domingo, 3 de abril de 2011

mundo puto: un tinte



   Hace tiempo determiné que no me gusta -o mejor: no me nombra- el mundo puto (para no hablar de esa marca registrada en NY conocida como “cultura gay”, que me resulta ajena hasta la náusea). Lo que me cabe -lo que me excita- son los jirones, filamentos, pinceladas, retazos de putez que destiñen y coloran el mundo, presuntamente sin trazas de tensiones qüir, de los matrimonios, las grandes amistades entre hombres, incluso de las relaciones fraternas o paterno-filiales (esto último merece un par de toques, porque puesto así parece sólo destinado a escandalizar). Pueblan el mundo no puto, son su frontera y posibilidad, siempre al acecho. Reconozco ese espacio intermedio, me hamaco complacido en sus fibras.

O vivís o no molestás II


   Las cuadras de ciclaje hacen que a pesar del frío llegue a casa empapado en sudor; el alcohol y la marihuana me gestaron un tenue dolor de cabeza que se convertirá en su hermano mayor en el curso de la mañana y vendrá a despertarme. Tengo que esforzarme un poco para encadenar la bicicleta en el Hof del edificio, aunque dado su cochambroso estado y el buen tono del área prácticamente puede descartarse que alguien se la quiera robar. Estoy en Prenzlauerberg, parte del Berlín que fue comunista, a cinco cuadras de la línea de adoquines que recuerda el trazado del Muro, y más allá de las esperables excepciones los habitantes de la zona son jóvenes que medran holgadamente en la nueva economía de los medios electrónicos. Revestidos de una pátina de alternativismo que no se creen ni ellos pero les da sentido de comunidad, los que no tienen hijos pequeños están en su busca.
   Sobre la mesa de mi dormitorio encuentro un mensaje en dos tiempos: “llamó Silvia. y Friedrich - M.”. La nota incluye los nombres de las tres personas que de algún modo han moldeado mi vida de los últimos meses: Michael, que firma la esquela y me cobra por el cuarto donde la leo; Silvia, a quien vi por primera vez hace más de 20 años, en mis primeros días de colegio secundario, y Friedrich, mi tal vez único amigo alemán. El otro signo de que Michael estuvo en el cuarto es el frío: al irme había dejado la calefa a media marcha y ahora está apagada ¡en cero! Michael lo hizo, seguramente después de que al entrar al cuarto para dejar la nota lo invadiera una ola de indignación, porque en su cabeza no entra que alguien pretenda llegar a una habitación templada cuando en la calle hacen cinco grados bajo cero.

lunes, 21 de marzo de 2011

El principio del tacto


El arte institucionalizado me tiene entre sus concurrentes sólo de modo ocasional y siempre que medie invitación de amigos. Aprendí que es muy poco lo que vale la pena, además de que no hay nada indispensable (Shakespeare, por poner un caso célebre, no había leído a Shakespeare, bache de formación que sin embargo no le impidió escribir la magnífica obra del cisne de Stratford-upon-Avon). Por eso fue inevitable escuchar como se escucha una propaganda los esfuerzos de mi amigo Tito Rolando por persuadirme de no faltar a la apertura de la exposición que montó en la ciudad de México.
-Va a ser un hito no en la historia del arte, sino en la historia de la civilización -me repetía.
El nombre de la muestra era Tacto, sentido que según la presentación escrita por Tito nos habilita por primera vez la estridencia del mundo, al estamparnos en el cuerpo el trance del nacimiento, así como más tarde los orgasmos, el frío y el estar (el ser). En el breve texto, Tito también recuerda o establece que es con el tacto que sentimos el dolor, “todos los dolores, incluso el psíquico”, alardea. Tal inmediatez con lo real lo convierte en “la fuente del miedo y todas sus consecuencias (la civilización)”. Según asegura el texto, “de los cinco sentidos es el menos codificado, el que la civilización menos tocó”: no hay artes táctiles, que sí existen para el resto de los sentidos, aunque sea en la forma inestable y poco formalizada del perfume o la gastronomía.

