lunes, 25 de marzo de 2013

una vida

una vida al pedo

   Gracias a un amigo querido leo Almirante Cero, historia de la última dictadura militar argentina (76-83) centrada en el entonces almirante massera, cuyo nom de guerre -su “apodo nocturno”- sirve de título al libro. Cuatro días me tomaron sus casi 500 páginas, no sé si porque es una lectura apasionante o porque me encontró en el momento indicado (en cama con una gripe de una semana, demoledora). Una de sus tesis es que a pesar de lo que los genocidas repiten desde el primer juicio a las juntas (“ganamos la guerra militar, perdimos la psicológica/política”) la dictadura triunfó especialmente en el plano político. Lo prueba que la idea de lucha (que había dado sentido a numerosas existencias en la década anterior) al finalizar la dictadura se asociaba indisolublemente a la derrota, y la derrota a su vez a la tortura y a la muerte (prácticas que según el libro no se implementaron, como dicen los torturadores, para obtener información, sino para establecer un generalizado estado de terror paralizador), y que donde antes había habido militantes y combatientes ahora quedaban apenas ciudadanos (o mejor dicho, votantes: los que en 1975 pretendían cambiar el mundo, en 1984 sólo ambicionaban votar) que en vez de revolución exigían respeto por los “derechos humanos”, sintagma cuya historia y vicisitudes todavía están por escribirse. En fin, el libro postula el éxito disciplinario de la dictadura, que nos permitió vivir ya 30 años de democracia (¡se cumplen en 2013!). Otra de sus tesis es que si hubo condena social y ahora también judicial para los militares genocidas es porque se quedaron en el poder más tiempo del indicado, cuando ya habían cumplido la tarea para la que se les había puesto en el gobierno (“aniquilar la subversión”, según el famoso decreto que firmó Luder en 1975), y que si se hubieran retirado en 1980 con una transición democrática tranquila, no habría habido juicios.
   El texto da sin embargo una curiosa versión del proyecto económico de la dictadura. Según su autor, Videla eligió a su hace pocos días finado ministro de hacienda porque su aura de miembro conspicuo de la aristocracia argentina (sea cual fuere el denominador del curioso oxímoron) lo sedujo y le aseguraba una relación tranquila con esa clase. Videla -”un tonto” tanto para massera como para el autor del libro- carecía de ideas en el plano económico, y el curso neoliberal del gobierno militar fue, así, resultado de una serie de casualidades. De este modo el libro pasa así por alto el plan económico de la dictadura, que, como señaló ya R. Walsh antes que nadie, fue su razón de ser y constituye su explicación (la eliminación de la subversión, y más específicamente el estado de terror impuesto por la represión y la tortura, fueron necesarios para poder imponerlo).
   Pero más allá de los innegables méritos del libro, me intrigó su autor: quién puede dedicar tanto tiempo y energías a investigar algo tan feo como massera, apasionándose a tal punto. Así supe que Claudio Uriarte abandonó el colegio secundario en tercer año y que en 1974 o por ahí, a los 16, ya trabajaba de corrector en un diario y era militante de una organización de izquierda combativa (OCPO, de la que conocí hace años un ex militante en México, Eduardo Molina y Vedia, amigo querido y gran persona). Durante la dictadura escribía para Convicción, nombre primero de la revista y después del diario de massera (a quien vio varias veces en la redacción, origen tal vez de la fascinación con el marino que refieren muchos de quienes conocieron a Uriarte); trabajó también varios años en p/12 hasta que aparentemente lo echaron -”lo echó un policía llamado verbitsky”, leí en un blog- porque se había convertido en ultraderechista, admirador de bush entre otras cosas. También leí que consumía mucho alcohol y murió a los 48 al tropezarse en la escalera interna de su casa (tendría un dúplex), en un “accidente del que él mismo se habría reído”. Su decurso ideológico -de militante de ultraizquierda a ultrarreaccionario- me hizo pensar en que su libro es una autobiografía, y junto con su temprano deceso abona la teoría según la cual alguna gente muere cuando ya ha cumplido su tarea, cuando ha hecho la contribución al mundo que estaba en su horizonte. Después del libro sobre massera, Uriarte ya no tuvo nada más que hacer, excepto darse al alcohol, a la música clásica, a algún que otro exabrupto. 

