jueves, 8 de junio de 2017

contra natura


    Termino de nadar mi media hora semanal (desde hace tiempo creo que el exceso de deporte es dañino) y subo a las duchas, que suelo usar como spa durante otra media por sus aguas caudalosas y la amplitud de temperaturas que ofrecen, y no menos por su atractiva estructura descompartimentada, old style. Pero es todavía muy de mañana y no hay otra gente en ese espacio abundante en caños, cuya mayor diferencia con lo que fue cuando Perón lo inauguró en 1949 debe ser el resultado de la entropía, así que estoy solo, recibiendo el chorro sobre la nuca (en esas duchas se robaron hace ya tiempo todas las flores) cuando aparecen el chico y su cuidador.
60 canillos y 0 flor
    Ya los vi en el vestuario antes de nadar, pero como estaba concentrado en cambiarme reparo en ellos recién ahora, retroactivamente: un joven de veinte y algo en compañía de un adulto que dobla holgadamente su edad. El chico tiene algún tipo de retraso, no presenta los clásicos rasgos mongoloides, aunque sí un cuerpo que parece no haber sido sujeto de ninguno de los disciplinamientos que vienen instruyendo poses andares y looks en el mío y los de mis amigxs. El suyo parece haber quedado abandonado a su proliferación. En la contingencia. En la pileta, mientras en todos los andariveles había tres nadadorxs, el chico con su padre o tutor o encargado tenían uno exclusivo. No sé por qué nadie más nadaba con ellos, de quien fue la decisión.
inigualable obra  de la entropía
    El muchacho trata de abrir una canilla cerrada con alambre. Ahí no podés, le digo, pregunta por qué, porque están rotas, fuera de servicio, tenés que ir ahí o ahí (le señalo dos posibilidades); bañate acá, le indica el hombre señalándole el lugar que justo frente al mío y me dedica una sonrisa que habilita no sé qué. El chico se quita con mucha dificultad la malla, tarda minutos durante los que puedo ver su cuerpo de espaldas, es el caso más extremo de antihegemonía estética que recuerdo. Tiene un elástico alrededor de la cintura que no se saca, debe ser para la malla, estará suelta, razono vagamente. Pero cuando se da vuelta desnudo veo que lo usa para sostener una bolsita impermeable clara y chata, un portavalores tipo el que usan los turistas para obstaculizar el carterismo. Sin embargo yerro de nuevo: no es eso sino la saca recogedora de un ano artificial, que a juzgar por el abultamiento del abdomen del chico debe incluir también una parte interna voluminosa y rígida. Quién sabe a qué manoseos habrá sido sometido ese joven cuerpo que para ducharse no se quita las antiparras, sin ellas no puede enfrentar las gotas que le caen sobre los ojos. Me pregunto si las juntas del sistema contra natura serán herméticas o, al contrario, tendrán pérdidas, y si quienes nadamos en las mismas aguas lo haremos entre restos de digestión del muchacho. Pero inmediatamente recuerdo que muchos anos a natura también tienen pérdidas, y que encima han de ser muchxs más quienes llegan a la pileta con sus anos en condiciones que uno difícilmente juzgaría ideales (por suerte en la pileta sobra el cloro, pienso con alivio). Así que el chico no representa nada especial en ese aspecto, sino otra cosa, como un ejemplo de humanitas. Él y su acompañante abandonan rápido el sector donde yo me demoro, dejándome otra vez a la espera, pero mientras se están secando unos metros más allá el chico grita “las brujas de Inglaterra, las brujas de Inglaterra” y acto seguido pronuncia una secuencia de sonidos muy variados en articulación, entonación, altura. ¿Así hablan las brujas de Inglaterra?, le pregunta el hombre con tono de interés. Él dice que sí. Sé tres o cuatro idiomas, estudié latín y rudimentos de griego, y me pareció harto verosímil.