Hamlet - Así nace el amor VII

   Por motivos que detallaré en otro lugar, en Berlín tenía facilidades para conseguir excelentes ubicaciones en el teatro y la ópera a precios de risa. Como hice con tantos amigos & amantes, ya sea que vivieran en la ciudad o me visitaran, a Hamlet lo invité a acompañarme a la ópera, forma de arte que aprendí a amar y apreciar luego de haber sido figurante (un ser infernal, un espectro oscuro) en una versión de Dr. Faust, de Bussoni. Había conseguido entradas en octava fila, centro, para la menos wagneriana de las óperas de Wagner: la comedia die Meistersinger von Nürnberg, tres actos cuyo desarrollo toma cinco horas.
   Hamlet estaba avisado desde hacía varios días de la función. Sin embargo, la noche anterior tuvo una fiesta no sé dónde, a la que me invitó. Decliné la invitación, y pero él no sólo fue sino que estuvo dándole al vodka all night long y volvió a su casa cerca de las nueve de la mañana. Era domingo, por lo que una función de ópera que dura cinco horas en Alemania empieza a las tres de la tarde, para que la gente pueda irse a su casa a las ocho y empezar la semana a las seis de la mañana del lunes.
   Llegó a tiempo al teatro, pero la trasnochada todavía perduraba en él: los ojos le flameaban y su intoxicación era evidente. Eso no le impidió echarse a mi cuello y besarme con denuedo. La gente miraba. No tanto porque somos dos hombres y nos separa una generación (dado que si hay un ambiente donde la libertad permite cualquier tipo de vínculo, es la ópera), sino por el show de besos, suficiente para imantar las miradas: en la vía pública de Alemania es raro ver gente besuquéandose, y el número de casos disminuye conforme aumentan la edad de los involucrados y el grado de formalidad del sitio. Pero Hamlet es así, y también por eso lo quiero.
   -Si estás muy cansado y no aguantás podés irte; si querés me esperás en casa -le dije, considerando las cinco horas-.
   -¡No, de ningún modo! -aseguró- me voy a quedar con vos hasta el final.
   Aguantó un acto. Y con serias dificultades: transcurridos los primeros 15 minutos bajó la cabeza y se limitó a mirar el parquet entre sus piernas. Cambió de posición varias veces, pero era obvio que buscaba la más comoda no para ver o escuchar, sino para que su largo cuerpo soportara la espera eterna.
   -Pero no, faltaba más. Para qué te vas a torturar -le dije en el entreacto, cuando me preguntó si no me enojaba que se fuera.
   -Es que me siento muy mal -explicó lo evidente.
   Volvimos a dar un espectáculo de besos y se fue. Ahí mismo llamé a una amiga, que llegaría a ver el tercer acto de los maestros cantores, el que dura casi dos horas y es el mejor.
   Cuando volví a mi asiento sin Hamlet, el vecino de butaca me preguntó dónde estaba, por qué se había ido, si se sentía mal. Resultó ser un crítico de música domiciliado en Londres, que estaba allí por encargo de una revista especializada de habla inglesa. Estaba en compañía de su mujer, una alemana de lo más simpática, y al irse me dio su tarjeta y me pidió que no dejara de hablarlo, para encontrarnos algún día.
   Su amabilidad me mostró una vez más que nuestras efusiones provocan lo contrario del rechazo. Es que la gente admira la libertad, la juventud, y la belleza, algo que todavía estamos en condiciones de simular con mi chico.

lunes, 7 de marzo de 2011

libertad

   Integro el 0,3 por ciento de las personas más libres del mundo, que en este caso es el mundo occidental, dado que el de libertad es un concepto que sólo tiene sentido en el marco de nuestra civilización -donde se inventó-. Lo que pase en otras es inaccesible, ¿alguien puede discutirlo? Ahora tengo que reducir el porcentaje. ¿Qué me falta para eso? ¿coraje? ¿dinero? ¿verdad?
   La buena salud es una condición sine qua non, aunque también puede sostenerse que un problema de salud limitante en algún sentido equivale a un nuevo punto de partida desde el cual la libertad es igualmente alcanzable (y que en definitiva la salud nunca se alcanza, pues hacerlo equivaldría a la inmortalidad).  Me permito dudarlo: la salud -su necesidad o falta-  nos devuelve de modo inolvidable a la biología, y con ella a la primera y más determinante de todas las prisiones: la muerte, que es lo real, nuestra compañera más permanente, de la que luchamos por librarnos desde el principio de los tiempos.
   Conozco sólo una sola mujer que habla y piensa desde fuera de la biología, que no casualmente es también el argumento -la razón, difusamente presentada, y sobre todo abstraída de su carácter de invención civilizacional- que el oscurantismo esgrime una y otra vez en sus intentos de sofocar las libertades de crear y amar.

domingo, 6 de marzo de 2011

Hamlet - Así nace el amor VI


¡somos novios!
   Un día Hamlet me invitó a su casa a cenar, en parte para espejar las muchas veces que comía en casa cosas sencillas o complejas, en todo caso siempre brindadas con el mayor cariño. Preparó unas albóndigas sofritas, puré, y no me acuerdo qué más. No puedo decir que estuviera delicioso (creo que no es mi tipo de comida; su universo culinario todavía es el del adolescente que es, un poco trash), pero puso tanto empeño en mostrarme su amor que me conmovió profundamente. Tomamos bastante vino (le había preguntado por el portero eléctrico, al llegar, qué prefería, y me mandó a comprar). Después de cenar nos fuimos a la cama.

   -Sos el primer novio que tengo, y el más lindo de todos -le dije sin mentir, hablándole en su boca-.

   -¿Soy tu novio? ¿soy tu novio? ¿soy tu novio? -contestó riéndose, subiendo un tono en la escala musical con cada repetición de la pregunta.
   A partir de ese momento empezó a llamarme “my boyfriend”, a firmar “your BF” los mensajes, a presentarme así ante sus amigos, conocidos, etc. Para mí todo tenía el tono de un juego divertido, que por otro lado jugaba animadamente, con la conciencia extraña de que sus días estaban contados por mi próximo cambio de continente.

jueves, 3 de marzo de 2011

Hamlet - Así nace el amor V


Los días contados

   Transcurridos los cuatro días de visita paterna, Hamlet volvió a dormir a casa periódicamente.
   -I love you -me repetía, de lo más amoroso, una y otra vez, mirándome a los ojos.
   -I love you too -contestaba yo, aunque sobre todo para no cometer la torpeza de echar agua fría en su inflamación, que hacía posible tantos buenos momentos-; con todo mi corazón.
   -Qué lástima que te vas a vivir a la Argentina en tres meses.
   -¿Cómo sabés que me voy? ¿Quién te dijo? -respondí alarmado.
   La respuesta era obvia, pero yo no recordaba el momento en que se lo había contado. Encima, justamente ese día había estado considerando que no tenía sentido hacerlo, pues la noción de partida inminente daría una dimensión de falso apasionamiento a nuestro amor, que de lo contrario encontraría su verdad en la rutina de una relación destinada a extinguirse. Pero el error ya se había cometido: la noche de nuestro primer encuentro, al presentarnos, se lo había dicho del modo más despreocupado, con la idea de que con él, como con tantes, tendría una relación pasajera.
   A partir de ese momento, la despedida pasó a pender sobre nosotros, y nunca dejó de sentirse.

