viernes, 18 de febrero de 2011

O vivís o no molestás

Capítulo III

   Ciego busca personas bien dispuestas que le lean textos sobre antisemitismo, anarquismo y autoritarismo. Hay viáticos”. Es el texto de un aviso que encuentro en una revista de distribución gratuita en bares y cafés. Se completa con un número de teléfono. Dos horas más tarde marco con la idea de que una actividad como ésa me vendrá de perlas para la adquisición de la lengua.
Es así que por primera vez escucho las frases pausadas en la voz como asordinada de Daniel, según se presenta del otro lado de la línea. Quedamos en que lo visitaré en su casa unos días más tarde para la primera sesión de lectura.
   ¿Y vas a leer en alemán? —pregunta sorprendido u horrorizado Michael cuando se lo comento-- Tené cuidado, en esta ciudad hay mucha gente loca.
   Pero si en México, tierra célebre por su presunto salvajismo, no dudaba en conectar desconocidos por internet para que vinieran sin más a mi casa a intercambiar favores sexuales, no me voy a privar acá de aceptar una invitación sólo porque viene de un ciego anarquista. Claro que Michael está entrenadísimo para escuchar los susurros más quedos del miedo, a lo que se suma que ignora lo mejor de mi pasado -y tendría dificultades para creerlo si se lo contara, pues su cabeza está pegada a un modelo de mundo que no existe, donde el único camino lícito es el que lleva al prestigio de las instituciones académicas-.
   Por ese motivo —entre otros-- tampoco le doy el dato de que encontré el anuncio en la Siegesäule, publicación mensual donde -no lo ignora nadie que viva en la ciudad- putos, lesbianas y etc. encuentran una detallada agenda día por día de las actividades que se les ofrecen, agrupadas en categorías como “cultura”, “misceláneas”, “fiesta” o “sexo”. En la sección Clasificados, donde entre avisos de acompañantes, productos y servicios de índole sexual no faltan los cursos de idioma ni de “piedras energéticas” o yoga, el anuncio de Daniel aparece bajo el rubro “diversos”.
   O sea que se puede concluir que además de tener inquietudes políticas y ser ciego, Daniel es puto, con lo que la advertencia de Michael termina nombrando una verdad que él difícilmente haya previsto.

Me pregunto si no sería éste un buen comienzo para la novela íntegra.

jueves, 10 de febrero de 2011

¿Nace un surfer? III

De vacaciones en el mar uruguayo


    Dia 8.
   -Perecioso, está perecioso -dije en referencia al mar, al aire, al día en general.
    -No digás así, es horroroso -me contestaba mi madre, lo que no es fácil de entender si se considera que le escuché decir repetidamente “esato, esato, como dice tu hermana”, estirando la “e” de “esato”. Debe creer que lo de ella es gracioso -o lindo- y en cambio la reformación “perecioso/a” no. Le expliqué que el vocablo es una perfecta celebración de la vida, porque inmiscuye en su corazón un memento mori.
    -Ya sé cómo se llama la tabla -le anuncié por fin un día, cuando lo supe-. Pereciosa. Es la Pereciosa.
   Obviamente se pronunció en contra, pero para mí que el nombre no le disgustó completamente.
    Es así que hoy voy con la tabla a pasar el día a lo de mi amigo el hermano del psicólogo, que alquiló una cabaña en medio del bosque, a pocos kilómetros de la zona pueblerina donde está la mía, y al llegar le escribo un sms a otro amigo común que anda por la zona. “Acá estamos los cinco y la Pereciosa”, en la esperanza de que llegue y me pregunte por esa palabra, para así disfrutar de contarle la historia de su persistencia.
    -Sacaste la tabla a pasear -me dirá en cambio en tono sobrador al final de la jornada, porque en la playa donde confluimos hay cero olas, y por consiguiente tampoco oportunidad de usarla.
    Fue un día sin surf, pero con marihuana, cerveza y asado. Además muchos niños encantadores, que ponen los nervios a prueba.
 
   Día 8. Hoy doy un pequeño salto en la evolución surfística: consigo ponerme de pie por más de dos segundos. Además hablo por primera vez con un (¡con otro!) surfista, un chico que dice haberse iniciado el año pasado y no muestra ninguna destreza destacada -en eso se me parece-. El diálogo no es nada especial, sólo comentamos las toninas adelante nuestro, unos 25 metros adelante, 3 aletas en el mar, dos adultas, una trunca por un mordisco o un arponazo y otra de animal bebé. Más temprano había visto desde pocos metros cómo esos -seguramente- mismos delfines daban un salto y sacaban el cuerpo enteramente fuera del agua, mientras me daba un baño de mar, en una playa próxima.
   -No, son toninas -me dice el sufer en respuesta a mi mención de “los delfines”; “bueno, es lo mismo”, le digo a mi vez, pues lo creo desde que me dijeron en Mundo Marino de San Clemente que ambos nombres designaban exactamente el mismo animal. “Cuando pasa la ola a veces se ven cardúmenes”, me repite él, como si no lo hubiera oído. Al salir del agua lamento no saludarlo, quedó fuera de mi alcance.
   Como una iluminación, entiendo que hay una forma de surfar -como de nadar, barrenar o esquiar- que implica un gasto de energía mínimo, lo que posibilita practicar el surf durante horas sin agotarse. De hecho, ya hoy lo hago mejor que al principio y me canso menos. Se necesita un movimiento felino, un cierto agazapamiento. A eso tengo que llegar, y así cabalgaré olas durante 20 años más.
   Ponerme de pie dio sin embargo origen a un nuevo problemita: me patino en la tabla al poner el pie de atrás, el que va atado. Estoy sin dudas en una etapa más avanzada del aprendizaje, pero el camino que tengo por delante es infinito. Empieza a crecer en mí una sospecha: la Pereciosa es muy angosta, demasiado para mí.

