Hace
tiempo determiné que no me gusta -o mejor: no me nombra- el mundo
puto (para no hablar de esa marca registrada en NY conocida como
“cultura gay”, que me resulta ajena hasta la náusea). Lo que me
cabe -lo que me excita- son los jirones, filamentos, pinceladas,
retazos de putez que destiñen y coloran el mundo, presuntamente
sin trazas de tensiones qüir, de los matrimonios, las grandes amistades entre hombres, incluso de
las relaciones fraternas o paterno-filiales (esto último merece un par de toques,
porque puesto así parece sólo destinado a escandalizar). Pueblan el mundo
no puto, son su frontera y posibilidad, siempre al acecho. Reconozco ese espacio intermedio, me hamaco complacido en sus fibras.
domingo, 3 de abril de 2011
O vivís o no molestás II
Las
cuadras de ciclaje hacen que a pesar del frío llegue a casa empapado
en sudor; el alcohol y la marihuana me gestaron un tenue dolor de
cabeza que se convertirá en su hermano mayor en el curso de la
mañana y vendrá a despertarme. Tengo que esforzarme un poco para
encadenar la bicicleta en el Hof del edificio, aunque dado su
cochambroso estado y el buen tono del área prácticamente puede
descartarse que alguien se la quiera robar. Estoy en Prenzlauerberg,
parte del Berlín que fue comunista, a cinco cuadras de la línea de
adoquines que recuerda el trazado del Muro, y más allá de las
esperables excepciones los habitantes de la zona son jóvenes que
medran holgadamente en la nueva economía de los medios electrónicos.
Revestidos de una pátina de alternativismo que no se creen ni ellos
pero les da sentido de comunidad, los que no tienen hijos pequeños
están en su busca.
Sobre
la mesa de mi dormitorio encuentro un mensaje en dos tiempos: “llamó
Silvia. y Friedrich - M.”. La nota incluye los nombres de las tres
personas que de algún modo han moldeado mi vida de los últimos
meses: Michael, que firma la esquela y me cobra por el cuarto donde
la leo; Silvia, a quien vi por primera vez hace más de 20 años, en
mis primeros días de colegio secundario, y Friedrich, mi tal vez
único amigo alemán. El otro signo de que Michael
estuvo en el cuarto es el frío: al irme había dejado la calefa a
media marcha y ahora está apagada ¡en cero! Michael lo hizo,
seguramente después de que al entrar al cuarto para dejar la nota lo
invadiera una ola de indignación, porque en su cabeza no entra que
alguien pretenda llegar a una habitación templada cuando en la calle
hacen cinco grados bajo cero.
lunes, 21 de marzo de 2011
El principio del tacto
El arte institucionalizado
me tiene entre sus concurrentes sólo de modo ocasional y siempre que
medie invitación de amigos. Aprendí que es muy poco lo que vale la
pena, además de que no hay nada indispensable (Shakespeare, por
poner un caso célebre, no había leído a Shakespeare, bache de
formación que sin embargo no le impidió escribir la magnífica obra
del cisne de Stratford-upon-Avon). Por eso fue inevitable escuchar
como se escucha una propaganda los esfuerzos de mi amigo Tito Rolando
por persuadirme de no faltar a la apertura de la exposición que
montó en la ciudad de México.
-Va a ser un hito no en la
historia del arte, sino en la historia de la civilización -me
repetía.
El nombre de la muestra era
Tacto, sentido que según la presentación escrita por Tito
nos habilita por primera vez la estridencia del mundo, al estamparnos
en el cuerpo el trance del nacimiento, así como más tarde los
orgasmos, el frío y el estar (el ser). En el breve texto, Tito
también recuerda o establece que es con el tacto que sentimos el
dolor, “todos los dolores, incluso el psíquico”, alardea. Tal
inmediatez con lo real lo convierte en “la fuente del miedo y todas
sus consecuencias (la civilización)”. Según asegura el texto, “de
los cinco sentidos es el menos codificado, el que la civilización
menos tocó”: no hay artes táctiles, que sí existen para el resto
de los sentidos, aunque sea en la forma inestable y poco formalizada
del perfume o la gastronomía.
Hamlet - Así nace el amor VII
Por motivos que detallaré en otro lugar, en Berlín tenía facilidades para conseguir excelentes ubicaciones en el teatro y la ópera a precios de risa. Como hice con tantos amigos & amantes, ya sea que vivieran en la ciudad o me visitaran, a Hamlet lo invité a acompañarme a la ópera, forma de arte que aprendí a amar y apreciar luego de haber sido figurante (un ser infernal, un espectro oscuro) en una versión de Dr. Faust, de Bussoni. Había conseguido entradas en octava fila, centro, para la menos wagneriana de las óperas de Wagner: la comedia die Meistersinger von Nürnberg, tres actos cuyo desarrollo toma cinco horas.
Hamlet estaba avisado desde hacía varios días de la función. Sin embargo, la noche anterior tuvo una fiesta no sé dónde, a la que me invitó. Decliné la invitación, y pero él no sólo fue sino que estuvo dándole al vodka all night long y volvió a su casa cerca de las nueve de la mañana. Era domingo, por lo que una función de ópera que dura cinco horas en Alemania empieza a las tres de la tarde, para que la gente pueda irse a su casa a las ocho y empezar la semana a las seis de la mañana del lunes.
Llegó a tiempo al teatro, pero la trasnochada todavía perduraba en él: los ojos le flameaban y su intoxicación era evidente. Eso no le impidió echarse a mi cuello y besarme con denuedo. La gente miraba. No tanto porque somos dos hombres y nos separa una generación (dado que si hay un ambiente donde la libertad permite cualquier tipo de vínculo, es la ópera), sino por el show de besos, suficiente para imantar las miradas: en la vía pública de Alemania es raro ver gente besuquéandose, y el número de casos disminuye conforme aumentan la edad de los involucrados y el grado de formalidad del sitio. Pero Hamlet es así, y también por eso lo quiero.
