidos se acercan, la cerradura gira, la puerta de aluminio se abre y adelante tengo al Yasi envuelto en paños verdes que le cubren el pecho y se le enredan por la entrepierna, y junto con él sale una vaharada sofocante de aire húmedo y espeso que me hace retroceder. A sus espaldas los objetos de la mesa forman un remolino tumultuoso, todavía
qué lindo termo
en pleno vuelo. Estoy enfermo, dice con voz selvática, en los ojos una vibración fucsia. Me disculpo por sacarlo de la cama, dice que no por favor y pregunta si vengo en busca del agua caliente. Sí pero no hay apuro, todavía estamos juntando las cosas, tenemos que esperar que se seque la carpa. Porque está empapada por encima y por debajo. Con Friedrich la extendemos sobre la barranca a pleno sol, y un rato después vuelvo a casa del Yasi en busca del agua. Está sentado en su galería tomando su mate. El termo a su lado. Lo señala con el cuerpo. Fuma. Un cigarrillo que acaba de liarse. Mira el río, el sol todavía bajo que se refleja en las aguas extensas del río. El Yasi Kunz. Me ofrece un mate. No, gracias, prefiero no correr el riesgo de contagiarme, le explico. Está bien dice. Se encoge de hombros. Tal vez haya estornudado su gripe en el agua del mate, se me ocurre mientras camino con el ansiado termo. Pero no creo. Eso no lo creo porque el Yasi es bondadoso. Es la bondad misma. Está arrinconado en su historia como cualquiera, habla otra lengua, morirá más joven (o tal vez no, pero da igual).
   Al pasar con el auto ante él para irnos bajamos a saludarlo. Nos sonríe, amable cocinero y calentador del agua, sabedor de que nunca más volverá a vernos y nos olvidará, que pasaremos a integrar los indicios laterales que tiene del resto del mundo, de la gran ciudad donde nunca estuvo, del océano que nunca vio, de otro continente que es otro planeta. Nos sonríe, nos da su bendición de duende.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