viernes, 15 de marzo de 2013

qué desgracia, che...

no es lo mismo
Las vicisitudes de la tortuosa agonía de la iglesia católica dejaron de interesarme hace décadas (si fui católico fue por unas pocas semanas y a los 10 años, embaucado por mi abuela, que no era mala), así como no me importan su jerarquía ni sus matufias corporativas, y me da igual quién sea bergoglio, su previsible pasado o sus opiniones medievales, en nada esencial distintas a las de su penoso antecesor. Sólo me pregunto con pena irremontable: cuántos años va a costar superar un papa nacional. ¡UN PAPA NACIONAL! QUÉ DESGRACIA, los peores males de este país (el catolicismo, el nacionalismo, la combinación de ambos) potenciándose entre sí hasta su apoteosis. Imparables

jueves, 7 de febrero de 2013

cómo aprendió mi vieja a usar el archivo de últimos números marcados del teléfono


   Al irse de su casa, donde yo me quedaba, mi madre (cuyo problema es que pretende la consideración que se debía a las matriarcas en el s. xix e inmiscuirse al mismo tiempo en la vida de sus hijos con la impunidad de una del xx) me encargó que hiciera una llamada que sólo podía hacerse entre las cuatro y las seis (tiene teléfono móvil, pero además de que lo usa poco, le cuesta o oir, etc, era una llamada engorrosa y ella se iba al club con su nieto).
   Marqué el número varias veces. Pero nunca pude hablar porque al terminar de marcar telecom informaba que el número estaba suspendido.
   -marcaste bien -me preguntó cuando se lo conté.
   -sí claro. Fijáte en el registro de llamadas.
   -qué registro de llamadas.
   -el del teléfono.
   -cómo hago.
   -apretás la tecla de llamar, te aparece en pantalla el último número marcado y con la tecla del centro bajas a los anteriores. En orden.
Así fue que aprendió, para controlar. Muchas chances de que no vuelva a olvidarlo.