   Día 9. Voy a una playa distante, en un incipiente desarrollo urbano que promete volverse top y permanecer ecológico, boscoso. Allí vacaciona con su familia (mujer y dos hijas) el amigo que se burló de que sacara a pasear la tabla. Según ha dicho, alrededor de las 5 pm hay buenas olas, aptas para surfistas principiantes. Cuando llego a la playa salvaje después de cruzar tabla silla y sombrilla en mano más de 600 metros de médanos pinchudos, encuentro olas descontroladas, de tamaño descomunal. Hay sólo tres surfistas en toda la playa, los tres en el agua, y si no fuera por ellos y la familia de mi amigo, la playa estaría desierta.
   -Me voy a surfar ahora -digo al llegar-, aprovechando que están ellos en el agua, porque con estas olas, solo, no me voy a animar.
Tras un gran esfuerzo llego junto a los tres surferos, que me acogen con la mejor. Uno es experto. Me aconseja acostarme sobre la tabla unos centímetros más adelante.
   -Tenés que poder tocar con la palma de la mano la punta de la tabla -detalla-, así te va resultar más fácil correr la ola.
   Tiene razón. Le hago caso y consigo montarme en uno de los imponentes muros de agua por algunos segundos antes de que se vuelva pura espuma, mientras siento la codiciada aceleración. Me pongo en pie durante tal vez dos segundos. Un éxito. Mientras tanto considero lo acertado de la expresión uruguaya “correr olas”, porque en gran parte en eso consiste este deporte, y el momento que describe el término es la clave de su práctica. Correrla y alcanzarla. Mientras esperamos las olas buenas (un tiempo largo), los surfadores me cuentan que de noche trabajan de cocineros en la posada del lugar y dedican las tardes a surfar. El más experto dice que por vivir en Montevideo puede practicar su deporte favorito todo el año, porque las playas están muy próximas, a breves dos horas de su casa.
   -El viento arruina todo -dice también-, es el gran enemigo del surfer, desemprolija el mar.
   Al salir de ese mar enbravecido siento que tomé una lección para alumnos avanzados, así que me voy contento. Pero me queda un solo día de playa, y no creo que haga mejoras notables, más porque los dolores en el cuello y la espalda se están volviendo insoportables, al punto de que casi no puedo dormir.
 
   Día 10. Me despierto con terribles dolores en la nuca. Ese efecto es obviamente algo que me gusta del surf. Sin embargo, lo que menos me gusta es que desde que me inicié en él se alteró completamente mi relación con el mar, que hasta había sido magnífica: bañarme mucho y tranquilo, disfrutar de las olas, nadar y barrenar como un campeón, amar el agua y vivirla en toda su yemanjaez (a propósito, al frente de la playa, sobre un promontorio, hay una pereciosa estatua de la diosa afroamericana del mar, en general rodeada de flores frescas que le ponen quienes le tienen afecto. Gran cosa, sobre todo si se considera que en su lugar podría haber un horrendo cristo sufriente o cualquier porquería que lo evocara). Si superara los dolores y el agotamiento físico que hoy me hacen posponer mi ingreso al agua, sólo esa perturbación de mi forma de vivir el mar sería capaz de llevarme a abandonar la tabla. Pero para que me voltee el fracaso deben pasar muchas temporadas.
   Cuando llego al mar está helado, pero hay buenas olas. Intento hacerle frente con doble remera, pero salgo a la media hora tiritando y sin grandes resultados. La tarde es similar, me yelo hasta los huesos, termino hechó puré por la combineta de exigencia física + frío.
   Ya al atardecer paso por una tienda de surf y me informo. La tabla que compré, diagnostica un muchacho encantador que luce la mejor sonrisa del verano, hijastro del dueño del negocio, se quebró y fue reparada. “Se nota en el peso”, explica. El largo, agrega, es adecuado a mi altura, pero el ancho no. “Estas tablas están bien para olas tubo, del tipo que hay en el Pacífico mexicano o chileno. Olas más grandes, las de acá no alcanzan el tamaño necesario para esta tabla”.
   A pesar de la frustración que me producen sus palabras, compro allí mismo una funda y sogas de seguridad para trasladar la tabla 800 kilómetros hasta mi casa sobre el techo del auto.
   El simpático y resplandeciente muchacho me da además una crema “comprada en España” para los dolores musculares que me aquejan, asegurándome además que son lo más normal y que tanto él como el instructor que me dio la única clase que tomé, presente allí durante la conversación, practican yoga para evitar las lesiones a las que este deporte genera inclinación.
   Todas revelaciones que me harán encarar de otro modo la próxima temporada.

miércoles, 9 de febrero de 2011

¿Nace un surfer? II


De vacaciones en el mar uruguayo

   Día 2. No hay olas. Así que con esa fácil excusa desisto de tomar una segunda clase. Apoyan la decisión fuertes dolores en la espalda y los brazos, producto del desacostumbrado ejercicio muscular de la víspera. Mientras medito mi rehúse, veo salir del mar a dos jóvenes con sus tablas y me les acerco.
    -Yo nunca tomé clases -me cuenta el más bajito, un rubio de muy buen ver y ancho pecho lampiño, con una tabla más baja aún que él-. Y tardé como 20 días en poder pararme. Es cuestión de no darse por vencido.
    Agrega que hace cinco años que surfa. “¿Tú sos también de Montevideo?”, pregunta para mi sorpresa. Lo tengo que decepcionar.
   Día 3. Alquilo durante algo más de una hora una tabla bastante más corta que la de usé en la clase. “Una 7-4”, me aclara el que me la renta. Es que en el interín estuve contemplando la posibilidad de comprar una tabla para, en vez de tomar clases, darme de lleno a la práctica sin limitaciones horarias ni locativas, y las que vi similares a la que usé el día 1 no bajan de usd 350, usadas -demasiado para mis ambiciones, enmarcadas en 10 días de playa-. Con la 7-4 que alquilo me va relativamente bien, lo que me decide a buscar una de dimensiones similares para comprar, en parte también porque sospecho que la medida facilita las maniobras en el oleaje.