guiso de Yasi

   Es un tipo alto, flaco, de ojos azules, que fue rubio y con la derechez de la espalda (curvada para siempre hacia adelante) perdió también la mayoría de los dientes. Tiene orejas puntiagudas y el cuero cabelludo le baja por la nuca como una alfombrita, perdiéndose bajo la remera. Le sirvo vino. Dice que no toma. Se comprometió a cocinarnos un guiso y agita sus ollas sobre el fuego en la noche misionera. Nació en la zona, su mamá tiene la casa cerca y lo mismo que el padre llegó de Brasil, pero mientras el tipo ya se volvió, ella no ha querido. A él mismo le gustaría cruzar la frontera, pero su madre no lo deja. ¿Cómo es el apodo de tu amigo? pregunta. Fritz. Ah, el mío es Kunz. Así me llamaba de chico mi abuela, hablaba alemán nada más, sólo se le podía hablar en alemán. Mis abuelos eran todos de Alemania. Por eso entiendo un poco lo que hablás con tu amigo. Pero un poco. Casi nada. 
   Mientras cuenta abre un paquete de arroz y lo hace llover en la olla donde ya hay cubos de carne y cebolla picada, agrega agua de una pava y pone la tapa. En otra ollita también mal tapada borbota la mandioca. El camping no es mío, el dueño tuvo que ir a operarse y me dejó de cuidador. Yo tengo mi casa acá cerca, con un amigo, pero cuando el viejo no está me vengo. Y tengo tres hijos, todos varones. Edades entre 21 y 17, pero me separé hace tiempo de la madre. Trabajo en plantaciones de tabaco. No pude estudiar aunque yo quería, no pude seguir más allá de la primaria. Me pagan por día, 180 pesos. Pero no creo que mañana vaya a trabajar. Bah, no sé, pero no creo.
cocina de Yasi
   En eso Friedrich mi amigo llega y se sienta a la mesa. En la cara todavía se le marca el terror que lo asaltó hace media hora y le hizo creer que nunca saldrá de la selva ni verá de nuevo a su familia. Se toma el vino servido para Kunz, que acerca la comida. Es un auténtico guiso lleno de sabor. A la mandioca dan ganas de ponerle un buen aceite o manteca, pero sólo hay sal. ¿Vos no comés, Kunz? No, ya cené. Me viene la idea de que nos está envenenando. Qué estupidez, pienso, qué estupideces susurra la paranoia. Pero estamos en tierras del Yasi Yateré. Un duende muy malévolo, incluso asesino, que vivía en los pueblos prehispánicos y después se mudó a Brasil con los negros africanos que se importaban para las plantaciones. Entre los guaraníes era rubio y andaba desnudo; cuando empezó a llamarse Saci en Brasil se hizo negro y pasó a tener sólo una pierna. En las épocas de crueldad desembozada se contaban cosas terribles del Yasi: era degollador, le gustaba amputar miembros, derramar sangre y verla correr. Este alemán es un Yasi, es el Yasi me parece. Cómo no me di cuenta de que es el Yasi y nos va a envenenar para robarnos todo. Es blanco y encorvado, alto, pero los pelos de licántropo que le alfombran el cuello y esas orejas en punta lo hacen un duende. Después nos tirará al río y se irá a dormir a la carpa, a llenarla de su olor a duende en la siesta caliente de Misiones.
    La comida igual está muy buena. Es que el Yasi domina el arte de halagar los sentidos, conoce de hierbas pocimeras. Quién sabe qué le habrá echado al guiso, pero un curioso calor se me difunde por el cuerpo y me toma los brazos y piernas, que están agradablemente pesados. No acepta vino, no acepta nada y mientras estamos sentados a la mesa de madera en su cocina llena de latas y baldes, ventanas que no cierran, un fogón a leña donde harán madriguera los gatos, él va y se sienta en la habitación contigua a ver televisión de Brasil en un plasma XL y cada tanto habla. Le pregunto por los gritos que escuchamos en la ducha. Esos aullidos. Es un, un... un chancho, un chancho espinudo. Un qué, pregunta Friedrich, a quien le
un Yasi fumador
traduzco lo que dice el Yasi, que no saca los ojos de su telenovela. Un erizo, le digo. Mejor habría estado decir puercoespín, la palabra que el Yasi no sabe traducir del portugués más que por sus constituyentes y yo no alcanzo a versionar. Le pregunto a qué hora se va mañana al trabajo. A las siete. Me levanto a las seis y media y a las siete salgo. Ah bueno, te voy a dejar el termo para que le pongas agua caliente por si te vas antes de que nos levantemos, y lo dejás en la mesa, afuera. Sí dice, así si están dormidos cuando me voy igual pueden tomar mate. Asiente con la cabeza y justo en su telenovela alguien grita ¡nao! nao é possivel! Pero no sé si voy a trabajar mañana, agrega. Porque estoy enfermo. Tengo gripe. Me dio gripe por el calor, por el frío, el cambio, el frío ahora, el calor. Bueno, igual te traemos el termo ahora. Y también la plata, te pagamos, por si mañana te vas antes de que nos despertemos. ¿Cuánto te debemos por la cena? Nada. No, cómo nada, decinos así te pagamos. No, nada. No fue nada. Si total todo lo que usé era del viejo. Bueno, no importa, le digo. Te vamos a pagar aunque sea, no sé, algo, 50 pesos. No, no, no me paguen nada. Friedrich, que maneja la caja pero no la lengua, me pregunta cuánta plata trae. Le digo los cien del camping más cincuenta más. Cuando vuelve con los billetes Kunz los toma y los guarda sin siquiera mirar qué le estoy dando. Así son los duendes con la plata.

lunes, 26 de octubre de 2015

época maldita


   A mis problemas cada vez más acuciantes se suma ahora la tragedia de nuestro país sin solución, mi destino sudamericano.
   -¿No querés mudarte a la selva? -ofrecen amigos solidarios y sabedores. Al medio de la selva misionera, detallan, a poner en marcha y gestionar una escuela de castellano para europeos o estadounidenses que quieran aprender el dialecto argentino sobre un fabuloso trasfondo de lianas y sonidos, espesura, calor, vívoras y humedad. 
   