viernes, 1 de febrero de 2013

grandes inventos


hoy: mear sentado
   Desde la adolescencia sueño con un invento salvador, simple y genial, de esos que hacen a sus dueños multimillonarios de la noche a la mañana. Al respecto mantengo también desde esa época, con desigual frecuencia, conversaciones con mis amigos nucleares: en la juventud temprana eran habituales, en la adultez de ahora son rarísimas.
   -Invertí 200 pesos en el desarrollo de un invento y fracasé -anunció uno de ellos ahora en una reunión que se destinó en 80% a evocar la época del secundario. Después explicó que quiso construir un sistema para levantar a pedal la tapa del inodoro, para no tener que agacharse y usar las manos cada vez que tiene que hacer pis (vive en una casa con tres mujeres y mucama, o sea que es el único que levanta la tabla y la encuentra invariablemente baja). Tiene cierta habilidad manual y no le faltan nociones de diseño (es arquitecto). Había tomado como modelo las tapas de los tachos de basura, “pero el peso de una tabla de inodoro es otro”, le recordó uno de los presentes, también arquitecto, para explicar el fracaso.
   -Sería una mugre -critiqué por mi parte la idea, imaginando un mecanismo de encastres y ejes que fuera por detrás y cerca del piso en el inodoro, áreas que a nadie le gusta limpiar y son ya de higiene dudosa y difícil sin necesidad de agregado alguno-, a los tres meses se te llenó de mugre. Además si un día llegás borracho sacás el pie y se te cae la tapa en mitad del meo y es un enchastre total.
   -Yo meo sentado -dijo otro de los que estaba ahí, que vive en Barcelona y no tiene chica por horas-, es el mejor modo de mantener limpio el baño.
-¿Sos buena onda y te sentás? 
-Obvio, mi amor
   -Mear sentado es muy femenino -medio protestó en un murmullo un quinto, que tiene dos hijos varones y cuyo dilema del momento era cómo haría al día siguiente para asistir tanto a la cancha a ver un partido de fútbol como a un asado en la quinta de su hermano-.
   Fue entonces que conté mi experiencia en Alemania, donde también aprendí a mear sentado porque en todos los hogares te lo solicitan, para contribuir a mantener el baño limpio. Ahora me acostumbré y lo hago también acá. Salvo en los baños públicos.
   -Cuando meas de pie salpicás alrededor del inodoro y en pocos días el baño empieza a heder -detallé-. Obvio que sólo te das cuenta si no tenés a alguien que se encargue de limpiar todos los días por vos.
   -Puede ser -admitió el inversor/inventor-.
   -Es así. Tu invento es un invento machista -señaló el de barcelona-
   -Es un invento machista -repitió él, algo afectado por la mala recepción que había tenido su idea-.
   -En Alemania mear sentado es una bandera de la izquierda -conté; tal vez debería haber dicho “del feminismo”, porque iguala a mujeres y hombres en el uso del inodoro, pero en mi cabeza son lo mismo-.
Graciosísimo”, dijo el futbolero en tono irónico
   Ahora veo que el invento insospechado y genial es mear sentado: viene a resolver de manera simple e ingeniosa una situación problemática (el aseo de las áreas aledañas al inodoro, que en 99,8% de los casos recae sobre mujeres), y para mayor virtud no es capturable por el mercado -nadie lo puede vender-.
   De todos modos, para hacerle justicia a mi amigo, su invento (o una variante accionada por un botón y un mecanismo eléctrico) sería de gran provecho en los baños de los aviones, que comparten hombres y mujeres y donde las tablas son un asco a las tres horas de vuelo. Pero para eso ya hay otras soluciones, como la tabla autolimpiadora, todas en el marco del mercado.

martes, 15 de enero de 2013

Pedagogía del oprimido II

   El mismo pibe llega finalmente a mi casa y tras un largo y variado rato, ya al despedirse, me pregunta si veo a un psicoanalista.
   -No, nunca me sometería a esa estafa.* ¿Lo necesito?
Asiente enérgicamente.
   -A ver, ¿por qué? Me interesa más tu diagnóstico que el de cualquier profesional.
   -Porque sos taan estructurado…
   -¡Vos me decís que soy estructurado! -mi énfasis está un punto por encima de lo conveniente- ¿Vos, la persona más estructurada de la tierra, me dice a mí que soy estructurado? No tenés idea. A mí, justamente, que integro el 0,03 por ciento de las personas más libres de la tierra -le contesto con esa idea que ya empieza amostrar signos de uso-.
   -Bueh, no nos vamos a poner a competir a ver quién es más libre.
   -Clah, ¡no! Pero es asombroso que alguien que es la estructura misma me eche en cara ser estructurado.
   -Mi paranoia es una cosa distinta -me dice el mismo que se catalogó al menos dos veces en cinco minutos de “neurótico” sin que nadie se lo haya preguntado-.
   -Sí, es menos que tu estructura y a la vez es una función de la misma -así aprendí a hablar por trabajar de periodista-. Y lo mío no es estructura. Es otra cosa.
   -Sí… -responde entonces, con sorprendente velocidad para admitir la verdad, porque la ha reconocido de manera quasi-epifánica-. Es verdad, es otra cosa… ¿qué es?
   -Otra cosa.
   -Sí, pero qué.
   -Otra.** No me corresponde a mí decírtelo. Si me insistís tanto hasta que te lo diga obviamente te lo voy a decir, aunque no creo que te importe tanto…
   -…
   -Además -engolosinado como estaba, ya nada podía detenerme-, vos decís que soy estructurado, y sin embargo desde el principio fui yo quien te habló con la mayor franqueza, la misma con que te hablo ahora. Vos en cambio nunca abandonaste esa desconfianza irreductible, una prevención que marcó el tono, el ritmo, el momento desde la primera palabra que cruzamos.
   -El mundo es una mierda.
   -Y encima eso. Si no te gusta vivir, como andás pregonando, si la vida es tan desagradable, matáte –el sujeto había destinado 29% del tiempo a llorar lo terrible que es su vida–. ¿O por qué no te matás? ¿Para no provocarles ese dolor a tus seres queridos? ¿O a vos te gusta vivir así, en la cobardía y el cinismo? Porque además, si es cierto que sos tan marxista leninista y antiburgués, como no te cansás de declarar –¡también tres veces en diez minutos!–, ¡hacé algo! Hacé algo por generar nuevas condiciones de vida para vos y para otros. Declarar que todo es una basura y no hacer nada a lo único que conduce es al resentimiento, ¡te pegjudicás vos! -je connais mes classiques-. No es ni siquiera una fuerza, una energía que te pueda dar fuerza para emprender algo. Es una cárcel en la que te envenenás… ¡Ah! Y la próxima vez que vengas, bañáte.
   Se fue y no me dirigió más la palabra. Tal vez lo lamento. 