martes, 1 de marzo de 2011

territorio nacional


   Respondo la invitación a una de las bodas de la década, la primera entre dos hombres que me toca en territorio nacional:

   "Queridos contrayentes:
   Confirmo, como se solicitara, que celebraré con ustedes lo que se anticipa como uno de los grandes enlaces de la década. Siempre que no haya indicación en contrario, llegaré acompañado de Hamlet, y ambos contribuiremos con lo mejor de nosotros a que la fiesta sea mítica.
   En los próximos días les envío el certificado de depósito en la cuenta de regalos.
   Abrazos y augurios de más dicha"

   La firma

Hamlet - Así nace el amor IV

   Una vez superado el escollo del ex PM, que de todos modos marcó un hito y se transformaría en repetido objeto de evocación y comentario, en general de tono jocoso, la relación con el escandinavo entró en otro carril. Su insistencia en vernos y la cantidad de mensajes que me envía sólo se explican, pensaba yo, porque este chico, al no tener ocupación, goza de un exceso de tiempo libre. Así como la fascinación que manifiesta por mi persona responde a que acaba de llegar: en cuanto vea los muchos que como yo pululan por la capital alemana, que encima me superan en belleza, freakez y velocidad (en talento sólo un puñado difícil de determinar, o tal vez ninguno), me dirá adiós te recordaré mucho e irá en busca de otra piedra en que frotarse.

   Y de hecho, hubo un episodio que me sugirió que ya lo estaba haciendo: una noche llegó a casa mucho más tarde de lo anunciado y tras darme apenas un beso mariposa se tiró a dormir a mi lado, sin sacar a relucir nada de su habitual fogosidad.

   -¿De dónde venís? -le pregunté entredormido.

   -De la casa de un amigo. Un pintor. Bah, dice él que es pintor -hizo un gesto de desprecio-. Un rumano.

   Hasta ese momento no había mencionado que tuviera un amigo pintor ni rumano, aunque me había detallado repetidamente su vida social en Berlín, algo muy fácil dado su completo raquitismo. Tampoco volvió a mencionarlo después. Ignoro lo que es sentir celos, no pienso en términos de fidelidad (pocas nociones me son más extrañas) y además no estoy en condiciones de exigir nada del estilo a nadie, por lo que me dormí tranquilamente y, tal como él, no volví a mencionar el tema.

   Como sea, empezamos a vernos varias veces por semana, e incluso le di una copia de las llaves de mi casa.

   -Vení cuando quieras -le dije.

   -Me encanta que nos veamos en otro sitio que no sea tu casa -me dijo él un día, dejando claro que no me consideraba un objeto exclusivamente sexual. Su declaración respondía puntualmente a la visita que hicimos juntos a una las exposiciones más sonadas de la temporada cultural alemana: Hilter y los Alemanes, en el Museo Histórico de Berlín, a cuya inauguración lo invité. Eran los días en que mi casa conocía la primera y última visita de mi padre, lo que me frenaba de invitar a Hamlet a dormir. Fue esa exposición, por otro lado, el primer sitio público de concurrencia masiva donde me besé amorosamente con un hombre  -quiero decir un sitio que no fuera una disco o un bar donde también otros lo hacían-. Nunca había tenido la oportunidad.

   -Me acaba de mandar un sms un amigovio que tengo. Tiene 20 años -le anuncié días después a mi padre en un café, bajo el sol helado de Berlín.

   -Me parece muy mal.
   -Porque sos de derecha -contesté. Días antes había mencionado a Hamlet como al pasar, sin especificar que compartíamos la cama. Así se prepara el terreno. 

   Mi viejo no dijo una palabra más, aunque sé por años de tratarlo que registró hasta el último detalle de la plática. Pero a él le cuesta -y a mí con él un poco también- tocar temas sensibles.

viernes, 18 de febrero de 2011

O vivís o no molestás

Capítulo III

   Ciego busca personas bien dispuestas que le lean textos sobre antisemitismo, anarquismo y autoritarismo. Hay viáticos”. Es el texto de un aviso que encuentro en una revista de distribución gratuita en bares y cafés. Se completa con un número de teléfono. Dos horas más tarde marco con la idea de que una actividad como ésa me vendrá de perlas para la adquisición de la lengua.
Es así que por primera vez escucho las frases pausadas en la voz como asordinada de Daniel, según se presenta del otro lado de la línea. Quedamos en que lo visitaré en su casa unos días más tarde para la primera sesión de lectura.
   ¿Y vas a leer en alemán? —pregunta sorprendido u horrorizado Michael cuando se lo comento-- Tené cuidado, en esta ciudad hay mucha gente loca.
   Pero si en México, tierra célebre por su presunto salvajismo, no dudaba en conectar desconocidos por internet para que vinieran sin más a mi casa a intercambiar favores sexuales, no me voy a privar acá de aceptar una invitación sólo porque viene de un ciego anarquista. Claro que Michael está entrenadísimo para escuchar los susurros más quedos del miedo, a lo que se suma que ignora lo mejor de mi pasado -y tendría dificultades para creerlo si se lo contara, pues su cabeza está pegada a un modelo de mundo que no existe, donde el único camino lícito es el que lleva al prestigio de las instituciones académicas-.
   Por ese motivo —entre otros-- tampoco le doy el dato de que encontré el anuncio en la Siegesäule, publicación mensual donde -no lo ignora nadie que viva en la ciudad- putos, lesbianas y etc. encuentran una detallada agenda día por día de las actividades que se les ofrecen, agrupadas en categorías como “cultura”, “misceláneas”, “fiesta” o “sexo”. En la sección Clasificados, donde entre avisos de acompañantes, productos y servicios de índole sexual no faltan los cursos de idioma ni de “piedras energéticas” o yoga, el anuncio de Daniel aparece bajo el rubro “diversos”.
   O sea que se puede concluir que además de tener inquietudes políticas y ser ciego, Daniel es puto, con lo que la advertencia de Michael termina nombrando una verdad que él difícilmente haya previsto.