lunes, 29 de mayo de 2017

Llanto en el cck


   Me cuenta un amigo que entre los animales que crió en su casa de Ramos hubo un lagarto overo: me lo regaló mi papá muy chiquito y creció hasta medir más de un metro. Vivió siete años en el fondo de casa y murió en dos etapas: un día tenía paralizadas las patas y la cola, dos días más tarde todo lo demás. Es posible que lo haya matado el frío, me dijo el veterinario. Comía huevos, se los dábamos crudos con un agujero y él los vaciaba, viste que los lagartos tienen esa lengua tan reptiliana. Cuando me lo regalaron tuve que tapar todos los huecos del cerco, los pozos por los que podría haberse escapado. Lo cuidé mucho, lo cuidaba mucho, le compré una plancha térmica que se conectaba a la corriente y se calentaba: él se echaba encima. De chico se dejaba tocar, cuando creció se volvió más arisco. ¿Conoció algún congénere? No, nunca vio un par, era macho, aunque sólo por suposición. Se llamaba Uriel.
no es la libertad, es otro
   En el Centro Cultural Kirchner (ese lugar), mientras recorro la exposición Naturaleza: refugio y recurso del hombre, compuesta de obras de numerosos artistas, me acuerdo de Uriel y su criador. Formo parte de un grupo donde hay también niños al que guían dos mujeres. Una de unos 25, la otra más o menos del doble. Ellas informan con entusiasmo cuestiones básicas de los artistas (origen y lugar de residencia, línea de trabajo) y contextualizan las obras. Por ejemplo relatan con tintes épicos la consagratoria intervención de Nicolás García Uriburu en la Bienal de Venecia del ‘68, a partir de la cual reproduciría su obra coloradora en aguas de todo el mundo, o explican que para su instalación Nicola Costantino tridimensionó con una impresora la fuente de la vida que Hieronymus Bosch pintó en El jardín de las delicias. Los asistentes de mi grupo casi no preguntan ni intervienen, aunque la guía más joven estimula la participación: ¿a qué se parecen las olas tomadas desde arriba? Pregunta ante El mar, de Ange Leccia, o ¿qué sugiere el mar?, frente a la obra de Agnes Varda. La libertad, se me ocurre, la libertad. Pero la respuesta que ella buscaba era otra.
paisajes de catamarca
   Después de ver tantas obras, muchas inolvidables, salgo llorando y por horas tengo que secarme el rostro. ¡Qué miseria! pienso desencajado, entre convulsiones, al borde de una depresión definitiva. Una exposición para miles en ese lugar único, que lo tiene todo para ser un verdadero foro de entendimiento por donde pase la vida, ¡reducido a esto! ¿Nadie le dijo a la curadora de Naturaleza: recurso y refugio del hombre que ya el nombre de su exposición es misógino y patriarcal (“el hombre”, ¿qué hombre?)? Mucho menos podría esperarse entonces que le hayan hecho ver que, encima, oblitera (tal como la ideología según la dice Marx) que la civilización no sólo es parte de la naturaleza, sino directamente su inventora, y que nuestra especie animal no es menos naturaleza que las plantas con sus hermosas manchas de petróleo y talas de bosques y sus aguerridos centros culturales. Pero en el segundo y el cuarto piso del cck la naturaleza se nombra y se reconoce por sus distintos tonos de verde (así la gráfica completa). Un rayo de esperanza antecedió mi ingreso a la sección “Antropoceno”, dados su nombre contemporáneo y la historización crítica del ambientalismo que conlleva, pero lo único que hallé fue reventada toda su recursividad, al punto de que el mismo concepto de ecología que operan las voluntariosas guías se sustenta obviamente en citas de GreenPeace. Un mundo pre-queer, pre-trans. O más bien anti.
   En este marco (en realidad ése es el marco) resulta inevitable -necesario-
entretenidos globos para caminar en medio
obliterar también por completo el carácter industrial del arte y su funcionamiento como una rama más de la industria del entretenimiento: las guías nos llevan por una sucesión de obras transparentes, portadoras de un mensaje cerrado (no importa cuál) que no entablan relación alguna con el sitio donde están ni con su régimen de uso, que refieren a una verdad exterior, y ante todo, ajena. Lloro en medio de la ciudad y viajo por un jardín florido, entre rascacielos y trigos, por los pasillos que recorren las reses camino al matadero, y en las nubes veo a Uriel, lo ausculta el veterinario. 
 

lunes, 6 de febrero de 2017

CDMX

Será un regreso bastante endiablado, muy potente. creativo, cuestionador, convulsionado, supone un corte una transmutación, será un viaje con mucha intensidad, energético. Hay que tener en cuenta los pro y los contra de esta intensidad. Dijo el tarot de Meroro Quiezele

   ¿Cómo se vuelve a los lugares donde la locura y el amor desesperado dejaron su impronta indeleble en el cuerpo y la mente? Lugares que todavía muchos años después de haber quedado atrás siguen marcando un tic tic en las entrañas, un tic tic de terror y piedad porque guardan esquirlas de felicidad y dolor hasta entonces ignorados, de indestructible loca juventud. 
   Desde que me fui, las formas del regreso visitaron brumosas mis amaneceres, pero horizontes más recientes y ordenados -menos aturdidores para un alma vaga y vapuleada- tenían más poder y ganaban una y otra vez la compulsa. 
   Hasta ahora. Porque ahora la muerte, haciendo ondear su estandarte de tristeza, hizo que ya esté pisando de nuevo los viejos sitios donde amó la vida y tejió tantos sueños, donde viví en la posibilidad y enterré una vida: la ciudad que me enredó en la trama de sus líneas de metro, que me vio hacerme hombre (y mujer), la más enloquecida y delirante de las que conocí, la gran capital de la hispanidad.
Atrapada por su pasado (suéltame pasado)
    Y sin embargo la ciudad a la que vuelvo después de 15 años ya no existe: me fui del DF y estoy ahora en la Ciudad de México. Que por lo demás se reconoce en casi todo, si bien como la mayoría de las ciudades siguió mutando en su particular régimen de acumulación. Lo muestra la Cineteca, engrandecida de un modo que hace honor a lo más granado de su tradición arquitectónica.

martes, 10 de enero de 2017

se escucha en el cine - ¡nueva sección!

hoy: cuentos de la selva
   Ir solo al cine es una experiencia que me acompaña desde la adolescencia. Se modula en cada película, pero también en la sala, sus olores y colores, las butacas y en el hecho, tan característico de mi vida, de andar suelto. A esos estímulos recurrentes se suma uno tan irrepetible como cada título pero, al contrario de ellos, aleatorio e imprevisible: las conversaciones que se escuchan en la sala. Las define el momento de relax incomparable en el que ocurren, el de la espera conjunta para un disfrute más bien moderado, un momento que carece de la excitación que implica por ejemplo el preembarque de un vuelo (donde es fácil percibir una fibra exhibitoria, la tensión en la observación de los otros) o el ingreso a un concierto en gran escala (teñido de la excepcionalidad de destinar toda esa energía a participar en un acontecimiento colectivo). Eso les da un carácter extrañamente privado.
   Siempre que pesco una conversación me figuro a sus protagonistas, y alguna vez hasta esperé al final de la proyección para darme vuelta y ver sus rostros. Una y otra vez yerro en variables tan básicas como edad, estilo, grupo de pertenencia social. Éstas eran dos ancianas:
   -Hace poco volví a leer la novela ésa de tu amigo.
   -Cuál...
   -Ya sabés cuál.
   -La de la selva.
   -Obvio. La que cuenta la historia de ustedes.
   -¿Qué historia decís?
   -La de ustedes dos en ese viaje.
   -Ah... sí.
   -Ese hombre sí que te amo eh.
   -Sí, puede ser.
   -Es precioso ese libro.
   -Pero yo te amo a vos.
   -Ya sé.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