    Día 4. Después de buscar en varios comercios del ramo doy con una tabla 7,2 (la medida en pies, me entero), de punta triangular y no redonda, usada, por usd 200, a lo que debo sumar usd 40 del leash, como se le dice a la piolita con que la tabla va unida al tobillo del surfista. En total una cifra que sin ser insignificante está muy lejos de ser fabulosa.
    Por su tamaño (es la mayor de las tablas chicas) puedo prever que me va a crear dificultades, pero confío en superarlas. El vendedor, que en realidad tiene como principal actividad la reparación de tablas, me explica que tuvo una rotura, pero que allí donde él la reparó no volverá a romperse. “En caso contrario te devuelvo la plata”, me garantiza. “Las tablas se rompen, no importa si uno es principiante o experto, las tablas se rompen, es normal”, dice también. Me da varios consejos: usar remera oscura en vez de traje (“el traje dificulta los movimientos, siempre que puedo corro olas sin traje”); poner doble el cabito que une el leash a la tabla; sacar el leash todas las noches y guardarlo extendido; acostumbrarme a la tabla, barrenar un poco con ella y tratar de sentir su régimen de suspensión antes de largarme a surfar. También menciona la otra playa, además de la que yo suelo visitar, que según el viento es apropiada para el surf.
    -No hay tablas mágicas -asegura en relación con mi decisión de adquirir ésa-, para aprender hay que surfar todos los días, tres horas de tarde y tres de mañana. los surfistas no hacemos playa. Bajamos a correr olas y después nos volvemos.
    Esto último lo dice en referencia a los cuidados para la tabla, un objeto mucho más delicado de lo que uno pensaría. Debe protegérsela sobre todo del calor (del sol) y de los golpes. Dice todo esto mientras ajusta las tres quillas que lleva la tabla.
    De tarde hago mi primer ingreso al agua. Tal como los días anteriores, termino molido, a los crecientes dolores musculares en la espalda y los brazos se suman heridas y raspones en las rodillas, golpes en las manos, la impresión de que estuve a punto de rebanarme un dedo con una de las quillas, y una paspadura tal en la cara interna de los muslos y sobre la línea que delimita las dos mitades del escroto que casi no puedo caminar. Además, lo peor: mientras remo acostado sobre la tabla se me apachurran a tal punto el pito y los huevos que empiezo a sospechar que la versión según la cual los surfers son todos asexuales no es, como creía, un mito, cualidad que se debería a una lenta pero efectiva castración por maltrato genital... Al llegar a mi casa me devoro en siete minutos un quilo de pan. 

    De noche, en la cama, al irme durmiento, me vuelven las sensaciones del surf en el cuerpo, tal como me ocurría muchos años atrás al bañarme en el mar. Se siente delicioso.
 
   Día 5. De mañana acompaño a mi madre a la playa siguiente, donde le resulta más facil bañarse. Es un día luminoso de agua transparente y blanda, y mientras me deleito con la vista desde la costa, veo un tiburón: al levantarse una ola, veo que la atreviesa una sombra negra. La visión no dura más de dos segundos, suficientes sin embargo para distinguir un torpedo oscuro y subacuático de ca. dos metros en la pared de agua. En el breve instante inicial creo que es un surfista visto desde atrás, pero al toque sé que es un ejemplar escualo. Obviamente, siempre cabe la posibilidad de que no haya sido un tiburón, pero por lo que sé del mundo acuático, creo que lo era.
   De tarde entro al agua con la tabla. Para evitar los problemas de ayer me puse bajo el pantalón de baño un calzoncillo. De color blanco. Y salvo en el primer intento, en que encaro la maniobra con toda la energía, no llego ni a pararme en mi nueva tabla. Se me va toda la fuerza en luchar contra el mar y correr las olas, me agoto. Son dos sesiones de unos 40 minutos cada una, separadas por un descanso en la playa. En el agua me ubico un poco al margen de los demás surfistas. Su edad promedio es de 17 años, y sobre anchas tablas redondas, con lucientes trajes térmicos, hacen piruetas, haciendo evidente al mismo tiempo y sin proponérselo toda mi incompetencia.
    Al salir me encuentro con mi profe del día 1.
    -Elegí el camino duro -le cuento después de saludarlo-; me compré una 7,2. Así que por ahora no voy a tomar más clases.
    -Está bien -aprueba con una sonrisa alentadora-; tenés condiciones.
    El comentario me alegra. Ya en casa practico en la mesa de madera del quincho, muy ancha y sólida, el salto para ponerme de pie en la tabla, con lo que las heridas de las piernas y las bolas se intensifican.