-Si estás muy cansado y no aguantás podés irte; si querés me esperás en casa -le dije, considerando las cinco horas-.
-¡No, de ningún modo! -aseguró- me voy a quedar con vos hasta el final.
Aguantó un acto. Y con serias dificultades: transcurridos los primeros 15 minutos bajó la cabeza y se limitó a mirar el parquet entre sus piernas. Cambió de posición varias veces, pero era obvio que buscaba la más comoda no para ver o escuchar, sino para que su largo cuerpo soportara la espera eterna.
-Pero no, faltaba más. Para qué te vas a torturar -le dije en el entreacto, cuando me preguntó si no me enojaba que se fuera.
-Es que me siento muy mal -explicó lo evidente.
Volvimos a dar un espectáculo de besos y se fue. Ahí mismo llamé a una amiga, que llegaría a ver el tercer acto de los maestros cantores, el que dura casi dos horas y es el mejor.
Cuando volví a mi asiento sin Hamlet, el vecino de butaca me preguntó dónde estaba, por qué se había ido, si se sentía mal. Resultó ser un crítico de música domiciliado en Londres, que estaba allí por encargo de una revista especializada de habla inglesa. Estaba en compañía de su mujer, una alemana de lo más simpática, y al irse me dio su tarjeta y me pidió que no dejara de hablarlo, para encontrarnos algún día.
Su amabilidad me mostró una vez más que nuestras efusiones provocan lo contrario del rechazo. Es que la gente admira la libertad, la juventud, y la belleza, algo que todavía estamos en condiciones de simular con mi chico.
Hamlet estaba avisado desde hacía varios días de la función. Sin embargo, la noche anterior tuvo una fiesta no sé dónde, a la que me invitó. Decliné la invitación, y pero él no sólo fue sino que estuvo dándole al vodka all night long y volvió a su casa cerca de las nueve de la mañana. Era domingo, por lo que una función de ópera que dura cinco horas en Alemania empieza a las tres de la tarde, para que la gente pueda irse a su casa a las ocho y empezar la semana a las seis de la mañana del lunes.
Llegó a tiempo al teatro, pero la trasnochada todavía perduraba en él: los ojos le flameaban y su intoxicación era evidente. Eso no le impidió echarse a mi cuello y besarme con denuedo. La gente miraba. No tanto porque somos dos hombres y nos separa una generación (dado que si hay un ambiente donde la libertad permite cualquier tipo de vínculo, es la ópera), sino por el show de besos, suficiente para imantar las miradas: en la vía pública de Alemania es raro ver gente besuquéandose, y el número de casos disminuye conforme aumentan la edad de los involucrados y el grado de formalidad del sitio. Pero Hamlet es así, y también por eso lo quiero.
-Si estás muy cansado y no aguantás podés irte; si querés me esperás en casa -le dije, considerando las cinco horas-.
-¡No, de ningún modo! -aseguró- me voy a quedar con vos hasta el final.
Aguantó un acto. Y con serias dificultades: transcurridos los primeros 15 minutos bajó la cabeza y se limitó a mirar el parquet entre sus piernas. Cambió de posición varias veces, pero era obvio que buscaba la más comoda no para ver o escuchar, sino para que su largo cuerpo soportara la espera eterna.
-Pero no, faltaba más. Para qué te vas a torturar -le dije en el entreacto, cuando me preguntó si no me enojaba que se fuera.
-Es que me siento muy mal -explicó lo evidente.
Volvimos a dar un espectáculo de besos y se fue. Ahí mismo llamé a una amiga, que llegaría a ver el tercer acto de los maestros cantores, el que dura casi dos horas y es el mejor.
Cuando volví a mi asiento sin Hamlet, el vecino de butaca me preguntó dónde estaba, por qué se había ido, si se sentía mal. Resultó ser un crítico de música domiciliado en Londres, que estaba allí por encargo de una revista especializada de habla inglesa. Estaba en compañía de su mujer, una alemana de lo más simpática, y al irse me dio su tarjeta y me pidió que no dejara de hablarlo, para encontrarnos algún día.
Su amabilidad me mostró una vez más que nuestras efusiones provocan lo contrario del rechazo. Es que la gente admira la libertad, la juventud, y la belleza, algo que todavía estamos en condiciones de simular con mi chico.
lunes, 7 de marzo de 2011
libertad
Integro
el 0,3 por ciento de las personas más libres del mundo, que en este
caso es el mundo occidental, dado que el de libertad es un concepto que
sólo tiene sentido en el marco de nuestra civilización -donde se inventó-. Lo que pase en otras es inaccesible, ¿alguien puede
discutirlo? Ahora tengo que reducir el
porcentaje. ¿Qué me falta para eso? ¿coraje? ¿dinero? ¿verdad?
La
buena salud es una condición sine qua non, aunque también puede
sostenerse que un problema de salud limitante en algún sentido
equivale a un nuevo punto de partida desde el cual la libertad es
igualmente alcanzable (y que en definitiva la salud nunca se alcanza, pues hacerlo equivaldría a la inmortalidad). Me permito dudarlo: la salud -su
necesidad o falta- nos devuelve de modo inolvidable a la biología, y con
ella a la primera y más determinante de todas las prisiones: la
muerte, que es lo real, nuestra compañera más permanente, de la que
luchamos por librarnos desde el principio de los tiempos.