*Es posible que la palabra no sea más que una metáfora poco diáfana y como tal no brinde una buena descripción. El problema del psicoanálisis es su miseria (pauperrimez tanto como vileza) conceptual. Que tiene el efecto de miserabilizar (ibid.) el mundo, las relaciones personales, sea en el marco de la parentela, el amor y el sexo, o de cualquier forma de interacción social. Son los límites que impuso hace ya varias décadas a su propia imaginación.
**La verdad pasada por el tamiz de la civilización

jueves, 27 de diciembre de 2012

partículas elementales


   Durante los primeros diez minutos de la película Néstor Kirchner nos atosiga un presidente hada madrina que compone vidas materializando un violín o un empleo a partir de cartitas de los carentes -se las entregan cuando él se hunde en la multitud de miserables y se entrega al manosaje, algo mucho más interesante que las dádivas, y sin embargo la película no lo pone en foco-. El tema recurre durante toda la cinta y está en su cierre: con música incidental nos azotan y atontan primeros planos de los beneficiados con los pelos ondeando al aire de ventiladores, mientras los rodea una multitud de panaderitos brillantes que representan tal vez el alma de Néstor que se multiplica y eleva.
    Además, si hay que creer lo que se ve, NK fue el político más transparente y frontal de la historia: entregado de cuerpo entero cada instante, jamás un cálculo ni una negociación, esencia de la operación política (sólo lo aproximan a esa forma de acción las palabras que su hijo le atribuye tras el exitoso desfile del Bicentenario: “Los quebramos. Culturalmente los quebramos. Hay que avanzar”, y entonces asistimos a la creación de UNASUR y su ungimiento como presidente pro tempore de ese organismo de la unidad latinoamericana que ojalá un día sea gobierno).
cuidadito
    (Entre tanta bondad a la película se le escapa la madre de Cristina: una bruja mala llena de dientes falsos, cubierta de joyas y de la seguridad que da impartir órdenes, ¡el terror que me daría tenerla de suegra!)
    Lo mejor de la noche fueron el cine (mi querida sala de abajo) y el público: muchos jóvenes -varios de perfil militante, unos que vendían y lucían remeras nestoristas a la entrada, otros o tal vez los mismos que entonaron una par de cánticos una vez que se sentaron en las fantásticas butacas espaciales-. Y la gente de la función anterior, que salía como drogada enjugándose las lágrimas.
    -Es un documental, pero no sabés cómo te conmueve -le dijo una mujer a una conocida que estaba por vivir la experiencia.
    Es cierto que la película despierta emociones, pero si lo logra es porque la última década de vida argentina es emocionante. Por lo demás, todas las cosas que la película deja sin explicar (hay que conocer o adivinar a los entrevistados, y lo mismo ocurre con los hitos históricos que se hilan: la crisis de 2001, la 125, la ley de medios, que apenas se nombran y cuyo sentido político es difuso) bien pueden jugarle a favor a largo plazo, como extrañamente favorece hoy a NK el tono calmo y el vocabulario preciso con que hablaba en público, volviéndolo un visionario.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