Me pregunto si no sería éste un buen comienzo para la novela íntegra.

jueves, 10 de febrero de 2011

¿Nace un surfer? III

De vacaciones en el mar uruguayo


    Dia 8.
   -Perecioso, está perecioso -dije en referencia al mar, al aire, al día en general.
    -No digás así, es horroroso -me contestaba mi madre, lo que no es fácil de entender si se considera que le escuché decir repetidamente “esato, esato, como dice tu hermana”, estirando la “e” de “esato”. Debe creer que lo de ella es gracioso -o lindo- y en cambio la reformación “perecioso/a” no. Le expliqué que el vocablo es una perfecta celebración de la vida, porque inmiscuye en su corazón un memento mori.
    -Ya sé cómo se llama la tabla -le anuncié por fin un día, cuando lo supe-. Pereciosa. Es la Pereciosa.
   Obviamente se pronunció en contra, pero para mí que el nombre no le disgustó completamente.
    Es así que hoy voy con la tabla a pasar el día a lo de mi amigo el hermano del psicólogo, que alquiló una cabaña en medio del bosque, a pocos kilómetros de la zona pueblerina donde está la mía, y al llegar le escribo un sms a otro amigo común que anda por la zona. “Acá estamos los cinco y la Pereciosa”, en la esperanza de que llegue y me pregunte por esa palabra, para así disfrutar de contarle la historia de su persistencia.
    -Sacaste la tabla a pasear -me dirá en cambio en tono sobrador al final de la jornada, porque en la playa donde confluimos hay cero olas, y por consiguiente tampoco oportunidad de usarla.
    Fue un día sin surf, pero con marihuana, cerveza y asado. Además muchos niños encantadores, que ponen los nervios a prueba.
 
   Día 8. Hoy doy un pequeño salto en la evolución surfística: consigo ponerme de pie por más de dos segundos. Además hablo por primera vez con un (¡con otro!) surfista, un chico que dice haberse iniciado el año pasado y no muestra ninguna destreza destacada -en eso se me parece-. El diálogo no es nada especial, sólo comentamos las toninas adelante nuestro, unos 25 metros adelante, 3 aletas en el mar, dos adultas, una trunca por un mordisco o un arponazo y otra de animal bebé. Más temprano había visto desde pocos metros cómo esos -seguramente- mismos delfines daban un salto y sacaban el cuerpo enteramente fuera del agua, mientras me daba un baño de mar, en una playa próxima.
   -No, son toninas -me dice el sufer en respuesta a mi mención de “los delfines”; “bueno, es lo mismo”, le digo a mi vez, pues lo creo desde que me dijeron en Mundo Marino de San Clemente que ambos nombres designaban exactamente el mismo animal. “Cuando pasa la ola a veces se ven cardúmenes”, me repite él, como si no lo hubiera oído. Al salir del agua lamento no saludarlo, quedó fuera de mi alcance.
   Como una iluminación, entiendo que hay una forma de surfar -como de nadar, barrenar o esquiar- que implica un gasto de energía mínimo, lo que posibilita practicar el surf durante horas sin agotarse. De hecho, ya hoy lo hago mejor que al principio y me canso menos. Se necesita un movimiento felino, un cierto agazapamiento. A eso tengo que llegar, y así cabalgaré olas durante 20 años más.
   Ponerme de pie dio sin embargo origen a un nuevo problemita: me patino en la tabla al poner el pie de atrás, el que va atado. Estoy sin dudas en una etapa más avanzada del aprendizaje, pero el camino que tengo por delante es infinito. Empieza a crecer en mí una sospecha: la Pereciosa es muy angosta, demasiado para mí.

   Día 9. Voy a una playa distante, en un incipiente desarrollo urbano que promete volverse top y permanecer ecológico, boscoso. Allí vacaciona con su familia (mujer y dos hijas) el amigo que se burló de que sacara a pasear la tabla. Según ha dicho, alrededor de las 5 pm hay buenas olas, aptas para surfistas principiantes. Cuando llego a la playa salvaje después de cruzar tabla silla y sombrilla en mano más de 600 metros de médanos pinchudos, encuentro olas descontroladas, de tamaño descomunal. Hay sólo tres surfistas en toda la playa, los tres en el agua, y si no fuera por ellos y la familia de mi amigo, la playa estaría desierta.
   -Me voy a surfar ahora -digo al llegar-, aprovechando que están ellos en el agua, porque con estas olas, solo, no me voy a animar.
Tras un gran esfuerzo llego junto a los tres surferos, que me acogen con la mejor. Uno es experto. Me aconseja acostarme sobre la tabla unos centímetros más adelante.
   -Tenés que poder tocar con la palma de la mano la punta de la tabla -detalla-, así te va resultar más fácil correr la ola.
   Tiene razón. Le hago caso y consigo montarme en uno de los imponentes muros de agua por algunos segundos antes de que se vuelva pura espuma, mientras siento la codiciada aceleración. Me pongo en pie durante tal vez dos segundos. Un éxito. Mientras tanto considero lo acertado de la expresión uruguaya “correr olas”, porque en gran parte en eso consiste este deporte, y el momento que describe el término es la clave de su práctica. Correrla y alcanzarla. Mientras esperamos las olas buenas (un tiempo largo), los surfadores me cuentan que de noche trabajan de cocineros en la posada del lugar y dedican las tardes a surfar. El más experto dice que por vivir en Montevideo puede practicar su deporte favorito todo el año, porque las playas están muy próximas, a breves dos horas de su casa.
   -El viento arruina todo -dice también-, es el gran enemigo del surfer, desemprolija el mar.
   Al salir de ese mar enbravecido siento que tomé una lección para alumnos avanzados, así que me voy contento. Pero me queda un solo día de playa, y no creo que haga mejoras notables, más porque los dolores en el cuello y la espalda se están volviendo insoportables, al punto de que casi no puedo dormir.
 