tropicalismo francés: crece solo -hace todo solo-

imperio en mi jardín
   -Cuidado que está inestable -me dice uno en referencia al banco donde apoyo el pie para poder sentarme sobre la baranda muy ancha de la terraza (sexto piso).
   -Más inestable estoy yo -contesto, y razono que se lo debo a los estupefacientes de la noche.
   Le agradezco de todos modos que me prevenga de una improbable pero siempre posible caída al patio interno del edificio, que según contó la amiga común que da la fiesta cobijó ya el cuerpo todo descalabrado de una celebridad
disidencia nativa
   Como sea, la gentil advertencia abre el camino a la conversación. Me cuenta que es jardinero paisajista y que en lo que va de la noche se clavó numerosos tragos de vodka aumentado con energizantes y sutiles aditivos.
tropicalismo francés en plaza san martín
    -No se necesita mucho para vivir -agrega con su trago tan calculado en la mano-. En realidad no se necesita casi nada: me drogué mucho durante muchos años, pero ahora sólo tomo alcohol.
    Después dice que su línea de trabajo se deja describir como tropicalismo francés: interviene los paisajes con especies nativas y sobre todo exóticas, sometiéndolas a la organicidad concebida hace siglos para los jardines de Versailles, que en su disciplina todavía manda (no la pudieron desterrar el naturalismo ni el pop, el surrealismo ni la poesía concreta).
   -Aunque si por mi fuera haría en todos los jardines lo que hago en un terreno que tengo en la costa, entre Gesell y Cariló: dejar evolucionar las especies nativas, limitando mis intervenciones a eliminar tal o cual individuo. Pero no incluyo exóticas.
   -Y por qué no lo hacés cuando te contratan.
   -Mis clientes son adinerados y famosos: F. Páez, A. Dárgelos por ejemplo. Si les digo te pongo ahí un cafeto y un plumerillo allá me dan una patada en el orto. Se piensan que los estoy estafando. Me pagan para que les deje el jardín reventando de especies exóticas.
    Entonces se pone a criticar el modelo agropecuario cuyo eje es la producción de soja, que ha copado la tierra donde hace 100 años todavía había monte o sabana y hace 50 pululaban los ganados vacuno y ovino.

lunes, 5 de septiembre de 2016

No lo digo yo, ¡me lo dicen!


   Pero es verdad: una vez más, la mala conciencia (“da lo mismo, era lo mismo, así son las democracias burguesas...”) del self made man (“¡meritocracia, meritocracia!”) que pontifica desde su merecido comfort ("no da para ponerse triste").

martes, 16 de agosto de 2016

pornografía infantil

póster para mi sobri
   Una tarde durante las vacaciones compartidas con mis hermanxs y sus hijxs estoy en el living, leyendo, y escucho a tres de mis sobris gritar y reír en el piso de arriba, en su cuarto. “Chupame el pito, chupame el pito” dice el que de ellxs más da que hablar (concentra algunas de mis mejores esperanzas). ¿Escuchás lo que le dicen?, me pregunta el mayor, que mira su tablet o su móvil sentado a mi vera. Mmhsí le digo y subo. Los dos mayores (siete) juegan a darle a chupar el pito al menor (tres), que se ríe y trata de hacerlo, pero cuando está por conseguirlo se lo sacan. Sin firmeza ni enojo como quien mira llover les digo que jueguen a otra cosa (no porque me parezca mal, ¡todo lo contrario, no creo que haya nada mejor! pero me consta que sus madres opinan distinto). Así les pongo un obstáculo para la conquista de la libertad (lo que la hará sin dudas más necesaria).
   Viene a cuento porque hoy se insiste incluso desde las páginas más conservadoras y mojigatas -las destinadas a padres desorientados- en que hay una “sexualidad infantil” (Freud fijó los sentidos más estables de este sintagma en el segundo de sus Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, de 1905). ¿Por qué no pensar entonces en un erotismo para niñes, y en relatos eróticos y sexuales, incluso pornográficos para ellxs? Podría objetarse que la sexualidad infantil no tiene relación alguna con la adulta, y que irremediablemente serían personas crecidas las encargadas de concebir y producir el erotismo infantil. Pero ¿no ocurrió ya eso con su definición, así como ocurre exactamente eso con toda la literatura, el cine y en general el arte para niñxs? Son los adultos quienes lo componen y después lo bajan entre sonrisas y colores rutilantes (así como son los adultos los consumidores de las representaciones de la infancia sexualizada, brasa de la cultura).
uno de los nombres del amor
   Si la idea de un arte erótico infantil resulta repulsiva es porque no se admite cabalmente que lxs niñxs tengan vida sexual. Sólo se lo menciona, se considera -con pavor- su posibilidad, pero no se favorece su desarrollo ni mucho menos su disfrute. ¿No serían acaso adultxs mucho más copados quienes crecieran con una sexualidad plena desde la cuna? ¿Cómo sería un relato porno para niños?¿Consistiría en el mismo tipo de imaginación de las innúmeras producciones culturales con que hoy se los abruma (libros, películas, dibujos animados, videogames etc etc) sólo que con el agregado de esa dimensión sexual escamoteada o apenas aludida? ¿o se trataría regímenes por completo nuevos?
   Nunca olvidaré que Hamlet contaba que de niño, en el jardín de infantes, lo echaban por las tardes desnudo a jugar con sus compañerxs en un corralito laberinto, que era el aula entera. Sus primeras nociones del sexo bello datan de entonces (nada de eso impidió, de todos modos, que fuera objeto de violento acoso a causa de su diferencia; pero eso es otra historia).
  