Conozco
sólo una sola mujer que habla y piensa desde fuera de la biología, que no casualmente es también el argumento -la razón, difusamente presentada, y sobre
todo abstraída de su carácter de invención civilizacional- que el
oscurantismo esgrime una y otra vez en sus intentos de sofocar las
libertades de crear y amar.
domingo, 6 de marzo de 2011
Hamlet - Así nace el amor VI
¡somos
novios!
Un
día Hamlet me invitó a su casa a cenar, en parte para espejar
las muchas veces que comía en casa cosas sencillas o complejas, en
todo caso siempre brindadas con el mayor cariño. Preparó unas
albóndigas sofritas, puré, y no me acuerdo qué más. No puedo
decir que estuviera delicioso (creo que no es mi tipo de comida; su
universo culinario todavía es el del adolescente que es, un poco
trash), pero puso tanto empeño en mostrarme su amor que me conmovió
profundamente. Tomamos bastante vino (le había preguntado por el
portero eléctrico, al llegar, qué prefería, y me mandó a
comprar). Después de cenar nos fuimos a la cama.
-Sos
el primer novio que tengo, y el más lindo de todos -le dije sin
mentir, hablándole en su boca-.
-¿Soy
tu novio? ¿soy tu novio? ¿soy tu novio? -contestó riéndose,
subiendo un tono en la escala musical con cada repetición de la
pregunta.
A
partir de ese momento empezó a llamarme “my boyfriend”, a firmar
“your BF” los mensajes, a presentarme así ante sus amigos,
conocidos, etc. Para mí todo tenía el tono de un juego divertido,
que por otro lado jugaba animadamente, con la conciencia extraña de
que sus días estaban contados por mi próximo cambio de continente.
jueves, 3 de marzo de 2011
Hamlet - Así nace el amor V
Los días contados
Transcurridos
los cuatro días de visita paterna, Hamlet volvió a dormir a casa
periódicamente.
-I
love you -me repetía, de lo más amoroso, una y otra vez, mirándome
a los ojos.
-I
love you too -contestaba yo, aunque sobre todo para no cometer la
torpeza de echar agua fría en su inflamación, que hacía posible
tantos buenos momentos-; con todo mi corazón.
-Qué
lástima que te vas a vivir a la Argentina en tres meses.
-¿Cómo
sabés que me voy? ¿Quién te dijo? -respondí alarmado.
La
respuesta era obvia, pero yo no recordaba el momento en que se lo
había contado. Encima, justamente ese día había estado
considerando que no tenía sentido hacerlo, pues la noción de
partida inminente daría una dimensión de falso apasionamiento a
nuestro amor, que de lo contrario encontraría su verdad en la rutina
de una relación destinada a extinguirse. Pero el error ya se había
cometido: la noche de nuestro primer encuentro, al presentarnos, se
lo había dicho del modo más despreocupado, con la idea de que con
él, como con tantes, tendría una relación pasajera.
A
partir de ese momento, la despedida pasó a pender sobre nosotros, y
nunca dejó de sentirse.
martes, 1 de marzo de 2011
territorio nacional
Respondo la invitación a una de las bodas de la década, la primera entre dos hombres que me toca en territorio nacional:
"Queridos
contrayentes:
Confirmo, como se solicitara,
que celebraré con ustedes lo que se anticipa como uno de los
grandes enlaces de la década. Siempre que no haya indicación en
contrario, llegaré acompañado de Hamlet, y ambos contribuiremos con lo
mejor de nosotros a que la fiesta sea mítica.
En
los próximos días les envío el certificado de depósito en la
cuenta de regalos.
Abrazos
y augurios de más dicha"
La firma
Hamlet - Así nace el amor IV
Una
vez superado el escollo del ex PM, que de todos modos marcó un hito
y se transformaría en repetido objeto de evocación y comentario, en
general de tono jocoso, la relación con el escandinavo entró en
otro carril. Su insistencia en vernos y la cantidad de mensajes que
me envía sólo se explican, pensaba yo, porque este chico, al no
tener ocupación, goza de un exceso de tiempo libre. Así como la
fascinación que manifiesta por mi persona responde a que acaba de llegar: en
cuanto vea los muchos que como yo pululan por la capital alemana, que
encima me superan en belleza, freakez y velocidad (en talento sólo
un puñado difícil de determinar, o tal vez ninguno), me dirá adiós
te recordaré mucho e
irá en busca de otra
piedra en que frotarse.
Y
de hecho, hubo un episodio que me sugirió que ya lo estaba haciendo:
una noche llegó a casa mucho más tarde de lo anunciado y tras darme
apenas un beso mariposa se tiró a dormir a mi lado, sin sacar a relucir nada
de su habitual fogosidad.
-¿De
dónde venís? -le pregunté entredormido.
-De
la casa de un amigo. Un pintor. Bah, dice él que es pintor -hizo un
gesto de desprecio-. Un rumano.
Hasta
ese momento no había mencionado que tuviera un amigo pintor ni
rumano, aunque me había detallado repetidamente su vida social en
Berlín, algo muy fácil dado su completo raquitismo. Tampoco volvió a
mencionarlo después. Ignoro lo que es sentir celos, no pienso en
términos de fidelidad (pocas nociones me son más extrañas) y
además no estoy en condiciones de exigir nada del estilo a nadie, por lo que
me dormí tranquilamente y, tal como él, no volví a mencionar el
tema.
Como sea, empezamos a vernos varias veces por semana, e incluso le
di una copia de las llaves de mi casa.
-Vení
cuando quieras -le dije.
-Me
encanta que nos veamos en otro sitio que no sea tu casa -me dijo él
un día, dejando claro que no me consideraba un objeto exclusivamente
sexual. Su declaración respondía puntualmente a la visita que hicimos
juntos a una las exposiciones más sonadas de la temporada cultural
alemana: Hilter y los
Alemanes, en el Museo
Histórico de Berlín, a cuya inauguración lo invité. Eran los días
en que mi casa conocía la primera y última visita de mi padre, lo
que me frenaba de invitar a Hamlet a dormir. Fue esa exposición, por otro lado, el primer sitio público de
concurrencia masiva donde me besé amorosamente con un hombre -quiero decir un sitio que no fuera una disco o
un bar donde también otros lo hacían-. Nunca había tenido la oportunidad.