   Día 10. Me despierto con terribles dolores en la nuca. Ese efecto es obviamente algo que me gusta del surf. Sin embargo, lo que menos me gusta es que desde que me inicié en él se alteró completamente mi relación con el mar, que hasta había sido magnífica: bañarme mucho y tranquilo, disfrutar de las olas, nadar y barrenar como un campeón, amar el agua y vivirla en toda su yemanjaez (a propósito, al frente de la playa, sobre un promontorio, hay una pereciosa estatua de la diosa afroamericana del mar, en general rodeada de flores frescas que le ponen quienes le tienen afecto. Gran cosa, sobre todo si se considera que en su lugar podría haber un horrendo cristo sufriente o cualquier porquería que lo evocara). Si superara los dolores y el agotamiento físico que hoy me hacen posponer mi ingreso al agua, sólo esa perturbación de mi forma de vivir el mar sería capaz de llevarme a abandonar la tabla. Pero para que me voltee el fracaso deben pasar muchas temporadas.
   Cuando llego al mar está helado, pero hay buenas olas. Intento hacerle frente con doble remera, pero salgo a la media hora tiritando y sin grandes resultados. La tarde es similar, me yelo hasta los huesos, termino hechó puré por la combineta de exigencia física + frío.
   Ya al atardecer paso por una tienda de surf y me informo. La tabla que compré, diagnostica un muchacho encantador que luce la mejor sonrisa del verano, hijastro del dueño del negocio, se quebró y fue reparada. “Se nota en el peso”, explica. El largo, agrega, es adecuado a mi altura, pero el ancho no. “Estas tablas están bien para olas tubo, del tipo que hay en el Pacífico mexicano o chileno. Olas más grandes, las de acá no alcanzan el tamaño necesario para esta tabla”.
   A pesar de la frustración que me producen sus palabras, compro allí mismo una funda y sogas de seguridad para trasladar la tabla 800 kilómetros hasta mi casa sobre el techo del auto.
   El simpático y resplandeciente muchacho me da además una crema “comprada en España” para los dolores musculares que me aquejan, asegurándome además que son lo más normal y que tanto él como el instructor que me dio la única clase que tomé, presente allí durante la conversación, practican yoga para evitar las lesiones a las que este deporte genera inclinación.
   Todas revelaciones que me harán encarar de otro modo la próxima temporada.

miércoles, 9 de febrero de 2011

¿Nace un surfer? II


De vacaciones en el mar uruguayo

   Día 2. No hay olas. Así que con esa fácil excusa desisto de tomar una segunda clase. Apoyan la decisión fuertes dolores en la espalda y los brazos, producto del desacostumbrado ejercicio muscular de la víspera. Mientras medito mi rehúse, veo salir del mar a dos jóvenes con sus tablas y me les acerco.
    -Yo nunca tomé clases -me cuenta el más bajito, un rubio de muy buen ver y ancho pecho lampiño, con una tabla más baja aún que él-. Y tardé como 20 días en poder pararme. Es cuestión de no darse por vencido.
    Agrega que hace cinco años que surfa. “¿Tú sos también de Montevideo?”, pregunta para mi sorpresa. Lo tengo que decepcionar.
   Día 3. Alquilo durante algo más de una hora una tabla bastante más corta que la de usé en la clase. “Una 7-4”, me aclara el que me la renta. Es que en el interín estuve contemplando la posibilidad de comprar una tabla para, en vez de tomar clases, darme de lleno a la práctica sin limitaciones horarias ni locativas, y las que vi similares a la que usé el día 1 no bajan de usd 350, usadas -demasiado para mis ambiciones, enmarcadas en 10 días de playa-. Con la 7-4 que alquilo me va relativamente bien, lo que me decide a buscar una de dimensiones similares para comprar, en parte también porque sospecho que la medida facilita las maniobras en el oleaje.