la china II


   La visita de la china terminó con la espectacularidad de una gran obra de arte. Tras una semana y media en que nos fuimos acostumbrando a compartir la cama (llegó a reclamarme que después de llegar agotado del casamiento de mi hermana u otras reuniones sociales y laborales no tuviera energía para el sexo; tuve que explicarle que la frecuencia de garche en los matrimonios constituidos de gente de nuestra edad es con suerte dos por semana; “¿en serio?”, preguntó desilusionada), partimos a pasar un fin de semana a una estancia en los confines de la tradición argentina. Hacía ese frío del más puro invierno pero el cielo era un diamante ladrador, y en la habitación de la magnífica casa, que en el pasado perteneció al General Riccheri (de acuerdo con la adoctrinada explicación del peón que el domingo nos sacaría a hacer una recorrida a caballo), puse la salamandra a volar minutos después de haber puesto pie, de modo que para la noche pudiéramos andar desnudos y se cumpliera mi plan.
vestigios de una grandeza presunta nunca probada
   Así, cuando se hicieron las 20 30 del sábado, tras haber cenado un guiso de campo con ensalada (de entrada) y media botella de vino, solicité una vela. La esforzada muchacha a cargo de la gestión nocturna no quiso darme velas comunes de sebo barato y ennegrecedor, y sólo quedó satisfecha cuando encontró un velón amarillo de base cuadrada que juzgó adecuado para la noche sensual que en su imaginación tendría lugar. Entonces nos recluimos en el cuarto. Allí le suministré a mi compañera una dosis -calibrada para su peso gracias a una balancita de precisión que me regalaron mis amigos- de la mejor droga que existe (mdma), a ella, sí, que ni siquiera había probado la marihuana y apenas el alcohol. Todo con su consentimiento y después de haberla puesto al tanto con la mayor de las honestidades de todo lo que implicaba la droga.
   -La tomo porque me la das vos -dijo-, de lo contrario nunca lo haría. Yo no soy drogadicta. ¿cuándo me va a hacer efecto?
   Le dije que se olvidara del asunto, y salimos nuevamente al frío de la noche, caminamos unos metros, nos acercamos al fuego que crepitaba en el magnífico hogar de la sala de estar de la señorial mansión, estuvimos pelotudeando ahí un rato hasta que de acuerdo con los cálculos que me permite la experiencia determiné que ya estaba próximo el momento en que mi compañera empezaría a transitar una de las mejores noches de su vida. Y volvimos al dormitorio.
   Como estaba previsto, media hora después de habernos metido en la cama había caído en un agradable estado de lasitud, y en el doble de tiempo estaba desatada. “Muchas gracias”, repetía, “muchas gracias por este momento tan hermoso, me siento tan bien. ahhh”. Fue una noche de inolvidable desenfreno, que pasamos ambos integramente desnudos en grados diversos de contacto, e incluyó, a pedido de ella, sesiones fotográficas, vistas frente al espejo y algunos experimentos.
   Tres días más tarde se fue, no sin antes hacerme una generosa invitación a París en febrero. Le dije que no. Tengo que remontar primero el barrilete descolado que es mi vida. Ahora me escribe mensajes melancólicos desde Seúl, donde nieva y hace -10 y perdió las elecciones. Quién sabe si volveremos a vernos, y cuándo.