cómo me gustaba de chico ver gente desnuda
Otra semilla que se planta en la prehistoria del sexo. Un continente por descubrir.

lunes, 11 de julio de 2016

comentario a post de catedrático y escritor (y respuesta al comentario)

querido daniel, es cierto, pero...
   aunque no vi a los jóvenes de la discusión, los imagino: kirchneristas, su único rasgo pertinente -junto con la juventud-. Tal como lo veo, suponer que no hay diferencia entre los diversos modos administración del capitalismo es pasar por alto los efectos concretos mediatos e inmediatos que uno y otro tienen en los grupos que menos recursos tienen para exigir, para proponer, para pensar: los pobres. Comer o no comer, o pintar la casa.*
   Por lo demás, el capitalismo es el sistema que mayor riqueza ha generado: riqueza social: las redes de transporte, las ciudades, la materialidad de la civilización, etc etc que podrán tener dueñx como los campos y viñedos, pero son de uso y goce común, más completo cuanto mayor su desarrollo. El capitalismo es también el marco en el que la población mundial se alfabetizó masivamente y tuvo acceso a los sistemas de salud, algo que juzgo inseparable del aumento de la esperanza de vida. Pero ¿qué vida? Es lo que estamos discutiendo, sólo que gracias a esa posibilidad.
   La “marcha destructiva” que con razón atribuís al capitalismo no es tampoco
me gusta el de barba
su exclusividad. Pareja -aunque de otra escala, más niña- es la destrucción que ejercían los griegos, y también peor en ciertos aspectos, dado su militarismo esclavista. Si por destrucción te referís exclusivamente al uso de la naturaleza que esa misma civilización inventó y glorificó cuando dejó de considerarla un enemigo, no me parece distinta, ni distinta de la lógica del universo, que carece de toda moral. 
   Recuerdo -vagamente, por lo que podría errar también acá- un post en el que fustigabas a jóvenes clasemedieros por renegar de la clase media, ya que ignoraban neciamente las condiciones de posibilidad de su reniego. ¿No corresponde el mismo razonamiento a quienes vivimos del estado capitalista y hemos llegado a donde estamos en ese marco, donde ejercemos nuestra subjetividad y crítica? Ya en mis épocas de estudiante no era ella la única en destacar cómo la civilización occidental había generado las condiciones para su propia crítica y deconstrucción. Es decir, la innegable complejidad de tu pensamiento no existiría en otras condiciones, porque se alimenta -también literalmente- del estado universal homogéneo (uba, untref, miami). ¿No son acaso los “mecanismos compensatorios para el salvaje proceso de expropiación y alienación que sufre la fuerza de trabajo” lo que permitó que en tres generaciones se pasara de inmigrantes desnutridos a catedráticos y escritores? (Admito que ese tránsito propició también la aparición de los radicales, pero ya prácticamente se extinguieron). ¿Son ésas las “figuritas de colores”?
   Lo que se discute, finalmente, esa noche que referís, es qué grado y qué forma debe tener la intervención en la realidad inmediata que nos corresponde (“El caso argentino, el que mejor conocemos”). Si hay que votar -y militar, tratándose de alguien tan influyente como vos- por un movimiento fundamentalmente contaminado (pero que lejos de tener un valor esencial, lo toma de su contigüidad: el gobierno de los CEOs, la cultura televisiva, los feudaloides provinciales etc) o al contrario, guardarse en la pureza de un antiestatalismo que lleva a condenar por viciado de origen toda iniciativa que provenga de allí. Por mi parte prefiero hundirme en el barro y operar desde allí, buscando al mismo tiempo el mayor grado de conciencia posible sobre las propias condiciones de existencia y las ajenas. Reformismo gradualista. Entre otras cosas porque es el mejor camino para seguir difundiendo las inmejorables propuestas del comunismo.
*¿cómo condenar a quienes encuentran la felicidad en un plasma? Si su vida es la violencia.

Y la respuesta: 

   Querido: admito la justeza y la rigurosidad de tus reparos a mis dichos. Con algunas cosas puedo acordar, con otras no. Pero no es éste el lugar para discutir tu comentario, sino para agradecértelo. De todos modos, me refugio en mis palabras finales: no abogo por el retorno a cualquier forma pretérita de anti-estatalismo (sea la anarquista o la revolucionaria). Pienso que hay que ponerse a imaginar comunidades soberanas (éstas o aquéllas). No me gusta la idea de que todo el mundo se "contente" con las formas de organizar la vida que suponen los Estados actuales. Tampoco estoy seguro de que yo encuentre respuesta a estos interrogantes, pero creo que hay que sostener la interrogación tanto como se pueda.
Abrazo