    Dia 6. Aunque no enormes diferencias, siento sin embargo algunos progresos respecto de ayer, como si me fuera habituando de algún modo a la tabla y los movimientos. Además, ya no vuelvo tan agotado a tragarme un kilo de pan. A la tarde, al volver con la tabla a la playa, cae de visita un amigo (con mujer y dos hijos).
    -Me gustan los deportes de deslizamiento -le comento, evocando a mi todavía marido Sascha, a quien debo esa descripción-: nadar, esquiar, patinar sobre hielo y ahora surfar.
    No menciono el último de la serie, “coger”, porque está junto a nosotros el hijo de 11 años de mi amigo y me parece que lo burdo del chiste no es para su sensibilidad. Tampoco "conversar", porque no quiero que mi amigo piense que está practicando un deporte. 
    -Son todos deportes individuales -contesta, gracias a la última omisión.
    Mi hermano me dijo ayer que el surf es 90 por ciento exhibicionismo”, agrega; su hermano es psicólogo y terminó ayer sus vacaciones en la zona. Y es así que en presencia de mi amigo y su familia en vez de surfar hablamos del tema. También porque poco después llega mi propia hermana (con marido y dos hijos, también psicóloga y conocida del hermano de mi amigo), pero ella directo desde Buenos Aires, feliz de iniciar sus vaciones en el mar. El mayor de sus chicos estuvo incursionando en el surf el año pasado, en esta misma playa, y fue una de mis inspiraciones para probar suerte.
   Dia 7. Olas mínimas, muy nublado, frío. Voy al agua y hay progresos, mínimos pero igual estimulantes. Ya consigo sentarme de a ratos en la tabla y me resulta cada vez más cómoda. Así la voy, según creo, incorporando lentamente. También la prueba mi sobrino, pero no lo convence. Lo mejor del día, sin embargo, es que doy con el nombre que he estado buscando para ella: se llamará Pereciosa, nombre que encuentro perfecto por designar al mismo tiempo la belleza y la muerte (el universo).

martes, 8 de febrero de 2011

¿Nace un surfer?

De vacaciones en el mar uruguayo

   Tres días después de haber llegado a la playa, hoy tomo mi primera clase de surf. Aprendo el movimiento básico que hay que hacer para ponerse de pie sobre la tabla cuando ya se está montado en la ola. Primero me lo hacen practicar con la tabla sobre la arena. Me lo enseña un parco muchacho de tal vez 23 años, que refiere haber nacido en Minas, la ciudad uruguaya del agua mineral. Me da una tabla enorme, ancha como una vaca y que a mí, que mido 190, me supera en altura por lo menos por 60 centímetros. Antes de entrar al agua la frota con parafina, una goma blanda y blanca con la finalidad es facilitar el agarre a la tabla e impedir las patinadas.
    -Tenés buena velocidad -me alienta tras verme proceder un par de veces, ya en el agua, sobre la tabla.
    Más allá de unas pocas precisiones teóricas, o más bien de la descripción de los movimientos necesarios para surfar (así se dice acá, y quedó), la “clase” consiste en que el profe me sostiene la tabla más acá de la rompiente, y cuando viene la ola ya rota y echa espuma la empuja para que, mientras barreno con la tabla, trate de pararme. Lo consigo varias veces sin mayor dificultad. A los 40 minutos me explica que si uno quiere surfar y montarse a la ola antes de que rompa -como hacen de hecho los surfers- hay que remar con los brazos hasta que en un momento se siente “una acelaración”, y que ahí hay que ponerse de pie.
    Al irme le digo que volveré, y que posiblemente acepte su oferta de seis clases al precio de cinco para compartirlas con mi sobrino de 7 años que llega en unos días.
    De noche, muy entusiasmado, busco en internet páginas de surf. En lo poco y miserable que hay, aprendo que los surfistas son una cofradía mundial tan cerrada, competitiva y egoísta como cualquier otra, por ejemplo los bailarines de tango: se pelean por las buenas olas, mantienen secretas las mejores locaciones. Además constituyen un universo, que como todos no cesa de crecer en complejidad y formas de vidurria. Cuando yo empecé a bañarme en el mar, hace más de 30 años, era una rareza de excéntricos; hoy se practica masivamente en playas del mundo entero.

domingo, 9 de enero de 2011

Hamlet - Así nace el amor III


Wie wir den ehemaligen dänischen PM umbringen durften

  A eso de la una y media o dos me pareció que convendría empezar a bajar, dado que al día siguiente (domingo) tenía que trabajar (si bien planeaba llegar a la redacción ya entrada la tarde y para afrontar una jornada muy tranquila: lo único en agenda eran dos partidos de la Bundesliga, el campeonato alemán de fútbol). Con intención de favorecer el sueño me puse a armar un fasito.
   Hamlet estuvo junto a mí mientras lié, dulcemente recorriéndome con sus manos y su boca, o apoyando su cabeza suave sobre mi espalda. Declarándome su amor. Fumé un par de pitadas y le ofrecí el cigarro al niño, que me miraba en el colmo del arrobamiento. Dió un par de secas y lo apagamos. Esa marihuana es súper fuerte, y el objetivo no era ponernos de la cabeza sino bajar un cambio. Con idea de favorecer el sueño me eché en la cama y me recosté sobre varias almohadas; Hamlet se tendió a mi lado, apoyándome su cabeza en el pecho.
   La música (Pantha du Prince) seguía sonando, si bien a volumen más bajo, y mi amigo me acariciaba con dedicación morosa. En eso levantó la cabeza para mirarme a los ojos. Pero al encontrármelos algo pasó.
   -¡Oh my God! -exclamó (es la palabra)- Oh my God.
   De un salto se levantó de la cama y se puso de pie, sin quitarme la vista de encima mientras repetía esa invocación en inglés.
   -¿Qué pasa?
   Por toda respuesta me miraba inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mano en la boca, como cubriéndose ante una visión aterradora.
   -Sos… el ex primer ministro de Dinamarca -dijo al cabo el danés-. Te convertiste en él. No puedo dejar de verlo cuando te miro. 
   Tardé un instante en entender. Él seguía clavándome la vista con pavor, inmóvil.   
   -Hamlet -dije al fin con toda calma-, soy yo, eldictu. Miráme bien.
   Prendí la luz blanca de leer para que pudiera verme. Pero fue peor. Aterrorizado, el chico corrió en busca de su teléfono móvil. No sé cuánto tiempo estuvo conversando con una amiga de su país, pero peroraba en su extraña lengua sin quitarme los ojos de encima ni aproximarse a más de cuatro metros, mientras vigilaba horrorizado mis movimientos. Yo no me movía. De su verborrea se entendían unas pocas palabras, como la recurrente “primer ministro” y la mención de las drogas que habíamos consumido. Al fin, después de prometer que volvería a llamar más tarde, cortó y se envolvió en la salida de baño de toalla que le había dado para pasar la tarde sensual. Entonces se colocó a los pies de mi cama, se cruzó brazos, y se puso a murmurar una y otra vez oh my god, mientras al mismo tiempo hacía con la cabeza el gesto de negar.