domingo, 9 de diciembre de 2012

lombrices bíblicas

   Durante semanas preparo un paraíso terrenal con la basura más suculenta: cáscaras de bananas, manzanas, peras y melón (cítricos no), hojas de alcaucil bases de espárragos ya chupados, carozos de aceitunas, tiras de zanahoria, zapallito, calabaza y berenjena. Todo reducido a partes pequeñas y entreverado en la tierra, de modo que la llene de sabores. Días más tarde echo una lombriz. Está medio muerta, apenas se mueve, porque la rescaté de entre cascotes secos y arcillosos que dejaron en la plaza máquinas cavadoras que abren un pasaje para autos, y está apretada y reseca. Después de haber vivido en el desierto, despierta ahora en ese vergel, es tal la diferencia de sensualidades entre su mundo anterior y el nuevo, tal la riqueza que la rodea y la copa, que vuelve a nacer. En un auténtico paraíso, donde el suelo tiene la granulosidad justa para que desplazarse sea un placer, hay una humedad que la hace fluir con la cadencia de un soneto de Góngora y a cada paso se topa los más exquisitos y diversos manjares.
   Sólo un dolor le depara el paraíso: no hay quien le haga compañía y ni un minuto deja de sufrir la soledad, que más que ninguna otra cosa anula y deja mochas las terminales nerviosas. Como su vida anterior se ha borrado en un barroso infierno, extraña algo que no llega a recordar, no sabe bien qué es -la sociedad-.
   Pero tres días más tarde encuentra que en el paraíso hay otra lombriz, traída de la humedad lindera al río. De tamaño apenas menor que el suyo, todavía un poco desnutrida, despertando como ella a la vida. Ahora podrán reproducirse y poblar el mundo, serán las lombrices originales. Tengo la esperanza de que su biblia no contenga ninguna de las taradeces de la nuestra y sí toda su poesía. Entre otras cosas porque las lombrices todavía tienen la suerte de ser hermafroditas.