-Me
acaba de mandar un sms un amigovio que tengo. Tiene 20 años -le
anuncié días después a mi padre en un café, bajo el sol helado de Berlín.
-Me
parece muy mal.
-Porque sos de derecha -contesté. Días antes había mencionado a Hamlet como al pasar, sin especificar que compartíamos la cama. Así se prepara el terreno.
-Porque sos de derecha -contesté. Días antes había mencionado a Hamlet como al pasar, sin especificar que compartíamos la cama. Así se prepara el terreno.
Mi
viejo no dijo una palabra más, aunque sé por años de tratarlo que
registró hasta el último detalle de la plática. Pero a él le cuesta -y a mí con
él un poco también- tocar temas sensibles.
viernes, 18 de febrero de 2011
O vivís o no molestás
Capítulo III
“Ciego
busca personas bien dispuestas que le lean textos sobre
antisemitismo, anarquismo y autoritarismo. Hay viáticos”. Es el
texto de un aviso que encuentro en una revista de distribución
gratuita en bares y cafés. Se completa con un número de teléfono.
Dos horas más tarde marco con la idea de que una actividad como ésa
me vendrá de perlas para la adquisición de la lengua.
Es
así que por primera vez escucho las frases pausadas en la voz como
asordinada de Daniel, según se presenta del otro lado de la línea.
Quedamos en que lo visitaré en su casa unos días más tarde para la
primera sesión de lectura.
—¿Y
vas a leer en alemán? —pregunta sorprendido u horrorizado Michael
cuando se lo comento-- Tené cuidado, en esta ciudad hay mucha gente
loca.
Pero
si en México, tierra célebre por su presunto salvajismo, no dudaba
en conectar desconocidos por internet para que vinieran sin más a mi
casa a intercambiar favores sexuales, no me voy a privar acá de
aceptar una invitación sólo porque viene de un ciego anarquista.
Claro que Michael está entrenadísimo para escuchar los susurros más
quedos del miedo, a lo que se suma que ignora lo mejor de mi pasado
-y tendría dificultades para creerlo si se lo contara, pues su
cabeza está pegada a un modelo de mundo que no existe, donde el
único camino lícito es el que lleva al prestigio de las
instituciones académicas-.
Por
ese motivo —entre otros-- tampoco le doy el dato de que encontré
el anuncio en la Siegesäule,
publicación mensual donde -no lo ignora nadie que viva en la ciudad-
putos, lesbianas y etc. encuentran una detallada agenda día por día
de las actividades que se les ofrecen, agrupadas en categorías como
“cultura”, “misceláneas”, “fiesta” o “sexo”. En la
sección Clasificados, donde entre avisos de acompañantes, productos
y servicios de índole sexual no faltan los cursos de idioma ni de
“piedras energéticas” o yoga, el anuncio de Daniel aparece bajo
el rubro “diversos”.
O
sea que se puede concluir que además de tener inquietudes políticas
y ser ciego, Daniel es puto, con lo que la advertencia de Michael
termina nombrando una verdad que él difícilmente haya previsto.
Me pregunto si no sería éste un buen comienzo para la novela íntegra.
jueves, 10 de febrero de 2011
¿Nace un surfer? III
De vacaciones en el mar uruguayo
Dia
8.
-Perecioso,
está perecioso -dije en referencia al mar, al aire, al día en
general.
-No
digás así, es horroroso -me contestaba mi madre, lo que no es fácil
de entender si se considera que le escuché decir repetidamente
“esato, esato,
como dice tu hermana”, estirando la “e” de “esato”.
Debe creer que lo de ella es gracioso -o lindo- y en cambio la
reformación “perecioso/a” no. Le expliqué que el vocablo es una
perfecta celebración de la vida, porque inmiscuye en su corazón un
memento mori.
-Ya
sé cómo se llama la tabla -le anuncié por fin un día, cuando lo
supe-. Pereciosa. Es la Pereciosa.
Obviamente
se pronunció en contra, pero para mí que el nombre no le disgustó
completamente.
Es
así que hoy voy con la tabla a pasar el día a lo de mi amigo
el hermano del psicólogo, que alquiló una cabaña en medio del
bosque, a pocos kilómetros de la zona pueblerina donde está la mía,
y al llegar le escribo un sms a otro amigo común que anda por la
zona. “Acá estamos los cinco y la Pereciosa”, en la esperanza de
que llegue y me pregunte por esa palabra, para así disfrutar de
contarle la historia de su persistencia.
-Sacaste
la tabla a pasear -me dirá en cambio en tono sobrador al final de la
jornada, porque en la playa donde confluimos hay cero olas, y por
consiguiente tampoco oportunidad de usarla.
Fue
un día sin surf, pero con marihuana, cerveza y asado. Además muchos
niños encantadores, que ponen los nervios a prueba.
Día
8. Hoy doy un pequeño salto en la evolución surfística: consigo
ponerme de pie por más de dos segundos. Además hablo por primera
vez con un (¡con otro!) surfista, un chico que dice haberse iniciado
el año pasado y no muestra ninguna destreza destacada -en eso se me
parece-. El diálogo no es nada especial, sólo comentamos las
toninas adelante nuestro, unos 25 metros adelante, 3 aletas en el
mar, dos adultas, una trunca por un mordisco o un arponazo y otra de
animal bebé. Más temprano había visto desde pocos metros cómo
esos -seguramente- mismos delfines daban un salto y sacaban el cuerpo
enteramente fuera del agua, mientras me daba un baño de mar, en una
playa próxima.