   -El ex primer ministro de Dinamarca. Es una pesadilla. Te miro y no puedo más que verlo a él. 
   -Creo que lo mejor es que te vayas a tu casa -dije, ya harto de los locos-.
   -¡No!, por favor, no me vas a dejar solo en este momento.
   Ahí supe que estaba todo bien. Si no se quería ir es que tanto no sufría. Con un suspiro, saqué uno de los libros que estaba leyendo y me hundí en sus páginas. Al rato mi niño se deslizó en la cama y volvió a abrazarme. Trataba de no mirar mi rostro, pero de tocarme no se privaba.
   -Todo lo que estuvimos conversando fue en broma -le dije comprensivo, con la mayor de las ternuras, en referencia al hogar que según la conversación de unas horas antes planeábamos formar con su mejor amiga, y donde yo sería amante de ambos y padre de al menos un hijo-. Vos sos muy joven, tenés mucho que vivir. Tenés que florecer, muchísimo por descubrir, no podés comprometerte en nada de ese modo. Fue sólo una conversación de drogados, que obviamente no te obliga a nada, además de que a mí jamás se me ocurriría reclamarte algo.
   -Bueno, muchas gracias, gracias por decírmelo -contestó con notorio alivio, como si no lo supiera, apretándoseme contra el pecho-.
  Fue así que liquidamos al molesto ex primer ministro. Un rato más tarde, Hamlet me brindó su amor -y lo hizo con el mayor esmero-, y después nos dormimos juntos, abrazados.
   Al día siguiente desayunamos en un bar de la esquina, tomados de la mano, bajo la mirada bienhechora del mozo, gay y encantado ante la vista de dos bellos amantes, tan demostrativamente cariñosos.

martes, 4 de enero de 2011

Hamlet - Así nace el amor II


How the former Prime Minister was born

   Después de tres o cuatro encuentros en los que la amorosidad fue ganando consistencia, el siguiente hito con el escandinavo estuvo bajo el signo de las drogas químicas. “Hace tiempo que quiero tomarme un éxtasis con alguien que se acueste conmigo en la cama”, le dije al hacerle la propuesta. Le ofrecí un poco del mdma comprado meses antes en el festival fusion, y que no había tocado justamente por no tener con quién compartirlo. Hasta entonces había tomado muchas veces esa droga maravillosa, pero nunca en situación amante.
  -¿Cuánto pesas? -pregunté.
  -74 -dijo.
  Me asombró: peso 78 y él es cinco centímetros más alto, si bien también un poco más flaco y tal vez más ligero, menos denso. Así que según su respuesta armé las dosis, como siempre a ojo, mediante el procedimiento de dividir en montoncitos parejos la droga previamente molida y hecha polvo (considernado que contaba con cerca de 800 mg, y que se calcula aprox. 1,2 mg por kilo de peso ).
   Le di a elegir entre dos pilas de polvo que de acuerdo con mis cálculos eran equivalentes y a las que en una escala de 1-10 (donde 10 es máximo pegue pero todavía nada de toxicidad, y 1 apenas el reconocimiento, aunque indudable, de una alteración), correspondía un 7 u 8.
   -Elijo la que tiene más -dijo.
   Levantó con los dedos húmedos el polvo y se lo tragó con ayuda de un Paso de los Toros que había quedado de mi multitudinaria fiesta de cumpleaños, ocurrida cosa de un mes antes. Yo hice lo mismo con el otro montón, y él pidió lamer los restos que estaban en el plato. No había pasado media hora y ya era claro que la substancia estaba actuando sobre mí.
   -No me hace nada, no me hace nada -repetía sin embargo mi amigo sexual, quien ya me había comunicado que hasta ese día no había probado esa droga, ni ninguna otra a excepción de un poco de marihuana en forma de hachís-.
   Le dije que si en un rato más no le hacía efecto le daría un pequeño suplemento.
   -Ahora, dame ahora -contestó- porque si no vamos a estar desfasados.
   Le advertí que convenía esperar, pero salió con que me había dicho mal su peso y por consiguiente la dosis que se había tomado le resultaba insuficiente. Le dije que metiera el dedo meñique húmedo de baba en la bolsita donde estaba el resto del polvo, que eso bastaría para subirle un par de puntos. Así lo hizo. Cinco minutos después insistía con que no era suficiente.
   -Bueno, mala suerte -contesté-. Ya está. Ahora vamos a esperar. Tal vez no te haga nada. Pero yo creo que sí. Hay que esperar.
   Y al poco rato empezó un momento perfecto, en el que no dudaría en eternizarme. La plenitud del amor, el contacto feliz de cualesquiera superficies corporales -pero con énfasis en bocas y pijas-, caricias de intensidad infinitamente fractal. No sé cuánto tiempo estuvimos en la cama, no sé cuánto en la bañera, dejando que el agua nos corriera por el cuerpo, acompañados por la música electrónica de mi colección, inolvidable. Saqué la droga del cajón a las cinco de la tarde, y de pronto era medianoche y estábamos en brazos uno del otro con las trompas atadas por el amor, la hermosura y la conversación incesante e inflamada como el universo entero alrededor.
   -¿Cómo ves tu vida en el futuro? -le pregunté.
   -Mhh. No sé. Creo que me gustaría tener una linda casa y vivir con mi novio. Trabajar en algo tranquilo.
   -¿Pensás que te gustaría tener hijos?
   -Sí, pienso tener hijos -declaró-.
   -¿Y cómo? ¿Con alquiler de vientre?
   -Tengo una amiga. Mi mejor amiga.
   -¿Cogiste con una mujer alguna vez?
   -Nunca. Pero igual puedo estar con ella y tener un hijo. De los dos.
   -Yo siempre soñé con un trimonio -le conté, estimulado por su idea-. Vivir con un hombre y con una mujer en una relación de tres.
   -Bueno -dijo como si una decisión así estuviera en sus manos- ya está. Podemos vivir los tres juntos. Vos, ella y yo.
   -Me estoy por volver a vivir a Buenos Aires -contesté en el mismo viaje alucinante-, pero si vamos a vivir los tres juntos me quedo. No voy a desperdiciar una oportunidad así.
   -Sí, quedate.
   -Todavía tiene que estar de acuerdo tu amiga.
   -Sí, pero le vas a gustar.
   -Me saqué la lotería -dije con una sonrisa mientras apretaba su cuerpo desnudo contra el mío y nos perdíamos en el abrazo, perfectamente henchido de amor. Así, aunque sin tener idea, estábamos engendrando al ex primer ministro de Dinamarca. 