    Día 4. Después de buscar en varios comercios del ramo doy con una tabla 7,2 (la medida en pies, me entero), de punta triangular y no redonda, usada, por usd 200, a lo que debo sumar usd 40 del leash, como se le dice a la piolita con que la tabla va unida al tobillo del surfista. En total una cifra que sin ser insignificante está muy lejos de ser fabulosa.
    Por su tamaño (es la mayor de las tablas chicas) puedo prever que me va a crear dificultades, pero confío en superarlas. El vendedor, que en realidad tiene como principal actividad la reparación de tablas, me explica que tuvo una rotura, pero que allí donde él la reparó no volverá a romperse. “En caso contrario te devuelvo la plata”, me garantiza. “Las tablas se rompen, no importa si uno es principiante o experto, las tablas se rompen, es normal”, dice también. Me da varios consejos: usar remera oscura en vez de traje (“el traje dificulta los movimientos, siempre que puedo corro olas sin traje”); poner doble el cabito que une el leash a la tabla; sacar el leash todas las noches y guardarlo extendido; acostumbrarme a la tabla, barrenar un poco con ella y tratar de sentir su régimen de suspensión antes de largarme a surfar. También menciona la otra playa, además de la que yo suelo visitar, que según el viento es apropiada para el surf.
    -No hay tablas mágicas -asegura en relación con mi decisión de adquirir ésa-, para aprender hay que surfar todos los días, tres horas de tarde y tres de mañana. los surfistas no hacemos playa. Bajamos a correr olas y después nos volvemos.
    Esto último lo dice en referencia a los cuidados para la tabla, un objeto mucho más delicado de lo que uno pensaría. Debe protegérsela sobre todo del calor (del sol) y de los golpes. Dice todo esto mientras ajusta las tres quillas que lleva la tabla.
    De tarde hago mi primer ingreso al agua. Tal como los días anteriores, termino molido, a los crecientes dolores musculares en la espalda y los brazos se suman heridas y raspones en las rodillas, golpes en las manos, la impresión de que estuve a punto de rebanarme un dedo con una de las quillas, y una paspadura tal en la cara interna de los muslos y sobre la línea que delimita las dos mitades del escroto que casi no puedo caminar. Además, lo peor: mientras remo acostado sobre la tabla se me apachurran a tal punto el pito y los huevos que empiezo a sospechar que la versión según la cual los surfers son todos asexuales no es, como creía, un mito, cualidad que se debería a una lenta pero efectiva castración por maltrato genital... Al llegar a mi casa me devoro en siete minutos un quilo de pan. 

    De noche, en la cama, al irme durmiento, me vuelven las sensaciones del surf en el cuerpo, tal como me ocurría muchos años atrás al bañarme en el mar. Se siente delicioso.
 
   Día 5. De mañana acompaño a mi madre a la playa siguiente, donde le resulta más facil bañarse. Es un día luminoso de agua transparente y blanda, y mientras me deleito con la vista desde la costa, veo un tiburón: al levantarse una ola, veo que la atreviesa una sombra negra. La visión no dura más de dos segundos, suficientes sin embargo para distinguir un torpedo oscuro y subacuático de ca. dos metros en la pared de agua. En el breve instante inicial creo que es un surfista visto desde atrás, pero al toque sé que es un ejemplar escualo. Obviamente, siempre cabe la posibilidad de que no haya sido un tiburón, pero por lo que sé del mundo acuático, creo que lo era.
   De tarde entro al agua con la tabla. Para evitar los problemas de ayer me puse bajo el pantalón de baño un calzoncillo. De color blanco. Y salvo en el primer intento, en que encaro la maniobra con toda la energía, no llego ni a pararme en mi nueva tabla. Se me va toda la fuerza en luchar contra el mar y correr las olas, me agoto. Son dos sesiones de unos 40 minutos cada una, separadas por un descanso en la playa. En el agua me ubico un poco al margen de los demás surfistas. Su edad promedio es de 17 años, y sobre anchas tablas redondas, con lucientes trajes térmicos, hacen piruetas, haciendo evidente al mismo tiempo y sin proponérselo toda mi incompetencia.
    Al salir me encuentro con mi profe del día 1.
    -Elegí el camino duro -le cuento después de saludarlo-; me compré una 7,2. Así que por ahora no voy a tomar más clases.
    -Está bien -aprueba con una sonrisa alentadora-; tenés condiciones.
    El comentario me alegra. Ya en casa practico en la mesa de madera del quincho, muy ancha y sólida, el salto para ponerme de pie en la tabla, con lo que las heridas de las piernas y las bolas se intensifican.

    Dia 6. Aunque no enormes diferencias, siento sin embargo algunos progresos respecto de ayer, como si me fuera habituando de algún modo a la tabla y los movimientos. Además, ya no vuelvo tan agotado a tragarme un kilo de pan. A la tarde, al volver con la tabla a la playa, cae de visita un amigo (con mujer y dos hijos).
    -Me gustan los deportes de deslizamiento -le comento, evocando a mi todavía marido Sascha, a quien debo esa descripción-: nadar, esquiar, patinar sobre hielo y ahora surfar.
    No menciono el último de la serie, “coger”, porque está junto a nosotros el hijo de 11 años de mi amigo y me parece que lo burdo del chiste no es para su sensibilidad. Tampoco "conversar", porque no quiero que mi amigo piense que está practicando un deporte. 
    -Son todos deportes individuales -contesta, gracias a la última omisión.
    Mi hermano me dijo ayer que el surf es 90 por ciento exhibicionismo”, agrega; su hermano es psicólogo y terminó ayer sus vacaciones en la zona. Y es así que en presencia de mi amigo y su familia en vez de surfar hablamos del tema. También porque poco después llega mi propia hermana (con marido y dos hijos, también psicóloga y conocida del hermano de mi amigo), pero ella directo desde Buenos Aires, feliz de iniciar sus vaciones en el mar. El mayor de sus chicos estuvo incursionando en el surf el año pasado, en esta misma playa, y fue una de mis inspiraciones para probar suerte.
   Dia 7. Olas mínimas, muy nublado, frío. Voy al agua y hay progresos, mínimos pero igual estimulantes. Ya consigo sentarme de a ratos en la tabla y me resulta cada vez más cómoda. Así la voy, según creo, incorporando lentamente. También la prueba mi sobrino, pero no lo convence. Lo mejor del día, sin embargo, es que doy con el nombre que he estado buscando para ella: se llamará Pereciosa, nombre que encuentro perfecto por designar al mismo tiempo la belleza y la muerte (el universo).

martes, 8 de febrero de 2011

¿Nace un surfer?