se la devoró la selva
   Como la propuesta es seria, me voy a ver la selva, donde nunca había estado. Y la selva es el mar fuera del agua, con las honduras y el volumen que sueña el campo plano. Como sistema (como trama de vidas) es perfecto: los (árboles y plantas) vivos se alimentan de sus antepasados muertos, cuyo legado será tanto más nutritivo cuanto más próspera y fructífera haya sido su existencia. Lo que evoca la repetida idea de que la selva se devora todo y lo vomita en forma de masa vegetal, que si por su parte se sirve de la energía del sol y el agua no es en plan alimentario, sino como medios para organizarse (y liquidar la entropía). Por eso la selva ha sido siempre refractaria a la Ilustración, amante de los prolijos bosques: en la selva hay masa (que por simple evaporación del agua alcanza alturas que la civilización tardó siglos en explicar) pero no individuos, no hay voluntades árboles (preferidas de los intelectuales) sino el océano de verde y el aire cruzado de luces. La selva ofrece todo, es espejo de cualquier cosa: violencia extrema (la sangre que se estrella contra las piedras, la coral que pica como rayo y mata sin remedio), remolinos y regurgitaciones, los gritos nocturnos de los puercoespines, el rizoma obviamente, y también el candor vegetal.
   ¿Tendré mi próxima morada entre los gritos y susurros de la selva? La idea me tienta, como el olvido y la calma.

viernes, 25 de septiembre de 2015

y ahora, dónde voy a vivir...


    J. Le Carré inventó el proverbio A man who has two loves loses his soul. But a man who has two houses loses his head y lo puso de epígrafe en su novela A perfect Spy (1986), de la que gocé en mi adolescencia -ignoro qué me ocurriría ahora-. No es que tenga yo dos casas (ni siquiera tengo una, aunque tal vez
una obra inolvidable
nunca dejé de tener varias, dispersas por los subcontinentes) pero la que habito adolece de un problema que para la mayoría de mis conocidos es una ambición: le sobra espacio. Seis ambientes amplios de techos lejanos con tres o al menos dos puertas cada uno y altas ventanas de vidrios repartidos que se abren a un balcón perimetral me hacen alternativamente de dormitorio, comedor, living, sala de lectura y biblioteca, atelier, escritorio y salón de danza, microcine y centro de experimentación con drogas según el estado de mi ánimo y la estación del año (el ala sur se pone muy fría entre mayo y agosto, lo que provoca entre otras cosas que tienda a pasar el invierno en Europa, lo que igual me sale a cuenta: tan onerosa es la calefacción). Debo esta situación a que cuando volví al país después de 12 años, dos tías abuelas (casi de la edad de mi madre porque nacieron de un segundo y muy tardío matrimonio de mi bisabuelo) tenían la vasta unidad, de la que son poseedoras mayoritarias, vacía desde hacía cinco.
    -Pago los gastos y me instalo hasta que resuelvan la sucesión- les ofrecí.
    Como me tienen preferencia por sobre toda la otra parentela dijeron que sí tras simular -mal- una consulta con el resto de los herederos.
    Todo iba más o menos bien hasta que semanas atrás una ellas, la que más se mueve, cayó medio de sorpresa (te voy a visitar la semana que viene, dijo y cayó el lunes a las 15:30), acompasándose en su bastón, escudada en su magnífica presencia, recorrió uno a uno los cuartos y quedó horrorizada por el abandono que lucen muchos rincones de su “exquisita propiedad, joya edilicia”, como proyecta escribir en el aviso de venta. Ahora estoy a la espera de las reacciones, porque ellas, a pesar de ejercer una sana curiosidad por los desarrollos más recientes de la vida social (y en particular de mi vida personal), no dejan de ser mujeres muy conservadoras.