-No,
son toninas -me dice el sufer en respuesta a mi mención de “los
delfines”; “bueno, es lo mismo”, le digo a mi vez, pues lo creo
desde que me dijeron en Mundo Marino de San Clemente que ambos
nombres designaban exactamente el mismo animal. “Cuando pasa la ola
a veces se ven cardúmenes”, me repite él, como si no lo hubiera
oído. Al salir del agua lamento no saludarlo, quedó fuera de mi
alcance.
Como
una iluminación, entiendo que hay una forma de surfar -como de
nadar, barrenar o esquiar- que implica un gasto de energía mínimo,
lo que posibilita practicar el surf durante horas sin agotarse. De
hecho, ya hoy lo hago mejor que al principio y me canso menos. Se
necesita un movimiento felino, un cierto agazapamiento. A eso tengo
que llegar, y así cabalgaré olas durante 20 años más.
Ponerme
de pie dio sin embargo origen a un nuevo problemita: me patino en la
tabla al poner el pie de atrás, el que va atado. Estoy sin dudas en
una etapa más avanzada del aprendizaje, pero el camino que tengo por
delante es infinito. Empieza a crecer en mí una sospecha: la
Pereciosa es muy angosta, demasiado para mí.
Día
9. Voy a una playa distante, en un incipiente desarrollo urbano que
promete volverse top y permanecer ecológico, boscoso. Allí
vacaciona con su familia (mujer y dos hijas) el amigo que se burló
de que sacara a pasear la tabla. Según ha dicho, alrededor de las 5
pm hay buenas olas, aptas para surfistas principiantes. Cuando llego
a la playa salvaje después de cruzar tabla silla y sombrilla en mano
más de 600 metros de médanos pinchudos, encuentro olas
descontroladas, de tamaño descomunal. Hay sólo tres surfistas en
toda la playa, los tres en el agua, y si no fuera por ellos y la
familia de mi amigo, la playa estaría desierta.
-Me
voy a surfar ahora -digo al llegar-, aprovechando que están ellos en
el agua, porque con estas olas, solo, no me voy a animar.
Tras
un gran esfuerzo llego junto a los tres surferos, que me acogen con
la mejor. Uno es experto. Me aconseja acostarme sobre la tabla unos
centímetros más adelante.
-Tenés
que poder tocar con la palma de la mano la punta de la tabla
-detalla-, así te va resultar más fácil correr la ola.
Tiene
razón. Le hago caso y consigo montarme en uno de los imponentes
muros de agua por algunos segundos antes de que se vuelva pura
espuma, mientras siento la codiciada aceleración. Me pongo en pie
durante tal vez dos segundos. Un éxito. Mientras tanto considero lo
acertado de la expresión uruguaya “correr olas”, porque en gran
parte en eso consiste este deporte, y el momento que describe el
término es la clave de su práctica. Correrla y alcanzarla. Mientras
esperamos las olas buenas (un tiempo largo), los surfadores me
cuentan que de noche trabajan de cocineros en la posada del lugar y
dedican las tardes a surfar. El más experto dice que por vivir en
Montevideo puede practicar su deporte favorito todo el año, porque
las playas están muy próximas, a breves dos horas de su casa.
-El
viento arruina todo -dice también-, es el gran enemigo del surfer,
desemprolija el mar.
Al
salir de ese mar enbravecido siento que tomé una lección para
alumnos avanzados, así que me voy contento. Pero me queda un solo
día de playa, y no creo que haga mejoras notables, más porque los
dolores en el cuello y la espalda se están volviendo insoportables,
al punto de que casi no puedo dormir.
Día
10. Me despierto con terribles dolores en la nuca. Ese efecto es
obviamente algo que me gusta del surf. Sin embargo, lo que menos me
gusta es que desde que me inicié en él se alteró completamente mi
relación con el mar, que hasta había sido magnífica: bañarme
mucho y tranquilo, disfrutar de las olas, nadar y barrenar como un
campeón, amar el agua y vivirla en toda su yemanjaez (a propósito,
al frente de la playa, sobre un promontorio, hay una pereciosa
estatua de la diosa afroamericana del mar, en general rodeada de
flores frescas que le ponen quienes le tienen afecto. Gran cosa,
sobre todo si se considera que en su lugar podría haber un horrendo
cristo sufriente o cualquier porquería que lo evocara). Si superara
los dolores y el agotamiento físico que hoy me hacen posponer mi
ingreso al agua, sólo esa perturbación de mi forma de vivir el mar
sería capaz de llevarme a abandonar la tabla. Pero para que me
voltee el fracaso deben pasar muchas temporadas.
Cuando
llego al mar está helado, pero hay buenas olas. Intento hacerle
frente con doble remera, pero salgo a la media hora tiritando y sin
grandes resultados. La tarde es similar, me yelo hasta los huesos,
termino hechó puré por la combineta de exigencia física + frío.
Ya
al atardecer paso por una tienda de surf y me informo. La tabla que
compré, diagnostica un muchacho encantador que luce la mejor sonrisa
del verano, hijastro del dueño del negocio, se quebró y fue
reparada. “Se nota en el peso”, explica. El largo, agrega, es
adecuado a mi altura, pero el ancho no. “Estas tablas están bien
para olas tubo, del tipo que hay en el Pacífico mexicano o chileno.
Olas más grandes, las de acá no alcanzan el tamaño necesario para
esta tabla”.
A
pesar de la frustración que me producen sus palabras, compro allí
mismo una funda y sogas de seguridad para trasladar la tabla 800
kilómetros hasta mi casa sobre el techo del auto.