De vacaciones en el mar uruguayo

   Tres días después de haber llegado a la playa, hoy tomo mi primera clase de surf. Aprendo el movimiento básico que hay que hacer para ponerse de pie sobre la tabla cuando ya se está montado en la ola. Primero me lo hacen practicar con la tabla sobre la arena. Me lo enseña un parco muchacho de tal vez 23 años, que refiere haber nacido en Minas, la ciudad uruguaya del agua mineral. Me da una tabla enorme, ancha como una vaca y que a mí, que mido 190, me supera en altura por lo menos por 60 centímetros. Antes de entrar al agua la frota con parafina, una goma blanda y blanca con la finalidad es facilitar el agarre a la tabla e impedir las patinadas.
    -Tenés buena velocidad -me alienta tras verme proceder un par de veces, ya en el agua, sobre la tabla.
    Más allá de unas pocas precisiones teóricas, o más bien de la descripción de los movimientos necesarios para surfar (así se dice acá, y quedó), la “clase” consiste en que el profe me sostiene la tabla más acá de la rompiente, y cuando viene la ola ya rota y echa espuma la empuja para que, mientras barreno con la tabla, trate de pararme. Lo consigo varias veces sin mayor dificultad. A los 40 minutos me explica que si uno quiere surfar y montarse a la ola antes de que rompa -como hacen de hecho los surfers- hay que remar con los brazos hasta que en un momento se siente “una acelaración”, y que ahí hay que ponerse de pie.
    Al irme le digo que volveré, y que posiblemente acepte su oferta de seis clases al precio de cinco para compartirlas con mi sobrino de 7 años que llega en unos días.
    De noche, muy entusiasmado, busco en internet páginas de surf. En lo poco y miserable que hay, aprendo que los surfistas son una cofradía mundial tan cerrada, competitiva y egoísta como cualquier otra, por ejemplo los bailarines de tango: se pelean por las buenas olas, mantienen secretas las mejores locaciones. Además constituyen un universo, que como todos no cesa de crecer en complejidad y formas de vidurria. Cuando yo empecé a bañarme en el mar, hace más de 30 años, era una rareza de excéntricos; hoy se practica masivamente en playas del mundo entero.

domingo, 9 de enero de 2011

Hamlet - Así nace el amor III


Wie wir den ehemaligen dänischen PM umbringen durften

  A eso de la una y media o dos me pareció que convendría empezar a bajar, dado que al día siguiente (domingo) tenía que trabajar (si bien planeaba llegar a la redacción ya entrada la tarde y para afrontar una jornada muy tranquila: lo único en agenda eran dos partidos de la Bundesliga, el campeonato alemán de fútbol). Con intención de favorecer el sueño me puse a armar un fasito.
   Hamlet estuvo junto a mí mientras lié, dulcemente recorriéndome con sus manos y su boca, o apoyando su cabeza suave sobre mi espalda. Declarándome su amor. Fumé un par de pitadas y le ofrecí el cigarro al niño, que me miraba en el colmo del arrobamiento. Dió un par de secas y lo apagamos. Esa marihuana es súper fuerte, y el objetivo no era ponernos de la cabeza sino bajar un cambio. Con idea de favorecer el sueño me eché en la cama y me recosté sobre varias almohadas; Hamlet se tendió a mi lado, apoyándome su cabeza en el pecho.
   La música (Pantha du Prince) seguía sonando, si bien a volumen más bajo, y mi amigo me acariciaba con dedicación morosa. En eso levantó la cabeza para mirarme a los ojos. Pero al encontrármelos algo pasó.
   -¡Oh my God! -exclamó (es la palabra)- Oh my God.
   De un salto se levantó de la cama y se puso de pie, sin quitarme la vista de encima mientras repetía esa invocación en inglés.
   -¿Qué pasa?
   Por toda respuesta me miraba inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mano en la boca, como cubriéndose ante una visión aterradora.
   -Sos… el ex primer ministro de Dinamarca -dijo al cabo el danés-. Te convertiste en él. No puedo dejar de verlo cuando te miro. 
   Tardé un instante en entender. Él seguía clavándome la vista con pavor, inmóvil.   
   -Hamlet -dije al fin con toda calma-, soy yo, eldictu. Miráme bien.
   Prendí la luz blanca de leer para que pudiera verme. Pero fue peor. Aterrorizado, el chico corrió en busca de su teléfono móvil. No sé cuánto tiempo estuvo conversando con una amiga de su país, pero peroraba en su extraña lengua sin quitarme los ojos de encima ni aproximarse a más de cuatro metros, mientras vigilaba horrorizado mis movimientos. Yo no me movía. De su verborrea se entendían unas pocas palabras, como la recurrente “primer ministro” y la mención de las drogas que habíamos consumido. Al fin, después de prometer que volvería a llamar más tarde, cortó y se envolvió en la salida de baño de toalla que le había dado para pasar la tarde sensual. Entonces se colocó a los pies de mi cama, se cruzó brazos, y se puso a murmurar una y otra vez oh my god, mientras al mismo tiempo hacía con la cabeza el gesto de negar.

   -El ex primer ministro de Dinamarca. Es una pesadilla. Te miro y no puedo más que verlo a él. 
   -Creo que lo mejor es que te vayas a tu casa -dije, ya harto de los locos-.
   -¡No!, por favor, no me vas a dejar solo en este momento.
   Ahí supe que estaba todo bien. Si no se quería ir es que tanto no sufría. Con un suspiro, saqué uno de los libros que estaba leyendo y me hundí en sus páginas. Al rato mi niño se deslizó en la cama y volvió a abrazarme. Trataba de no mirar mi rostro, pero de tocarme no se privaba.
   -Todo lo que estuvimos conversando fue en broma -le dije comprensivo, con la mayor de las ternuras, en referencia al hogar que según la conversación de unas horas antes planeábamos formar con su mejor amiga, y donde yo sería amante de ambos y padre de al menos un hijo-. Vos sos muy joven, tenés mucho que vivir. Tenés que florecer, muchísimo por descubrir, no podés comprometerte en nada de ese modo. Fue sólo una conversación de drogados, que obviamente no te obliga a nada, además de que a mí jamás se me ocurriría reclamarte algo.
   -Bueno, muchas gracias, gracias por decírmelo -contestó con notorio alivio, como si no lo supiera, apretándoseme contra el pecho-.
  Fue así que liquidamos al molesto ex primer ministro. Un rato más tarde, Hamlet me brindó su amor -y lo hizo con el mayor esmero-, y después nos dormimos juntos, abrazados.
   Al día siguiente desayunamos en un bar de la esquina, tomados de la mano, bajo la mirada bienhechora del mozo, gay y encantado ante la vista de dos bellos amantes, tan demostrativamente cariñosos.