viernes, 31 de diciembre de 2010

Regreso triunfal de La Familia Triunfal II


  Boquitas Pintadas, segunda novela de Manuel Puig, transcurre mayormente en su pueblo natal -reconocible tras su nombre impostado- tres décadas antes de editarse (1969); Pubis Angelical, escrita diez años después, sitúa una de sus líneas argumentales en México DF durante el último año del gobierno de Isabelita. Libros muy distintos, en ambos funciona como motivación actancial, y sin que sea necesario esfuerzo verosimilizador alguno, la idea -que convive con otras sobre el mismo tema, incluso divergentes, aunque más difusas o en sordina- de que el matrimonio es una cárcel para las mujeres. La vida de casada es un estorbo para su desarrollo, al subordinarlas al marido y/o a los hijos, y definirlas -limitarlas- como esposas y cuidaniños. Es una de las formas que tomó el desprestigio de la familia, muy en boga en los 60 -70 e impulsador -o respaldador al menos- de cantidad de divorcios, algo que en esas mismas décadas dejó de ser un lujo de clase para democratizarse, tal como los orgasmos.
   Ahora, el poco contacto que he tenido con mi círculo más inmediato de amigos me permite constatar -no sin cierta pena, no voy a mentir- el regreso triunfal de la institución familiar. Además de la absurda discusión ya consignada, testimonio de la omnipresencia del tema en cuanta conversación me toca presenciar (lo que lo nombra como fuente de sentido de estas vidas), encontré la triste exacerbación encarnada en dos casos: niños a quienes al terminar el preescolar (o sea, a los cinco años) se les organizaron sendas celebraciones de egresados con instancias en cinco (¡cinco!) días distintos, y que tuvieron su culminación en conspicuos teatros de la ciudad (uno de ellos, uno de los más bellos y mejores, el Coliseo, escenario de grandes hitos culturales).
  Se equivocaría quien creyera que se trata de colegios chetos o aristocráticos, son apenas institutos privados concurridos por una clase hoy pudiente y modernosa cuyos antepasados, hace tres generaciones, vivían o bien a salto de mata en otros países o bien limpiando casas y atendiendo puestos a la calle en éste. Es decir, gente sin fundamento que se prende de cualquier cosa para tener la ilusión de que tiene una vida, a través de la hipóstasis de los hijos y La Familia. ¿Puede concebirse peor pesadilla? Vive la vie celibataire!

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Regreso triunfal de La Familia Triunfal I

   En la quinta que una amiga alquila durante el verano en Pacheco, una madre se manifestó alarmadísima por la relación que su suegra (mujer infernal, pero que por haber entregado incondicionalmente su alma -al dinero y el darwinismo social- luce un tinte de grandeza) tiende a establecer con su hijo, de dos años y meses.
   “Donde está tu papá”, preguntó el crío, en su presencia, a su abuela paterna. “Muerto”, contestó sin faltar a la verdad la veterana. La madre del niño, ayudada por una pasmadora ingenuidad, pretendía que todos los presentes (incluidos los tres hijos de la señora, entre ellos su propio marido) compartiéramos la reprobación que le inspiraban la respuesta y sobre todo la libertad que se había tomado la sincera abuela de contestar sin consultarla una pregunta tan delicada, de ésas cuyo tratamiento, según ella, es exclusiva potestad parental.
   -Lo mismo que si a mí un nene de otra persona me pregunta cómo nacen los bebés; yo no le voy a responder -sostenía la troglodita-. Preguntále a tu papá le digo. Es algo que deben contestar los padres de acuerdo con su propio criterio.
   El resto de los presentes (los tres hijos de la abuela del niño, incluido el marido de su alarmada madre) le discutía. Pero no su idea preservativa de la relación entre el niño y la verdad, sino sus intenciones de interferir el vínculo con su abuela y la absurdidad de querer controlar hasta el menor estímulo capaz de incidir en la psiquis del infante.
   -A mí cuando pregunté cómo salían los hijos de la panza me dijeron que a las mujeres les hacían un tajo y los sacaban -se quejó a su turno de los presuntos eufemismos explicativos una joven nacida en Rusia, agregando que la idea, en la que creyó mucho tiempo, le parecía “una agresión muy fea” que la había hecho rechazar durante años la idea de maternidad.
   Hoy la rusa también es madre, y esa noche sorprendió a toda la concurrencia (incluso a su azorado marido) al contar también que al venirle la menarca su madre le puso en las manos una película pornográfica. “Me quedé cinco días mirándola, estaba fascinada”, agregó con nostalgia. “Volvía de la escuela y lo único que hacía era mirar esa película”.
   -¿Aprendiste la lección? -preguntó mala onda fascistoide su cuñado, el padre del niño que desató la discusión.
   La segunda instancia de su iluminación, también facilitada por mano materna, fue una edición rusa de la obra del marqués de sade. La rubia y temperamental mujer repitió su deslumbramiento adolescente por el alto voltaje sexual de la obra, mientras todos los presentes la escuchábamos sin llegar a dar crédito completo a lo que decía. Estábamos hablando de Rusia Comunista y de una educación superadora.
   -En ese libro se describen copulaciones homosexuales, masoquismo, violencia -recordé en un intento de justipreciar la osadía y vanguardismo de su educación rusa.
   Fue entonces que la madre del niño que ya no ignora que su bisabuelo está muerto encontró por fin la ocasión de mostrar su corrección política y apertura mental: arrobada, con los ojos húmedos, me contó (de no tenerme como oyente ni se le habría ocurrido mencionarlo) que las primas de su hijo, más grandes que él, lo visten de mujer y lo pintarrajean.