miércoles, 29 de junio de 2016

crematorio

   Días atrás murió Inés, quien fuera jefa de trabajos prácticos el tiempo breve -me lo parece hoy, entonces era la eternidad- en que fui docente de Semiología en el CBC. Una mujer joven, con hijos recién veinteañeros. La diferencia de generaciones y caminos explica que nunca hayamos sido íntimos, pero el indeleble cariño mutuo se confirmaba cuando nos veíamos, como cuando me visitó unos días en mi casa de Berlín. Estaba enferma desde hacía años, y si bien dos semanas atrás leí un correo suyo donde dejaba entrever que su muerte estaba cerca, no pude prever que fuera a suceder tan rápido. Planeaba visitarla y llevarle un cuento, hasta lo imprimí, sobre la idea de la lengua perfecta (era lingüista y lexicógrafa) que además de nombrarla tiene como condición de posibilidad el trabajo que hicimos juntas; quise que lo viera publicado, pero fue rechazado por una revista electrónica. 
   Me enteré de que había muerto por e-mail y junto con Pablo, amigo común también de aquella época, asistimos a la despedida del cajón en el crematorio de la Chacarita. Al llegar me abrazaron antiguos conocidos, en particular una colega y amiga suya. Se echó a llorar y con sus lágrimas me convirtió: no dejé de verter hasta un rato después de haberme ido. Cuando habló la hija de Inés (quien aunque no me conoce hace cuatro años invitó a mi novio Hamlet a recorrer en plan turismo las galerías enterradas de nichos y las tumbas de la misma Chacarita donde nos vimos ayer) tuve un acceso incontrolable que llegó a la convulsión. Lloré obviamente por su muerte, tan triste y prematura, pero también por la mía (la nuestra) que no cesa de ocurrir, por la juventud y las ilusiones felices de épocas idas, los pimpollos malogrados del amor, todo lo que el tiempo se devora. Mientras la chica hablaba en la tarde helada y ventosa, bajo la luz oscurecida de las nubes, se me acercó uno del cementerio a decirme que el tiempo se había acabado y por favor se lo comunicara a la oradora porque había gente esperando. “Sí, ya le digo”, contesté sin intenciones (ni potestad) de intervenir y con la esperanza de que terminara rápido.
   No vi llorar a los deudos más próximos. Tampoco a nadie del grupo bastante numeroso que llegó con ellos en los autos de la funeraria. Con Pablo supusimos que venían del velatorio, donde ya habrían tenido mucha ocasión de hacerlo. “Para eso son los velorios”, rubricó él.
   Después caminamos con mi amigo hasta su casa. Cocinó huevos poché con arroz, y de postre cortó queso con dulce de batata marmolado y me hizo un café superior. Conversamos un rato largo, saludé a las hijas, hermosas, frescas. Nos acordamos de Inés diversamente, él de su peculiar humor, lo graciosa que llegaba a ser.
   Junto a los hornos, imprevisiblemente, hice también algo por mi incierto futuro y mi presente inestable: crucé unas palabras con la figura central, insoslayable y señera de la Lingüística latinoamericana. Me enteré de que te estás por jubilar, le dije, y te están preparando un volumen homenaje (no le dije cuánto lo merece). Cómo estás, qué estás haciendo, preguntó ella. Nada, contesté, así que si necesitás un docente en semiología... Ya no tenemos ese espacio, dijo con una sonrisa, ¡qué lástima! Le dije que estaba escribiendo, y quedamos en que le mandaría el cuento que había impreso para Inés y guardaba ahí mismo en mi bolso para dárselo a Pablo, a quien también designa.

lunes, 2 de mayo de 2016

las de arriba y las de abajo II

a quién le importa
   Un medio amigo medio figura de la literatura académica -que no sé bien qué será pero sí qué no es- formó familia con una chica encantadora hija de oligarcas. En la reunión que precedió a su última partida a Europa (a donde viaja como investigador becado), ocupó 78% de su conversación (y gran parte de la nuestra) en desarrollar un tema que ya ha tomado, según se vio, muchas más horas de su vida: la chetez -el ser chetx-. Una vez que consiguió circunscribir la extensión del término a quienes son oligarcas por herencia y desestimó otros de sus usos y definiciones, caracterizó por ejemplo la conversación de los chetos en almuerzos y cenas. Consiste, contó, en un repaso de las relaciones de amistad y parentesco cuya finalidad evidente (no dio índices
célebre. académico. francés
de haber considerado otras, no evidentes) se agota en esa misma enumeración: “No hay anécdota”, repetía al mismo tiempo fascinado y crítico. También refirió haberle contestado a su suegro “por supuesto que no” a la pregunta “¿pero acaso no pertenecemos ambos a la misma clase social?”, pregunta que de acuerdo con su relato él mismo habría sugerido -provocado- en el sereno oligarca. “Todos están muy lindos, mis grasitas”, nos escribió al día siguiente un wasap, a modo de recuento amable de la noche.
   Más allá de la comprensible fascinación que provocaría en cualquiera ser testigo y partícipe de un universo tan texturado (definió al menos a dos de sus habitantes como “librescos”, y creo que compartiría su opinión), el caso se suma a la incontable lista de quienes además de cartografiar de modo inevitable en clases el universo social, no pueden evitar hacer de ello una función ontológica. Así, la chetez no es una cualidad asequible: “no se puede devenir cheto”, aseguró, “se es de origen o no se es” (y no obstante, aunque hoy sea incapaz de verlo, él mismo ha llegado a serlo gracias a que gestó un vástago heredero forzoso de esa estirpe: ese nieto es la clave alquímica de su ontología: ¡qué horror!).
   ¿De dónde viene esta fijación con la explicitación e intervención de la clase en las relaciones sociales? Tal vez sea la herencia más invisible de la tradición francesa, que de todas las europeas es la más obsesionada con la nobleza (cf. Le Rouge et le Noir, cifra de esa decadencia esplendorosa). En línea análoga, María Moreno escribe haberse dicho a sí misma “Qué boluda sos, pobre burguesita”* cuando estando en una combi con “mujeres de clases populares” familiares de presidiarixs, cayó en la cuenta de que la integración que había imaginado con ellas había sido una fantasía voluntariosa, revelada como tal en el momento en que las otras supieron que no tenía a nadie adentro (del penal). Lo que se frustró en este caso fue la “fantasía de fusión con el pueblo” y no -como en el del literato- con la estirpe oligarca.
   Se la viene practicando tanto, que la cartografía social en estos términos es una obviedad burda. Y como tal, sus efectos comparables a los del sectario “Monumento a los judíos asesinados de Europa” que se alza en Mitte, Berlín, desconmemoración para todos los asesinados que no se hayan reconocido judíos y, por eso mismo, refundación exacta del racismo que sirvió para articular los asesinatos.
   Efectos preferibles a los de proletarizarse o fusionarse con el pueblo o con la oligarquía y la aristocracia tendría dar a la propia existencia (que pasa por la
soy una hoja ancha. a quién le importa
ropa y los consumos culturales, el uso de los bienes, la circulación por la ciudad etc etc etc) modalidades que no admitan ese rasgado. Idealmente, la distinción aristocrática burguesa proletaria perdería su pertinencia en el mapeo del universo social, transmutada en una complejidad tal -eso es entre otras cosas una tal transformación de la propia cultura: lo queer- que en definitiva la pregunta fuera, con la mayor de las franquezas, ¿a quién le importa?