martes, 4 de enero de 2011

Hamlet - Así nace el amor II


How the former Prime Minister was born

   Después de tres o cuatro encuentros en los que la amorosidad fue ganando consistencia, el siguiente hito con el escandinavo estuvo bajo el signo de las drogas químicas. “Hace tiempo que quiero tomarme un éxtasis con alguien que se acueste conmigo en la cama”, le dije al hacerle la propuesta. Le ofrecí un poco del mdma comprado meses antes en el festival fusion, y que no había tocado justamente por no tener con quién compartirlo. Hasta entonces había tomado muchas veces esa droga maravillosa, pero nunca en situación amante.
  -¿Cuánto pesas? -pregunté.
  -74 -dijo.
  Me asombró: peso 78 y él es cinco centímetros más alto, si bien también un poco más flaco y tal vez más ligero, menos denso. Así que según su respuesta armé las dosis, como siempre a ojo, mediante el procedimiento de dividir en montoncitos parejos la droga previamente molida y hecha polvo (considernado que contaba con cerca de 800 mg, y que se calcula aprox. 1,2 mg por kilo de peso ).
   Le di a elegir entre dos pilas de polvo que de acuerdo con mis cálculos eran equivalentes y a las que en una escala de 1-10 (donde 10 es máximo pegue pero todavía nada de toxicidad, y 1 apenas el reconocimiento, aunque indudable, de una alteración), correspondía un 7 u 8.
   -Elijo la que tiene más -dijo.
   Levantó con los dedos húmedos el polvo y se lo tragó con ayuda de un Paso de los Toros que había quedado de mi multitudinaria fiesta de cumpleaños, ocurrida cosa de un mes antes. Yo hice lo mismo con el otro montón, y él pidió lamer los restos que estaban en el plato. No había pasado media hora y ya era claro que la substancia estaba actuando sobre mí.
   -No me hace nada, no me hace nada -repetía sin embargo mi amigo sexual, quien ya me había comunicado que hasta ese día no había probado esa droga, ni ninguna otra a excepción de un poco de marihuana en forma de hachís-.
   Le dije que si en un rato más no le hacía efecto le daría un pequeño suplemento.
   -Ahora, dame ahora -contestó- porque si no vamos a estar desfasados.
   Le advertí que convenía esperar, pero salió con que me había dicho mal su peso y por consiguiente la dosis que se había tomado le resultaba insuficiente. Le dije que metiera el dedo meñique húmedo de baba en la bolsita donde estaba el resto del polvo, que eso bastaría para subirle un par de puntos. Así lo hizo. Cinco minutos después insistía con que no era suficiente.
   -Bueno, mala suerte -contesté-. Ya está. Ahora vamos a esperar. Tal vez no te haga nada. Pero yo creo que sí. Hay que esperar.
   Y al poco rato empezó un momento perfecto, en el que no dudaría en eternizarme. La plenitud del amor, el contacto feliz de cualesquiera superficies corporales -pero con énfasis en bocas y pijas-, caricias de intensidad infinitamente fractal. No sé cuánto tiempo estuvimos en la cama, no sé cuánto en la bañera, dejando que el agua nos corriera por el cuerpo, acompañados por la música electrónica de mi colección, inolvidable. Saqué la droga del cajón a las cinco de la tarde, y de pronto era medianoche y estábamos en brazos uno del otro con las trompas atadas por el amor, la hermosura y la conversación incesante e inflamada como el universo entero alrededor.
   -¿Cómo ves tu vida en el futuro? -le pregunté.
   -Mhh. No sé. Creo que me gustaría tener una linda casa y vivir con mi novio. Trabajar en algo tranquilo.
   -¿Pensás que te gustaría tener hijos?
   -Sí, pienso tener hijos -declaró-.
   -¿Y cómo? ¿Con alquiler de vientre?
   -Tengo una amiga. Mi mejor amiga.
   -¿Cogiste con una mujer alguna vez?
   -Nunca. Pero igual puedo estar con ella y tener un hijo. De los dos.
   -Yo siempre soñé con un trimonio -le conté, estimulado por su idea-. Vivir con un hombre y con una mujer en una relación de tres.
   -Bueno -dijo como si una decisión así estuviera en sus manos- ya está. Podemos vivir los tres juntos. Vos, ella y yo.
   -Me estoy por volver a vivir a Buenos Aires -contesté en el mismo viaje alucinante-, pero si vamos a vivir los tres juntos me quedo. No voy a desperdiciar una oportunidad así.
   -Sí, quedate.
   -Todavía tiene que estar de acuerdo tu amiga.
   -Sí, pero le vas a gustar.
   -Me saqué la lotería -dije con una sonrisa mientras apretaba su cuerpo desnudo contra el mío y nos perdíamos en el abrazo, perfectamente henchido de amor. Así, aunque sin tener idea, estábamos engendrando al ex primer ministro de Dinamarca.