El
simpático y resplandeciente muchacho me da además una crema
“comprada en España” para los dolores musculares que me aquejan,
asegurándome además que son lo más normal y que tanto él como el
instructor que me dio la única clase que tomé, presente allí
durante la conversación, practican yoga para evitar las lesiones a
las que este deporte genera inclinación.
Todas
revelaciones que me harán encarar de otro modo la próxima
temporada.
miércoles, 9 de febrero de 2011
¿Nace un surfer? II
De vacaciones en el mar uruguayo
Día
2. No hay olas. Así que con esa fácil excusa desisto de tomar una
segunda clase. Apoyan la decisión fuertes dolores en la espalda y
los brazos, producto del desacostumbrado ejercicio muscular de la
víspera. Mientras medito mi rehúse, veo salir del mar a dos jóvenes
con sus tablas y me les acerco.
-Yo
nunca tomé clases -me cuenta el más bajito, un rubio de muy buen
ver y ancho pecho lampiño, con una tabla más baja aún que él-. Y
tardé como 20 días en poder pararme. Es cuestión de no darse por
vencido.
Agrega
que hace cinco años que surfa. “¿Tú sos también de
Montevideo?”, pregunta para mi sorpresa. Lo tengo que decepcionar.
Día
3. Alquilo durante algo más de una hora una tabla bastante más
corta que la de usé en la clase. “Una 7-4”, me aclara el que me
la renta. Es que en el interín estuve contemplando la posibilidad de
comprar una tabla para, en vez de tomar clases, darme de lleno a la
práctica sin limitaciones horarias ni locativas, y las que vi
similares a la que usé el día 1 no bajan de usd 350, usadas
-demasiado para mis ambiciones, enmarcadas en 10 días de playa-. Con
la 7-4 que alquilo me va relativamente bien, lo que me decide a
buscar una de dimensiones similares para comprar, en parte también
porque sospecho que la medida facilita las maniobras en el oleaje.
Día
4. Después de buscar en varios comercios del ramo doy con una tabla
7,2 (la medida en pies, me entero), de punta triangular y no redonda,
usada, por usd 200, a lo que debo sumar usd 40 del leash, como se le
dice a la piolita con que la tabla va unida al tobillo del surfista.
En total una cifra que sin ser insignificante está muy lejos de ser
fabulosa.
Por
su tamaño (es la mayor de las tablas chicas) puedo prever que me va
a crear dificultades, pero confío en superarlas. El vendedor, que en
realidad tiene como principal actividad la reparación de tablas, me
explica que tuvo una rotura, pero que allí donde él la reparó no
volverá a romperse. “En caso contrario te devuelvo la plata”, me
garantiza. “Las tablas se rompen, no importa si uno es principiante
o experto, las tablas se rompen, es normal”, dice también. Me da
varios consejos: usar remera oscura en vez de traje (“el traje
dificulta los movimientos, siempre que puedo corro olas sin traje”);
poner doble el cabito que une el leash a la tabla; sacar el leash
todas las noches y guardarlo extendido; acostumbrarme a la tabla,
barrenar un poco con ella y tratar de sentir su régimen de
suspensión antes de largarme a surfar. También menciona la otra
playa, además de la que yo suelo visitar, que según el viento es
apropiada para el surf.
-No
hay tablas mágicas -asegura en relación con mi decisión de
adquirir ésa-, para aprender hay que surfar todos los días, tres
horas de tarde y tres de mañana. los surfistas no hacemos playa.
Bajamos a correr olas y después nos volvemos.
Esto
último lo dice en referencia a los cuidados para la tabla, un objeto
mucho más delicado de lo que uno pensaría. Debe protegérsela sobre
todo del calor (del sol) y de los golpes. Dice todo esto mientras
ajusta las tres quillas que lleva la tabla.
De
tarde hago mi primer ingreso al agua. Tal como los días anteriores,
termino molido, a los crecientes dolores musculares en la espalda y
los brazos se suman heridas y raspones en las rodillas, golpes en las
manos, la impresión de que estuve a punto de rebanarme un dedo con
una de las quillas, y una paspadura tal en la cara interna de los
muslos y sobre la línea que delimita las dos mitades del escroto que
casi no puedo caminar. Además, lo peor: mientras remo acostado sobre la tabla se me apachurran a tal punto el pito y los huevos que empiezo a sospechar que la versión según la cual los surfers son todos asexuales no es, como creía, un mito, cualidad que se debería a una lenta pero efectiva castración por maltrato genital... Al llegar a mi casa me devoro en siete minutos
un quilo de pan.
De
noche, en la cama, al irme durmiento, me vuelven las sensaciones del
surf en el cuerpo, tal como me ocurría muchos años atrás al
bañarme en el mar. Se siente delicioso.
Día
5. De mañana acompaño a mi madre a la playa siguiente, donde le
resulta más facil bañarse. Es un día luminoso de agua transparente
y blanda, y mientras me deleito con la vista desde la costa, veo un
tiburón: al levantarse una ola, veo que la atreviesa una sombra
negra. La visión no dura más de dos segundos, suficientes sin
embargo para distinguir un torpedo oscuro y subacuático de ca. dos
metros en la pared de agua. En el breve instante inicial creo que es
un surfista visto desde atrás, pero al toque sé que es un ejemplar
escualo. Obviamente, siempre cabe la posibilidad de que no haya sido
un tiburón, pero por lo que sé del mundo acuático, creo que lo
era.
De
tarde entro al agua con la tabla. Para evitar los problemas de ayer me puse bajo el pantalón de baño un calzoncillo. De color blanco. Y salvo en el primer intento, en
que encaro la maniobra con toda la energía, no llego ni a pararme en
mi nueva tabla. Se me va toda la fuerza en luchar contra el mar y
correr las olas, me agoto. Son dos sesiones de unos
40 minutos cada una, separadas por un descanso en la playa. En el
agua me ubico un poco al margen de los demás surfistas. Su edad
promedio es de 17 años, y sobre anchas tablas redondas, con
lucientes trajes térmicos, hacen piruetas, haciendo evidente al
mismo tiempo y sin proponérselo toda mi incompetencia.