martes, 28 de diciembre de 2010

Hamlet - Así nace el Amor I

Así empieza el amor

   Desde hace años tengo un perfil en un sitio de contactos sexuales entre hombres. En los primeros tiempos pasaba horas (perdía horas) en busca de un joven agradable dispuesto a compartir un buen momento en bolas. Ahora me limito a tener abierto el perfil (estar online) y ver quién me visita o me manda mensajes.
   Hace tres meses, todavía en Berlín, tras volver a mi casa ya en las primeras horas de un jueves después de la sesión semanal de canto con el coro, me puse a boludear y ver quién me había visitado, como quien lee para juntar sueño. En eso apareció un sacado con el nombre “scandinavian boy” que me bombardeaba con mensajes y parecía desesperado por encontrarse. “No busco escorts, gracias”, le contesté de una: su perfil tenía el signo $ propio de quienes reciben dinero a cambio de servicios sexuales, cosa que hasta ahora nunca contraté. “No soy un escort, abrí este perfil porque me pareció divertido. Pero no soy un escort. Querés que nos veamos?”, repetía. El sujeto declaraba 20 años, 195 cm y 76 kg, lo que sumado al “scandinavian” del nombre avivó mi curiosidad e interés. Su premura por encontrarse esa misma noche (ya eran las dos de la mañana) y que no tuviera una sola foto en su perfil, en cambio, despertaron mi alarma.
   Finalmente me mandó un par de fotos a mi correo electrónico en las que se veía espléndido (en una de ellas, con los ojos vendados mientras se metía una verga en la boca) y que junto a la presión que ejercía para encontrarnos “esa misma noche” me hicieron ceder. Le di mi calle y número, pero me reservé el timbre (precaución que hasta entonces nunca había considerado necesaria) por temor a que fuera un sacado o alguien desagradable. Después me fui a dormir. Ya he tenido la experiencia de alguien que dice “voy” y jamás aparece, y encima estaba cansadísimo. Si viene me despierta el teléfono, pensé. Y así ocurrió. Tras lo cual me asomé al balcón a pesar de lo frío de la noche y vi un sujeto delgado, vestido de gamulán con capucha -ya empezaba a estar fresco Berlín- y zapatos puntiagudos de elfo, que miraba la pantalla de su teléfono a la espera de una respuesta. Le abrí.
   Cuando lo tuve frente a mí me sorprendieron sus ojos, la sonrisa fresca y divertida y el corte a la taza de su abundante pelo lacio y rubión (aunque no llega a ser blondo, sólo castaño claro). Lo hice pasar y cuando se quitó la ropa pude ver su cuerpo largo y flexible, la piel todavía adolescente, su innegable hermosura. Él debe haber encontrado también virtudes en mí, dado el inmediato apego que me manifestó y lo bien que lo pasamos. Se quedó a dormir (no me soltó en toda la noche), y cuando a la mañana siguiente se fue después de negarse a tomar un desayuno (creo que yo ese jueves tenía que ir a trabajar, y él se negó a probar algo más que distintas secciones de mi cuerpo), quedamos en volver a vernos. No había caído aun la noche en la capital alemana que ya tenía un par de mensajitos suyos en mi móvil. Así empezó el amor.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Ulrik y la monja del siglo 14


   En la fiesta del post anterior estuve conversando y apretando con Martina, amiga histórica de la cumpleañera Mlt. En mi primera juventud habré cambiado con ella máximo un par de saludos, al punto de que no sabía su nombre, pero ya entonces sus rasgos afilados y el fuego duro de sus ojos me hacían sospechar un espesor (sexual) compatible con el mío.
   Mientras conversábamos y bailábamos, la mina mencionó que es católica, no sé a cuento de qué, aunque es algo que yo no podía ignorar porque Mlt organizó toda su vida en función de ese culto abominable, al que pertenecen sus amistades más próximas.
   -Me llevo muy mal con el catolicismo, como con todas las religiones -contesté con la mayor sinceridad- las detesto.
   Ella contó también que tras 20 años de trabajar en ong por sueldos miserables y fines nobles ahora tiene “desde este año” un puesto estable en el poder judicial (sin dudas uno de los nombres del inframundo). “La jubilación, y todo eso”, acotó.
   Al final estábamos los dos muy borrachos -el día siguiente padecí una resaca como hacía años no tenía- y nos dimos al facilismo de los besos. Fue una experiencia agradable y divertida, aunque carente de fogosidad.
   -Te aviso que no tengo resto para nada más -me advirtió más o menos rápido.
   -No, yo tampoco -contesté sin mentir.
   Abandonamos juntos la fiesta y la acompañé a tomar un taxi. Quedamos en que yo le pediría a Mlt su dirección de e-mail y nos reuniríamos a conversar. No por interés en una enventual relación de dos personas solas, sino porque por estar recién llegado necesito encontrar gente y conversar. Tengo que ampliar mi círculo social, la única manera de llegar a vivir a gusto en mi ciudad.
   36 horas más tarde le escribí a Mlt, que hasta hoy no contestó una palabra. Tal vez entre otras cosas porque en el transcurso de la noche le hablé a su amiga Martina de Hamlet, la última maravilla que ocurrió en mi vida. “Estuve los últimos tres meses de novio con un chico de 20 años”, dije recordándolo con nostalgia y amor. No sé qué comentario hizo. Ahora sospecho que la mina que creí libertaria y copada (lesbiana) es una atormentada monja del siglo xiv.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Fiesta en boliche de palermo