jueves, 6 de diciembre de 2012

la lluvia en los ‘80

   Entre mis mejores memorias del colegio secundario está una tormenta como la de hoy, espectacular, implacable. Lluvias así hay sólo dos tal vez tres por año, que dan vuelta las veredas, producen pérdidas que no vuelven a encontrarse y paralizan el transporte, dejando miles de hogares sin luz y hasta cadáveres.
   A la hora de entrar al colegio (07 45) apenas lloviznaba ese día, pero en seguida se desató un diluvio tan oscuro que parecía la noche, así que a media mañana las autoridades ya habían decidido abortar y nos largaron. A circular cual manga de zombies adolescentes y mojados por el microcentro. Hoy no lo harían por terror a las reacciones de los padres que como poseídos los acusarían de entregar sus indefensos hijos a los peligros subacuáticos: cables electrocutadores y peligrosos objetos flotantes o sumergidos, pozos, hundimientos, alcantarillas aspiradoras etc, y eso para no hablar de los inadaptados sociales que podrían aprovechar la momentánea suspensión de la ley para cometer abusos de toda índole. Pero eran otras épocas, y ni siquiera mi madre, que ha vivido en el terror a las tormentas, recuerda hoy el día, tan ensimismada estaría en el vértigo que iba a destruir su vida.
   Ese año empezaba a estrecharse mi relación con algunos compañeros de curso, proceso que se extendería por dos décadas. Venía de separarme de la novia con quien había pasado de la mano todo primer año y a quien estaba seguro de seguir amando (aunque me había dado cuenta de ello sólo después de haberla dejado con la mayor frialdad; hoy me gustaría recuperar el sentimiento, pero es imposible saber cómo sentía ese amor). Separarme me había apartado también del mundillo politizado intelectual transdivisional que habíamos frecuentado juntos (pero ella más), y de a poco me había ido volcando hacia los frívolos de mi propia división,* unos descerebrados que si salían del aula era para ir al kiosquito o al baño, siempre en grupo. Eran los bobos, las personalidades más convencionales y menos rutilantes de todo el año. Con el tiempo llegaría a amarlos con todo mi corazón y los llamaría sin sombra de duda mis amigos, los únicos capaces de soportar la denominación.
secretos en la lluvia
   Varios de ellos vivían para el mismo lado que yo, y nuestra tenue amistad fue posible gracias al subterráneo, a las siete u ocho estaciones que compartíamos y entre las que durante meses los miré empujarse de los asientos, impedirle abandonar el tren al que bajaba primero, secuestrarse los bolsos, las bufandas, etc. y otras equivalentes (cuando quise participar ya dejaron de hacerlas)
El día de la lluvia encaramos juntos el camino a casa. Al empezar la marcha el agua nos daba al tobillo, después de unas cuadras ya era la rodilla y cuando llegamos a cruzar carlos pellegrini nos llegaba al muslo. Era apenas marzo o a lo sumo abril, hacía un calor de sudar bajo el agua y era de lo más estimulante estar semisumergidos en la lluvia torrencial, nos reíamos empapados y chapotéabamos. La correntada nos daba trabajo y junto con el agua sucia nos impedía ver con claridad dónde poníamos los pies, así que nos ayudábamos mutuamente a vadear los pasos difíciles y evitar los remolinos. Uno de los chicos se patinó o en la chacota lo empujó alguien y cayó de espaldas. Quedó apoyado en los codos, con sólo la cabeza y las rodillas afuera del agua, la lluvia azotándole la cara. Los demás nos fuimos echando a su lado para no dejarlo solo. Tardamos más de dos horas en salir del centro. Los zapatos nunca se repusieron a la inmersión, y las carpetas se deshicieron bajo la lluvia, se las llevó el agua. Cuánto nos divertimos. Es uno de los días que elegiría repetir en una segunda versión de mi vida.

*Me pasa igual ahora, he vuelto a la vida fronteras adentro.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Máquinas parlantes

Somos máquinas parlantes, sostiene la teoría que ve el cuerpo humano con su psiquis como una razón mecánica. Explica que lo que burdamente rotulamos de “sentimientos” no escapa a ese régimen y es sólo el efecto de la química cerebral, por muy compleja que sea.
Por favor, encendé las luces”, escucho que le dice el sistema de navegación al hombre que conduce mi regreso a la urbe que me vio nacer. Igual que el célebre “estoy muerto” de EAP, es un enunciado imposible (lo que no impide que lo hayan pronunciado al menos una vez quien programó esas máquinas infernales y la mina que prestó su voz para la grabación). Imposible por la conjunción, por un lado, de la marca dialectal rioplatense (en la forma de la segunda persona del imperativo presente, que restringe su ocurrencia a esta parte del mundo y a personas entre las que media una relativa confianza) y, por el otro, del verbo “encender”, que nadie usaría aquí (es decir en la circunstancia definida por la marca dialectal) en ese tiempo y modo, ya que corresponde a un registro formal incompatible con ellos (posible sería en cambio, porque sí hay un hablante para esas palabras, un acartonado secretarial “encienda las luces, por favor”). “Ché, prendé las luces”, o si no directamente “no te vayá olvidar lo faro”, sin ningún “por favor” pretencioso en su afectación de cortesía, es lo que uno espera escuchar en cualquier auto argentino.
Los “navis” se suman así (aunque no hace falta) a un modo específico de máquinas parlantes, las que no entienden nada.