Al
salir me encuentro con mi profe del día 1.
-Elegí
el camino duro -le cuento después de saludarlo-; me compré una 7,2.
Así que por ahora no voy a tomar más clases.
-Está
bien -aprueba con una sonrisa alentadora-; tenés condiciones.
El
comentario me alegra. Ya en casa practico en la mesa de madera del
quincho, muy ancha y sólida, el salto para ponerme de pie en la
tabla, con lo que las heridas de las piernas y las bolas se
intensifican.
Dia
6. Aunque no enormes diferencias, siento sin embargo algunos
progresos respecto de ayer, como si me fuera habituando de algún
modo a la tabla y los movimientos. Además, ya no vuelvo tan agotado
a tragarme un kilo de pan. A la tarde, al volver con la tabla a la
playa, cae de visita un amigo (con mujer y dos hijos).
-Me
gustan los deportes de deslizamiento -le comento, evocando a mi
todavía marido Sascha, a quien debo esa descripción-: nadar,
esquiar, patinar sobre hielo y ahora surfar.
No
menciono el último de la serie, “coger”, porque está junto a
nosotros el hijo de 11 años de mi amigo y me parece que lo burdo del
chiste no es para su sensibilidad. Tampoco "conversar", porque no quiero que mi amigo piense que está practicando un deporte.
-Son
todos deportes individuales -contesta, gracias a la última omisión.
“Mi
hermano me dijo ayer que el surf es 90 por ciento exhibicionismo”,
agrega; su hermano es psicólogo y terminó ayer sus vacaciones en la
zona. Y es así que en presencia de mi amigo y su familia en vez de
surfar hablamos del tema. También porque poco después llega mi
propia hermana (con marido y dos hijos, también psicóloga y
conocida del hermano de mi amigo), pero ella directo desde Buenos
Aires, feliz de iniciar sus vaciones en el mar. El mayor de sus
chicos estuvo incursionando en el surf el año pasado, en esta misma
playa, y fue una de mis inspiraciones para probar suerte.
Dia
7. Olas mínimas, muy nublado, frío. Voy al agua y hay progresos,
mínimos pero igual estimulantes. Ya consigo sentarme de a ratos en
la tabla y me resulta cada vez más cómoda. Así la voy, según
creo, incorporando lentamente. También la prueba mi sobrino,
pero no lo convence. Lo mejor del día, sin embargo, es que doy con
el nombre que he estado buscando para ella: se llamará Pereciosa,
nombre que encuentro perfecto por designar al mismo tiempo la belleza
y la muerte (el universo).
martes, 8 de febrero de 2011
¿Nace un surfer?
De vacaciones en el mar uruguayo
Tres días después de haber llegado a la playa,
hoy tomo mi primera clase de surf. Aprendo el movimiento básico que
hay que hacer para ponerse de pie sobre la tabla cuando ya se está
montado en la ola. Primero me lo hacen practicar con la tabla sobre
la arena. Me lo enseña un parco muchacho de tal vez 23 años, que
refiere haber nacido en Minas, la ciudad uruguaya del agua mineral.
Me da una tabla enorme, ancha como una vaca y que a mí, que mido
190, me supera en altura por lo menos por 60 centímetros. Antes de
entrar al agua la frota con parafina, una goma blanda y blanca con la
finalidad es facilitar el agarre a la tabla e impedir las patinadas.
-Tenés
buena velocidad -me alienta tras verme proceder un par de veces, ya
en el agua, sobre la tabla.
Más
allá de unas pocas precisiones teóricas, o más bien de la
descripción de los movimientos necesarios para surfar (así se dice
acá, y quedó), la “clase” consiste en que el profe me sostiene
la tabla más acá de la rompiente, y cuando viene la ola ya rota y
echa espuma la empuja para que, mientras barreno con la tabla, trate
de pararme. Lo consigo varias veces sin mayor dificultad. A los 40
minutos me explica que si uno quiere surfar y montarse a la ola antes
de que rompa -como hacen de hecho los surfers- hay que remar con los
brazos hasta que en un momento se siente “una acelaración”, y
que ahí hay que ponerse de pie.
Al
irme le digo que volveré, y que posiblemente acepte su oferta de
seis clases al precio de cinco para compartirlas con mi sobrino de 7
años que llega en unos días.
De
noche, muy entusiasmado, busco en internet páginas de surf. En lo
poco y miserable que hay, aprendo que los surfistas son una cofradía
mundial tan cerrada, competitiva y egoísta como cualquier otra, por
ejemplo los bailarines de tango: se pelean por las buenas olas,
mantienen secretas las mejores locaciones. Además constituyen un
universo, que como todos no cesa de crecer en complejidad y formas de
vidurria. Cuando yo empecé a bañarme en el mar, hace más de 30
años, era una rareza de excéntricos; hoy se practica masivamente en
playas del mundo entero.
domingo, 9 de enero de 2011
Hamlet - Así nace el amor III
Wie wir den ehemaligen dänischen PM umbringen durften
A eso de la una y media o dos me pareció que convendría empezar a bajar, dado que al día siguiente (domingo) tenía que trabajar (si bien planeaba llegar a la redacción ya entrada la tarde y para afrontar una jornada muy tranquila: lo único en agenda eran dos partidos de la Bundesliga, el campeonato alemán de fútbol). Con intención de favorecer el sueño me puse a armar un fasito.