*“Hacerse de abajo”, en Subrayados, BsAs, Mar dulce, 2013. Pp. 155-158


lunes, 4 de abril de 2016

el retorno de viejas antinomias

lleno de cívico decoro, 
y limpio de odio y de oro
-la mariscala-
   En los años 1990, liderada por ella, se impuso una lectura de los escritores argentinos jugada en su intervención en la cultura europea (el s.xix de París) desde los márgenes (las orillas, la América latina), cuya versión más lograda y conspicua (la más europea) era la de Borges. El par centro-periferia encontraba modulaciones en otras dicotomías rastreables en la historia de la escritura, como la biblioteca y la espada (los dos linajes), la ciudad y el campo, etc, siendo la matriz de todas el par civilización - barbarie. Yo era alumno universitario y tenía impresión de que el debate que precedía la lectura de Borges (lectura que en verdad era parte de una disputa simbólica con esos mismos centros, imperialistas también en el nivel de la aldea global universitaria) estaba superado, en parte gracias al trabajo de autores como el mismo Borges: para nosotros (mis amigos, mi generación) no representaba problema alguno asumir la tradición europea como propia, e igual de fácil nos persuadíamos del privilegio de nuestra situación americana, de la felicidad de nuestra propia lengua (gracias también a los laboriosos que nos precedieron).
   Al inaugurar las jornadas con que se conmemoraron los 100 años del nacimiento de Rubén Darío, el catedrático de la vanguardia en estudios latinoamericanos describió el campo de acción e intervención política y literaria del poeta (nicaragüense) mediante el par inviolable / violado, donde al primer término corresponde lo irreductible del continente (lo indio) y al segundo, el logos que lo trabaja (la espada, el dinero, las autopistas). Además, Link caracterizó la llegada de los europeos a América como el hecho de mayores consecuencias en la historia desde no me acuerdo cuándo, en cualquier caso más importante para la humanidad (para cuál) que todo lo que vino después.
   En la lectura de Darío que asomó en su presentación, y en la que esbozó el “mayor experto mundial en Darío”, el nicaragüense Jorge Arellano, la relación entre nuestra América y Europa fue el más mencionado de los ejes. No por capricho el congreso sobre el mestizo de sangre chorotega se llamó “la sutura de los mundos”.
   ¿Sustenta esto la remanida acusación de que el mundo académico no hace sino regurgitar una y otra vez las mismas ideas, en un aburrido -diabólico- juego burocrático de puntajes y publicaciones? Tal vez, aunque haber desplazado el norte de Borges a Darío (algo que no se limita a la efemérides, ni se explica por ella) marca una variación en la construcción de la brújula que por mi parte sólo puedo saludar con entusiasmo: los interlocutores privilegiados ya no son los académicos de Europa, sino los americanos.
  En cualquier caso, el nuevo avatar de la vieja antinomia indica que mi generación todavía no llegó al poder. O que está en otro lado, leyendo a los brasileños, entre otras cosas.

miércoles, 9 de marzo de 2016

épica y novela

   Voy a ver Carol (Todd Haynes, 2015) porque leí sobre ella en el diario y mis conocidos no paran de nombrarla, y porque encima está en la sala más querida. “La vi, es la historia de una mujer rica que se enamora”, me dice con tinte descalificatorio una contacta de skype (20 años). Lo entiendo: más allá de ciertas complejidades para intelectos cinéfilos (como el uso de reflejos en vidrios, espejos, peceras), la película explota el universo que la publicidad reserva para los consumidores de la franja aeroportuaria, y encima sin exceder los límites de la retórica más convencional del cine estadounidense (su cumbre, la música incidental que adorna la escena de sexo, como si el ethos trascendente que empuja el momento de lo sublime a lo ridículo fuera necesario para soportar que las mujeres garchen).
paisajes de catamarca
   La guionista opinó que a Highsmith seguramente “le habría gustado la estética” de la película. Más bien la estetización con se homogeiniza el mundo que comparten la mujer rica en crisis Carol y Therese, que con su sensibilidad de artista tiene mucho que dar -se ve al final: hecha ya una chica mundana no se deja frenar por el portero del restaurante donde su mujer la espera, serena en la tormenta, entre puros hombres de negro-.
   Por todo eso, Carol hace hasta cierto punto le hace el pendant al Maurice de Forster-Ivory, con las distancias que van de la Inglaterra post-victoriana a la Nueva York pre-psicodélica. Parejo también es el décalage temporal entre escritura de la novela y versión fílmica en cada caso, y acorde con el machismo imperante el lapso que separa la gestación de unas y otras. Pero la carnada es
cuántas cositas
la misma: los ricos tonos y matices albertinos de la vida en la burguesía ilustrada. En Maurice podía entreverse algún cuestionamiento -tal vez más de época que de corazón- a la injusta estamentación de la sociedad inglesa, aquí ocurre lo contrario: quien viva en el apetecible medio social Carol sólo tendrá motivos para sentirse satisfechx.
   “Al principio no hay sintaxis para Therese, ni siquiera para saber cómo hablar de lo que está ocurriendo, no hay un lenguaje para esto”, señaló Haynes sobre su personaje, que como la mayoría de las mujeres no ha sido educada para amar a otra mujer ni para seducirla. La película viene también a llenar ese vacío: ahora tenemos una sintaxis, el lenguaje del romance que entonces no existía, la posibilidad de una educación sentimental que seguimos generando  -y que es parte de la aventura disidente: imaginar el amor, no replicarlo-.    
   En vista de lo anterior, me voy del cine convencido de que Carol pone su
me entendés
granito en la laboriosa y monumental construcción de una épica gay femenina en una época en que la épica gay está muy desdibujada (sobre todo en el corazón de la factoría de lo gay, que es de donde viene). Una épica lésbica que se argumenta en su carácter publicitario, urbano, apto para consumo masivo. Su pariente más reciente es A single man, del ex modisto Tom Ford.  
   Más significativa que la historia de amor entre mujeres parece la de la madre que renuncia a la tenencia de su hija, precio que ella misma propone pagar por su libertad y plenitud (por la sal del título de la novela de Highsmith). También los personajes secundarios, el mejor de todos Abby, la amiga de Carol en ejercicio pleno del lesbianismo.
   Dos elementos de la trama reclaman antención: la pequeña trampa -una escena de reclamo y amenaza en la puerta de la casa de Abby- por la que se nos hace creer que estamos al tanto de todo movimiento significativo del marido de Carol, para descubrir, en Waterloo, junto con la pareja, que se nos ha escatimado algo fundamental. Lo otro es la aparición -un poco inverosímil, es verdad- del célebre revolver, que aquí, contra la ortodoxia, sin embargo, nunca se dispara (no tiene balas). 
   Como ocurre con las fotos de Therese, Carol no tiene punctum: es puro studium. Pero se goza en cada segundo. Porque habla bien.