sábado, 6 de octubre de 2012

pedagogía del oprimido

    Chateo con un pibe que desprecia a la juventud macrista por considerarla “tan básica” y se burla de ella con toda la clase esperable en un veinteañero despierto e interesado en el mundo, informado y vivo. Tenemos ya bastante tiempo de chat y me ha contado que trabaja en un call center, contestando en francés requerimientos de ancianos del Québeq. Le pregunto de qué habla con esa gente tan extraterrestre, “les miento hasta que cortan o me piden hablar con un superior, y en ese caso les sigue mintiendo él”. ¿Pero de qué hablás?, insisto. No lo quiere decir. Una cláusula de su contrato le prohíbe dar detalles, explica.
    -¿Y la vas a cumplir?
    -Sí.
    -Pero para qué, si esos tipos son unos estafadores.
    -Sí, ya sé. Incluso nosotros, vos y yo, lo somos -se justifica-.
  Después se escuda en que no quiere dar ningún dato que permita eventualmente identificarlo, porque en la red se siente “tan expuesto como en el obelisco” (lo que de todos modos no le impide exhibirse haciéndose una paja por cam ante decenas de chateros, aunque en ese caso excluye el rostro). Le digo que a mí me pasa lo mismo, y por eso puse mi foto en este blog. La conversación termina ahí. Tal vez para siempre.

martes, 4 de septiembre de 2012

La china I

china es, según el diccionario tal vez más consultado del castellano, el de la RAE, la forma común a varias palabras distintas. Algunas de ellas son:
china1. (De la voz infantil chin). 1. f. Piedra pequeña y a veces redondeada.
china2. 1. adj. Natural de China. U. t. c. s. 2. adj. Perteneciente o relativo a este país de Asia.
china3. (Del quichua čína, hembra, sirvienta). 1. adj. Am. Dicho de una persona: de ojos rasgados. U. t. c. s. 12. f. Arg. Entre gauchos, mujer (‖ persona del sexo femenino).
Ahora resulta que tengo una (por así mal decir) china(2-3) en mi casa. La conocí en otra era de mi vida, hace ya 12 años (como se encargó de recordar ella al llegar), entre los vapores de la contaminación que da su bouquet único a la capital mexicana.
-Por favor, no me lo hagas -me rogó entonces, la única vez que compartimos la cama desnudos, aunque la concha le latía con la violencia de lo que reclama intervención. La tuvo, lo que de todos modos no fue óbice para dar lugar a su solicitud.
Después de ese intenso encuentro nos despedimos como amigos. Durante más de diez años la fui olvidando, pero ella tuvo un año atrás experiencias que le hicieron revivir ese pasado y añorar completarlo (se la pusieron por primera vez, siendo ya muy mayor de edad). Así que me escribió y se invitó a visitarme. Le dije que sí, porque en mi casa de todos modos hay una habitación libre y me encanta recibir visitas del extranjero.
Sin embargo, cuando poco antes de que llegara me mandó su itinerario caí en la cuenta de que coincidiría con otro huésped en mi casa (en realidad un subinquilino que puso a correr la corriente de fascismo que medra en el edificio donde vivo).
cabalgó por primera vez en su vida
Te aviso que vas a tener que dormir en la misma cama que yo”, le escribí a la coreana. Además no te puedo ir a buscar a Ezeiza porque no tengo auto, agregué para dejarle las cosas claras de movida. “Gracias por avisarme cómo son las cosas” contestó a los dos días (es profesora de castellano y lit. hispanoamericana en Corea), tras pensar (dijo) si convenía venir o no, y se vino.
Tengo frío”, me hizo saber ya el primer día, dos horas después de haber llegado, estando los dos en mi cama, donde habíamos recalado para que pudiera dormir una siesta y reponerse del largo viaje.
-Poné las manos acá que está calentito -le dije llevándoselas a mi entrepierna y haciéndole agarrarme la pija dura y caliente (cuánto me excita esa mezcla de inocencia y deseo desatado).
-Yo no tengo mucha experiencia sexual -contestó algo cohibida pero sin despegar sus deditos de la dura tibieza del falo.
-No te preocupes, ya vas a aprender -auguré-.