jueves, 24 de septiembre de 2015

olimpo o industria

   Finalmente, después de meses de procrastinación y de tenerla abierta en una pestaña de mi navegador (lo que da la medida de mi locura y abatimiento) leo una entrevista en soy (junto con las12, lo mejor que da el diario). Unas líneas llaman mi atención:
             Tengo amigos, en Europa, que consideran positivas esas salidas del   
             closet [de estrellas mundiales del deporte como Michael Sam, Gareth 
             Thomas o Thomas Hitzlsperger]. Yo creo que no expresan sino una 
             huida (más o menos dramática) de un muy rentado Olimpo deportivo 
             hacia un todavía más rentado Olimpo publicitario. Los cuerpos 
             espectaculares del deporte y de la publicidad son, en algún punto, 
             odiosos, porque proponen una norma cerrada y un sistema de 
             jerarquías propiamente olímpico.
   Lo que yo tengo, en cambio, son motivos para sospechar que la divergencia de opinión entre el autor y sus amigxs de Europa responde sobre todo a una cuestión de GPS -es decir, que se inscribe en la eterna lucha -simbólica- entre el centro y la periferia-.
   Al mismo tiempo, el uso tan lábil de la palabra Olimpo amerita un comentario: no hay motivos para discutir que estas estrellas pasen del deporte a la publicidad (aunque podría precisarse que más bien pasan de un ámbito publicitario a otro, dado que lo publicitario es la fuerza constitutiva -la intensidad- de los medios de comunicación, que por su parte hacen el fútbol y demás deportes espectáculo desde hace varias décadas). Pero calificar esos dominios de olimpos es por un lado atribuirles sin más los mismos niveles de elitismo y deseabilidad de que los dota el mainstream, aunque también, en este caso, unos atributos de exigencias de eficacia y excelencia, de aplastamiento y supresión del prójimo (quien carezca de “cuerpos espectaculares” o sus metáforas) del tipo que nos echa encima la reina del pop. De casualidad me tocó ver la final del último mundial de fútbol con el ex jugador alemán internacional que protagonizó el mediático coming out, y me resultó una persona gritona y atormentada, además de transparentar una sospechosa ingenuidad. Alguien que busca su posible nuevo futuro con denuedo desde la cómoda plataforma que le dejó su carrera en el fútbol (dinero, contactos, savoir faire mundano, un nombre). El problema que puede verse en estas salidas del armario (término por lo demás ya muy apolillado, que ha perdido toda precisión) está en la publicidad como régimen, pero no es específico en modo alguno de ellas.
    Por eso, más que Olimpos veo en esos regímenes carreras del capitalismo (pop), probablemente feas en su forma más cúspide, pero que como tales implican para quienes las siguen también grandes tensiones, competidores y empleadores chupasangre, luchas denodadas para alcanzar esas ingentes cantidades de dinero (¿podrá ser que con Olimpo Link se refiera al dinero? No me extrañaría).
    Que estrellas del deporte se declaren disidentes sexuales (aunque la descripción es ambiciosa no es del todo injusta) es tal como yo lo veo importante -fundamental- en relación con las industrias para las que trabajan, tanto para los muchos otros cientos de miles que también viven de ellas (aspecto principal del carácter industrial, siempre obliterado por la cualidad serial de los productos) como, sobre todo, para sus muchísimos consumidores que las hacen tan prósperas. Es fundamental por lo que habilita y porque marca el paso a otra cosa. ¿Por qué no habría de verse en esto algo “positivo”? ¿Sólo porque no nos gusta esa industria, no nos gusta ese mundo? Pero ¿cuál es, cualitativamente, su diferencia con la industria del arte, de la música, de la literatura (de las que viven el reputado crítico y su grupo familiar)? Tal vez sólo que son más feas, siendo al mismo tiempo más bellas que la industria automotriz o la de los agroquímicos, para no mencionar la armamentística. Sin embargo los artistas, herederos de la torre de marfil heredera del genio romántico, creen que son especiales, y que están afuera. Pero el Olimpo es un invento literario, y siempre será de ellxs.

pd: por lo demás, el reputado autor señala que en su último libro (el que publicita la nota, justamente) presenta una teoría del amor. Me da mucha curiosidad, a ver si es la misma que la mía (cuya hebra inicial).