domingo, 13 de diciembre de 2015

hablando unx se entiende


   -¿Te parece que Hamlet se enojaría si vos (su prima) y yo (su novio) tuviéramos algo sexual?
   -No, para nada -contestó con la velocidad de quien tiene lista la respuesta-.
   -Bueno, yo estoy completamente afín, te aviso.
en pelotas en el campo pintó
   Estábamos las dos desnudas tiradas en sendas reposeras a la sombra de una morera. Diez minutos antes, ya en bolas (ni bien nos quedamos a solas se sacó todo: así de nudistas son estas europeas, y yo no me quedo atrás), nos habíamos fumado mi último porro. Guardó silencio y no tardé en poner otra fichita: espero que mi pregunta no te haya incomodado.
   -No, en absoluto -aseguró- ninguna incomodidad.
   Se levantó para ir a buscar frutas o al baño (muy nudista pero no se atrevió a hacer pis en el pasto) y cambié de lugar las reposeras (algo que veníamos haciendo cada tanto para no perder la sombra de los árboles, que también se movía), que siguieron paralelas compartiendo una misma dirección pero ahora en sentido opuesto: la mía de frente al Norte y la suya hacia el Sur. De modo que cuando volvió a recostarse pude dedicarme a mirar su hermosa concha rozagante y ella -de a ratos al menos supongo- a estudiarme la pija, que iba y venía en los clásicos cambios de estado que exacerban el sol, el calor y el aire libre, cosa que apenas me ocupaba en disimular levantando la pierna que quedaba de su lado en momentos especialmente tensos. Para no ser guarango. Hasta que medio abrió las piernas y abandonó su centro a mi observación descarada.
   -Qué bien se ve tu concha desde acá -dije al cabo de unos minutos, era verdad-.
   -Un punto de vista inmejorable -comentó con una sonrisa.
   -¿La puedo tocar?

después salimos a caminar
   Sentí entonces las henchidas paredes sonrosadas, las superficies mullidas, los bordes multicolores, el clítoris y el punto g. Cuarenta minutos más tarde estábamos a full.
   Más tarde me manifestó dudas sobre su respuesta a la pregunta que había iniciado la deriva. Le dije que por mi parte estaba cien por ciento seguro no sólo de que Hamlet no se iba a molestar sino de que incluso le iba a dar alegría saber que nos habíamos entendido a tal punto, pero se lo había preguntado para sacar el tema y darle una excusa, en caso de que no tuviera interés, para negarse.
  Así fue: estábamos en pelotas en el campo y pintó garchar :)