   Ayer estuve en la fiesta de mlt, ex compañera del secundario que celebró sus 40. Nunca fuimos grandes amigos, dadas las insalvables diferencias: ella es una fervorosa católica, y yo detesto todas las religiones. No obstante mantuvimos desde entonces un contacto cordial, saludos para los cumpleaños, etc, cosa que las velocidades internéticas facilitaron -si hubiera dependido del teléfono, hace décadas habríamos abandonado toda comunicación-. 
   Fui a la fiesta solo, porque de mis relaciones más próximas nadie mostró interés, y como estoy medio colgado pensé “bueno, paso un rato y después me voy a otro lado, a bolichear por ahí”. Llegué cerca de las 2:00, y me sorprendió una celebración llena de variadas vidas. Lo mejor es que en la fiesta, que tuvo lugar en un boliche de palermo de lo más in, había gran abundancia de putos, lo que se explica no por la innegable apertura de la siempre católica mlt, sino porque festejaba su cumpleaños junto con un amigo o colega que se ve que es del palo. Así que la pasé joya, bailé muchísimo y sobre todo fui espectador del state of the art de al menos cierta parte de la vida porteña (no la que más me interesa, pero por suerte el mundo es así de variado), que me he perdido los últimos 10 años. Durante la noche me le acerqué a un chiquito de lo más agradable, no tendría más de 24, y respondió con una danza ondulante y llena de energía, en la que arqueaba todo su cuerpo.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Me voy a radicalizar


   Yo me voy a radicalizar. En mis intervenciones. Voy a radicalizar mi cuerpo -su ejercicio- y mis impulsos. Cuando tenga que presentarme en el campo, en la ciudad, en cumpleaños de parientes, en el trabajo que tenga, en general, sexualmente. Me voy a radicalizar.

jueves, 16 de diciembre de 2010

En el sucucho



Mi habitación, esa ruina 

   Tras residir 12 años en otros países del mundo voy a vivir ahora quién sabe cuántos meses en mi casa histórica, la misma donde pasé la mayor parte de mi niñezadolescencia, y juventud, ligada a mi familia desde hace más de 30 años, escenario de inolvidables fiestas.
   Todo en ella es hoy ejemplo cabal de decadencia y precariedad. Por ejemplo mi dormitorio: un colchón mugriento y vencido echado en el suelo, recubierto a su vez por una longeva moquette, de la que decir que tiene olor a perro mojado es halagarla. En partes, como en los zócalos, hechos también de baratas tiras de alfombra, está despegada de la superficie que debería cubrir, o comida, y al mismo tiempo abunda en bolitas de pelusa sucia. Lo ideal sería sacarla, algo que sin embargo no es posible de inmediato porque lo que hay debajo es el piso de cemento pelado, sin ningún tratamiento. Esto responde a que el cuarto, producto de una reforma tardía para agregar un dormitorio a la casa, se hizo eligiendo para todo la variante menos costosa disponible entonces.
   La ventana es de la misma pésima calidad, como muestra su carpintería: un pesado aluminio pintado de blanco cuyas dos hojas corren paralelas sobre rieles, dejando generosas luces por donde se cuela siempre el aire, y hasta la lluvia cuando las condiciones son extremas. Por suerte es verano, y el defecto deviene una ventiladora virtud. Semi-cubre la ventana una cortina de morondanga, insuficiente para su superficie. Si bien es muy linda -es lo único lindo en todo el dormitorio, adornada de ramitas de nutridas hojas rematadas en flores finamente bordadas, un volado, todo de una lindeza que no tiene nada que ver con la miserabilidad del resto del dormitorio, y es un pozo de hermosura que rompe así la isotopía del cuarto, haciendo un lugar a la esperanza- deja pasar la luz, en parte por ser enteramente blanca, por lo que dormir más allá de las 6 30 sólo es posible poniendo la cabeza en sandwich entre dos almohadas. 
   Para peor, el travesaño del que pende la cortina se desprendió de la pared cuando intenté colgarle, justamente para atenuar la luminosidad, un par de colchonetas de goma espuma que estaban en el piso, una de ellas viejísima y cubierta de una tela marrón muy raída; la otra directamente sólo un cacho de gomaespuma, amarillo y tan feo al tacto. Ambos restos yacen ahora abollados sobre un viejo colchón con décadas de manchas, doblado en cilindro y apoyado contra la pared, y cuya única función es aumentar la mugre del cuarto. El barrote de la cortina quedó apoyado en la pared, trabado para no caerse en un miráme y no me toqués.
   La pintura está obviamente descascarada o hecha burbujas por acción de humedades que afloran desde el más allá, tiñendo todo de un aire a catástrofe. Esas mismas humedades hicieron colapsar hace años el circuito eléctrico, por lo que no funciona el único enchufe (si bien no es imposible que entrañe riesgo de electrocución). En el contexto general el estado de la pintura es de todos modos un rasgo simpático con el que no tendría problema en convivir, porque se me hace que le da personalidad al sucucho, como le he dicho a este cuarto desde siempre, desde que dejó de ser la habitación de mi hermana mayor, hace ya muchas décadas.
   Al calamitoso estado del sucucho se agregan sus dimensiones: tiene espacio apenas para el colchón de plaza y media a dos de cuyos lados quedan sendas franjas de unos 35 cm y 45 cm respectivamente, que se usan para circular y amontonar los desperdicios etc.