lunes, 31 de agosto de 2015

productividad de la negatividad


   Un viernes del mes pasado me presenté en el cck (qué lugar, cuántos ecos) con idea de escuchar disertar a Roberto Jacoby (uno de los nombres del arte contemporáneo). Pero no había tal disertación (“nooo, yo no me atrevo a dar una conferencia sobre nada”, se atajó, aunque de publicar teoría en revistas especializadas no se priva) sino un curso para el que había que contar con inscripción previa.
   -Te dejamos pasar si te comprometés a venir también los otros tres viernes -me dijo la funcionaria encargada de tomar lista (!)-.
Cumplí mucho mejor que lxs otrxs inscriptxs (que en su mayoría desertaron) y que ella misma, quien después de pedirme en dos ocasiones mi dirección de correo electrónico omitió prolijamente incluirme en la lista de las comunicaciones del seminario.
   En cada uno de los encuentros, Jacoby repitió las siguientes ideas: A) Como en matemática o neurocirugía, en arte la instancia de legitimación más válida -es decir, la que cuenta- es el juicio de los pares, porque son los únicos que están en condiciones de entender. ¿O alguno de nosotros se atrevería a opinar sobre cómo se lleva a cabo una cirugía del cerebro o el desarrollo de un teorema?; B) La denominación “obra” ya no sirve para designar lo que se hace en arte contemporáneo, mucho mejor es hablar de experiencias, procesos, y C) el arte es una actividad inútil, carece de finalidad.
   Sin embargo: la homología de A pasa por alto la distinción entre procedimientos (sí coto exclusivo de expertos) y efectos (las aplicaciones del teorema, el resultado de la cirugía, que alcanzan especialmente a los legos). Es claro que la mirada de los pares es indispensable -porque constituye un diálogo, tal vez el único horizontal-, pero menospreciar las demás empobrece el ambiente. ¿O acaso el mismo razonamiento podría extenderse a la política? Además, ¿tiene sentido la puja por las prerrogativas de legitimización, cuando en definitiva lo que cuenta es otra cosa (unx mismx posiblemente)? Respecto de B, la palabra “obra” se colaba invariablemente en el habla de Jacoby y en la de todos sus oyentes. En vez de perder energía en negarla, ¿por qué no (cuánto lo siento) problematizar sus sentidos (lo que no es nuevo en absoluto, como testimonian las expresiones “obra abierta, obra en proceso, obra-x”, de larga historia etc)? Y en cuanto a C, que exista en todas las sociedades (incluso en animales no humanos, v. gr. las ballenas) sugiere que el arte tiene una finalidad, si bien de naturaleza distinta a la del resto de las actividades humanas, sujeta sin embargo al mismo grado de complejización que ellas (por ejemplo que la inversión financiera, caracterizada por el mismo Jacoby, entre otros modos, por su complejidad). Encima, considerar que el arte es inútil le pone el lomo al latiguillo “ramal que para, ramal que cierra”, tan socorrido en los ‘90. Para combatir ésta y otras mistificaciones -del arte- es más útil pensar el arte en relación con su función (de caracterización discutible pero entidad innegable): así como la de los trenes, la finalidad del arte se definiría por ella.
acv de Ojeiv Ocsav
   Jacoby situó también de manera impecable el funcionamiento del arte como activo en la economía financiera que organiza la generación contemporánea del capitalismo: los mismos que venden las armas con que se ejecutan las matanzas en los sitios calientes del planeta apuestan al arte que narra o denunicia esas matanzas (uno de sus ejemplos recurrentes) como modo de preservar y aumentar sus activos.
   Como sea, nunca fue tanta como hoy la gente que en todo el mundo vivió (del arte), ni nunca se produjo tanto (arte). Arte arte arte, democratizado al punto de que cualquiera puede hacerlo (lo que no quiere decir de ningún modo que cualquiera lo haga). ¿Qué hay de objetable en esta situación? Las vanguardias de antaño impulsaban la ocupación de la vida por el arte, y ahora que ha ocurrido (mostrando lo ingenuo de creer que sería incompatible con ciertas relaciones sociales) las de hoy (entre ellas tal vez el mismo Jacoby) lo lamentan, porque no pueden seguir creyendo en la singularidad que recortaría su actividad de todas las otras, quedando desposeídas de su mística y viéndose obligadas a asumirse como trabajadores.
   Y sin embargo la situación (tanto ubicación como estado) nunca fue mejor, porque nunca estuvo más desarrollada. ¿Cuál es el camino del artista? Trabajar. Para ofrecer a sus coetáneos arte de buena calidad. Y exigir que le paguen por eso. El sistema tiene previsto un sitio incluso para las fugas (igual que para los artistas “inclasificables”). En ese marco, la genialidad es inexorable.
   Por lo demás, no sé de ningún grupo social -sin que esta caracterización sea óbice para singularidades de clase ni país- que viva tan bien como lxs artistas: nadie como ellxs disfruta de la vida ni tiene una relación tan armónica con su propio trabajo ni establece relaciones con otrxs (no sólo, pero sí sobre todo, sus pares) tan ricas y variadas. Nadie goza de mayor libertad. Este éxito, ¿a quién se debe? Y de acuerdo con lo anterior, ¿implica acaso una deuda con el resto de la sociedad, la gran mayoría de gente que en mucha mayor medida son esclavos y que financia el arte? La moral dice que sí.