sábado, 5 de diciembre de 2015

gripe de Yasi en el agua del mate

   En la carpa me quedo en calzoncillos. Me los voy a terminar sacando también para guardarme en la sábana, pero antes acomodo mi bolsa de dormir. Con Friedrich dormimos ya innúmeras veces en la misma carpa, y llegamos incluso a convivir un tiempo en concubinato de a tres con una mujer. Pero desde que se casó y formó familia rechaza cualquier contacto físico que supere un abrazo, lo máximo es el suave beso en los labios que él mismo me coloca de vez en cuando, por ejemplo ahora que está de viaje por Sudamérica. Lo que no quita que al verlo a él también en calzoncillos me den ganas y me acerque y lo abrace para sentir su piel contra la mía, pasarle mis brazos largos por la espalda lisa y chocar los vellos de mi pecho y mis tetillas contra su piel desnuda y lampiña. Lo empujo contra mi cuerpo y él libera una risa nerviosa como de un niño al que se le hicieran cosquillas. La reacción se amplifica cuando con el índice de mi mano izquierda le hago a través del calzoncillo una caricia alrededor del bulto y se lo acaricio después con cierta firmeza. En eso se escucha una retahíla de aullidos puercoespines. Parece que están a metros de la carpa. Mi amigo se queda inmóvil y aflojo el abrazo, retiro mis manos y me voy a mi lado, a mi bolsa de dormir. Que duermas bien, le digo, y pienso en el Yasi, que está ahí cerca escuchando y silbando, preparando su entrada en escena durante la noche. Y sin embargo, sacando un par de veces que el frío o la dureza del suelo me hacen abrir los ojos, o que escucho repetirse tras la bruma el curioso grito, duermo en continuado. 
     Hasta que tempranísimo de mañana me saca del sueño el estruendo de las aves, de increíble potencia, increíble que ensordezcan a tal punto el aire. Me levanto para ir en busca del agua caliente, porque soy adicto al mate. Pero no son todavía las seis y Kunz el Yasi dijo a las seis y media, así que decido esperar y bajo a la orilla del río. El agua corre
la mañana es veloz
a gran velocidad, se nota que bañarse ahí es riesgoso, si bien no sé cuánto si uno es buen nadador. Muchas veces escuché relatos atemorizadores sobre remansos traicioneros que te chupan. El agua se ve tumultuosa. Hay zonas donde se nota que debajo hay movimiento, masas de agua que borbotan con fuerza. Y es lógico pensar que los mismos volúmenes se hundieron previamente con ímpetu parejo y pueden arrastrar un cuerpo de tal modo que ni el mejor nadador consiga sustraerse. 
   A las seis y media me acerco de nuevo a la casa del Yasi a ver si se levantó. Pero todo está cerrado, la puerta con la llave echada. Podría ser que todavía esté durmiendo. Que la gripe le haya impedido levantarse de la cama. Pero también podría ser que no esté, porque si no, para qué echar llave en ese desierto. O que nunca haya estado, aunque eso es difícil porque se quedó con mi termo. A lo mejor está durmiendo. Voy a esperar un poco más. Más cerca de las siete. Dijo que se iba a las siete. Adentro de la casa no hay ruidos, no se escucha nada. Pero a lo mejor está ahí. Acurrucado desnudo bajo las mantas de la gripe. Pasan otros veinte minutos y mi inquietud crece. Porque sigue sin aparecer y sin hacer ruido. Y aunque no haya ido a trabajar debería haberse levantado. En el campo la gente se levanta bien temprano. No tiene nada que ver que esté enfermo. Una cosa es enfermo otra que no se levante. Debe ser que ya se fue. Se fue en mitad de la noche y se llevó mi termo. Es un termo que aprecio mucho. Tiene una calcomanía que reproduce un autorretrato célebre de Frida Kahlo. Cuando mi papá me lo regaló le hice un par de comentarios desdeñosos, que él tomó como signo de desprecio. Pero el termo me gusta cada vez más y lo quiero y no quisiera perderlo por nada. Así que ahora pienso que el Yasi me lo ha robado. Me lo merezco en realidad. Eso es tener plata en un mundo donde hay pobreza: la idea de que los pobres nos van a robar. Es que si yo fuera pobre, si yo fuera el Yasi que está en medio del campo y caen dos extranjeros motorizados con un termo de frida kahlo les robaría todo lo posible y me los comería asados. Por el sólo hecho de que tienen la dentadura completa. Pienso todo esto mientras rodeo la casa, tratando de escuchar algún ruido. En un recodo llego a un lavadero o algo así, un trastero al aire libre, donde encuentro cantidad de objetos desguazados. Restos de un saqueo. O de un naufragio. Son las cosas que el Yasi tira ahí, las partes simples de objetos complejos que no entiende hurtados a sus víctimas. A las siete me decido y doy unos golpes en la puerta en medio del silencio del río. Adentro no hay reacciones, no se oye nada. Sólo el canto de las aves desde los árboles, ya muy mermado en comparación con estruendo lleno de visiones que me despertó antes de las seis. Se fue. El Yasi se fue y nunca más lo veremos. Hasta que sí escucho algo, algo se mueve adentro. Respiro, ¡recuperaré mi termo! Qué idiota soy, qué poca idea tengo. Los ruidos se acercan, la cerradura gira, la puerta de aluminio se abre y adelante tengo al Yasi envuelto en paños verdes que le cubren el pecho y se le enredan por la entrepierna, y junto con él sale una vaharada sofocante de aire húmedo y espeso que me hace retroceder. A sus espaldas los objetos de la mesa forman un remolino tumultuoso, todavía
qué lindo termo
en pleno vuelo. Estoy enfermo, dice con voz selvática, en los ojos una vibración fucsia. Me disculpo por sacarlo de la cama, dice que no por favor y pregunta si vengo en busca del agua caliente. Sí pero no hay apuro, todavía estamos juntando las cosas, tenemos que esperar que se seque la carpa. Porque está empapada por encima y por debajo. Con Friedrich la extendemos sobre la barranca a pleno sol, y un rato después vuelvo a casa del Yasi en busca del agua. Está sentado en su galería tomando su mate. El termo a su lado. Lo señala con el cuerpo. Fuma. Un cigarrillo que acaba de liarse. Mira el río, el sol todavía bajo que se refleja en las aguas extensas del río. El Yasi Kunz. Me ofrece un mate. No, gracias, prefiero no correr el riesgo de contagiarme, le explico. Está bien dice. Se encoge de hombros. Tal vez haya estornudado su gripe en el agua del mate, se me ocurre mientras camino con el ansiado termo. Pero no creo. Eso no lo creo porque el Yasi es bondadoso. Es la bondad misma. Está arrinconado en su historia como cualquiera, habla otra lengua, morirá más joven (o tal vez no, pero da igual).
   Al pasar con el auto ante él para irnos bajamos a saludarlo. Nos sonríe, amable cocinero y calentador del agua, sabedor de que nunca más volverá a vernos y nos olvidará, que pasaremos a integrar los indicios laterales que tiene del resto del mundo, de la gran ciudad donde nunca estuvo, del océano que nunca vio, de otro continente que es otro planeta. Nos sonríe, nos da su bendición de duende.