martes, 4 de agosto de 2015

la experiencia suprema de la vida


   ―¿Te gusta el sexo? ―dijo de pronto Fabiola.
  ―¿Eh...? ―contestó Matildo estupefacto por la franqueza y claridad de la pregunta, que la volvían incomprensible― ¿Qué sexo?
   ―El sexo... tener sexo. Coger.
   ―Sí... me gusta. ¿A vos?
   ―Me encanta ―dijo la chica con el mismo tono que si hubiera dicho “es la una y media”, que debía ser más o menos la hora.
   ―¿Por?
   ―No sé. El motivo no lo sé ―contestó ella con sorprendente cintura―. A vos por qué te gusta.
   ―Qué sé yo ―Matildo se encogió de hombros―. Me dan ganas y es... me va llevando.
   ―Pero la experiencia suprema es el amor ―siguió ella como si él no hubiera hablado, lo cual no era del todo injusto―. O mejor dicho, no: el amor te regala momentos deliciosos, te llena la vida de color y alegría, aunque sobre todo te la llena de ilusión. Pero lo de veras insuperable, la experiencia suprema de la vida, es el sexo con amor... El sexo o el amor, cada uno por separado, alcanzan para vivir y soportar casi todo: el dolor, o mejor dicho la muerte, que al final se lleva todo. Pero los dos juntos son lo supremo, la experiencia máxima a que puede... a que tiene acceso un ser humano. ¿No te parece?
   Matildo consideró la posibilidad de desprenderle la bikini y desnudarla (detrás de los arbustos por si los otros dos volvían in medias res). Pero algo en el curso de la conversación lo hizo suspender la idea. Abrió otra cerveza y se tomó varios tragos de una vez. Después se recostó de nuevo con los brazos a los lados del cuerpo, apoyándose en los codos, mirando el horizonte fulgente más allá de los los pelos y los relieves gomosos de su cuerpo desnudo e hinchado por el calor. En principio Fabiola no le atraía. Era medio regordeta, aunque en ese lugar, con ese calor, con todo lo que tenía a flor de piel, era obvio que podría haberle gustado... Qué estaría pensando ella. Posiblemente no le costaría trabajo llevarla a la situación sexual, después de que ella misma se había puesto a hablar del tema. Pero la verdad es que le faltaba un impulso, un impulso menor habría bastado, siempre que hubiera sido propio. ¿Por qué le faltaba? No sabía.
   ―No sé si alguna vez me tocó esa conjunción ―dijo al fin.

quién no estaría desnudo
   ―No importa, querido, es una idea... ―contestó la chica con tono de quien no encuentra recompensados sus esfuerzos―. La civilización habrá alcanzado su non plus ultra cuando esa experiencia esté al alcance de todos... Además la paciencia facilita muchas cosas. Encarna el espíritu de la civilización. La paciencia y la ansiedad por satisfacerla. Sin ir más lejos es la base del sistema jurídico. La gente se queja de que la justicia es lenta, pero la esencia de la justicia es la morosidad, la dilación indefinida, y la vida sigue tan tranquila mientras los juicios siguen sin fallo... y al final nos morimos todos. Ahora, cuando aparezca el primer inmortal entonces te voy a decir: está más allá.
Después de eso, Fabiola lanzó su vista al horizonte, dejando ver un asomo de sonrisa, como quien disfruta de haber dado una estocada certera. Para quién simula que lo disimula, se preguntó Matildo. Todo parece tan fácil. Podríamos pasar un buen momento. Aunque bien pudiera ser una experiencia insatisfactoria. Otra más.
   ―Por eso pintamos a Juana Azurduy en la lona.
   ―¿Eh?
   ―Era revolucionaria. Según ella cuando estuviera al alcance de todos tener sexo con la persona amada se habrían alcanzado la justicia y la verdad universales. Y obviamente la belleza. Es que era una ilustrada y una revolucionaria, ¿entendés?
   ―¿De dónde sacaste eso? ―preguntó Matildo, para quien la conversación se desarrollaba como una vertiginosa sucesión de umbrales que se le pasan demasiado rápido.
   ―De la misma cajita de fósforos donde venía el retrato, obvio ―dijo ella encogiéndose de hombros―. Y no soporto la gente que se cree que le estás tirando onda todo el tiempo.


Punta Rosita (2005)