Hamlet
estuvo junto a mí mientras lié, dulcemente recorriéndome
con sus manos y su boca, o apoyando su cabeza suave sobre mi
espalda. Declarándome su amor. Fumé un par de pitadas y le ofrecí
el cigarro al niño, que me miraba en el colmo del arrobamiento. Dió
un par de secas y lo apagamos. Esa marihuana es súper fuerte, y el
objetivo no era ponernos de la cabeza sino bajar un cambio. Con idea
de favorecer el sueño me eché en la cama y me recosté sobre
varias almohadas; Hamlet se tendió a mi lado, apoyándome su cabeza en el pecho.
La
música (Pantha du Prince) seguía sonando, si bien a volumen más bajo, y mi amigo me acariciaba
con dedicación morosa. En eso levantó la cabeza para mirarme a los
ojos. Pero al encontrármelos algo pasó.
-¡Oh
my God! -exclamó (es la palabra)- Oh my God.
De
un salto se levantó de la cama y se puso de pie, sin quitarme la
vista de encima mientras repetía esa invocación en inglés.
-¿Qué
pasa?
Por
toda respuesta me miraba inmóvil, con los brazos cruzados
sobre el pecho y la mano en la boca, como cubriéndose ante una
visión aterradora.
-Sos…
el ex primer ministro de Dinamarca -dijo al cabo el danés-. Te convertiste
en él. No puedo dejar de verlo cuando te miro.
Tardé
un instante en entender. Él seguía clavándome la vista con pavor, inmóvil.
-Hamlet
-dije al fin con toda calma-, soy yo, eldictu. Miráme bien.
Prendí
la luz blanca de leer para que pudiera verme.
Pero fue peor. Aterrorizado, el chico corrió en busca de su teléfono
móvil. No sé cuánto tiempo estuvo conversando con una amiga de su
país, pero peroraba en su extraña lengua sin quitarme los ojos de
encima ni aproximarse a más de cuatro metros, mientras vigilaba
horrorizado mis movimientos. Yo no me movía. De su verborrea se entendían unas pocas
palabras, como la recurrente “primer ministro” y la mención de las drogas que
habíamos consumido. Al fin, después de prometer que volvería a
llamar más tarde, cortó y se envolvió en la salida de baño de toalla que le había dado para pasar la tarde sensual. Entonces se colocó a los pies de
mi cama, se cruzó brazos, y se puso a murmurar una y otra vez oh my god,
mientras al mismo tiempo hacía con la cabeza el gesto de negar.
-Creo
que lo mejor es que te vayas a tu casa -dije, ya harto de los locos-.
-¡No!,
por favor, no me vas a dejar solo en este momento.
Ahí supe que estaba todo bien. Si no se quería ir es que tanto no sufría. Con un suspiro, saqué uno de los libros que estaba leyendo y me
hundí en sus páginas. Al rato mi niño se deslizó en la cama y
volvió a abrazarme. Trataba de no mirar mi rostro, pero de tocarme no se privaba.
-Todo lo que estuvimos conversando fue en broma -le dije comprensivo, con la mayor de las ternuras, en referencia al hogar que según la conversación de unas horas antes planeábamos formar con su mejor amiga, y donde yo sería amante de ambos y padre de al menos un hijo-. Vos sos muy joven, tenés mucho que vivir. Tenés que florecer, muchísimo por descubrir, no podés comprometerte en nada de ese modo. Fue sólo una
conversación de drogados, que obviamente no te obliga a nada, además de que a mí jamás se me ocurriría reclamarte algo.
-Bueno,
muchas gracias, gracias por decírmelo -contestó con notorio alivio, como si no lo
supiera, apretándoseme contra el pecho-.
Fue
así que liquidamos al molesto ex primer ministro. Un rato más tarde, Hamlet me brindó su amor -y lo hizo con el mayor esmero-, y después nos dormimos juntos, abrazados.
Al día siguiente desayunamos en un bar de la esquina,
tomados de la mano, bajo la mirada bienhechora del mozo, gay y encantado ante la vista de dos bellos amantes, tan demostrativamente cariñosos.
martes, 4 de enero de 2011
Hamlet - Así nace el amor II
How the former Prime Minister was born
Después
de tres o cuatro encuentros en los que la amorosidad fue ganando
consistencia, el siguiente hito con el escandinavo estuvo bajo el
signo de las drogas químicas. “Hace tiempo que quiero tomarme un
éxtasis con alguien que se acueste conmigo en la cama”, le dije al
hacerle la propuesta. Le ofrecí un poco del mdma comprado
meses antes en el festival fusion, y que no había tocado justamente
por no tener con quién compartirlo. Hasta entonces había tomado muchas veces esa droga
maravillosa, pero nunca en situación amante.
-¿Cuánto
pesas? -pregunté.
-74
-dijo.
Me
asombró: peso 78 y él es cinco centímetros más alto, si bien
también un poco más flaco y tal vez más ligero, menos denso. Así
que según su respuesta armé las dosis, como siempre a ojo, mediante
el procedimiento de dividir en montoncitos parejos la droga
previamente molida y hecha polvo (considernado que contaba con cerca de 800 mg, y que se calcula aprox. 1,2 mg por kilo de peso ).
Le
di a elegir entre dos pilas de polvo que de acuerdo con mis cálculos
eran equivalentes y a las que en una escala de 1-10 (donde 10 es
máximo pegue pero todavía nada de toxicidad, y 1 apenas el
reconocimiento, aunque indudable, de una alteración), correspondía
un 7 u 8.
-Elijo
la que tiene más -dijo.
Levantó
con los dedos húmedos el polvo y se lo tragó con ayuda de un Paso
de los Toros que había quedado de mi multitudinaria fiesta de
cumpleaños, ocurrida cosa de un mes antes. Yo hice lo mismo con el
otro montón, y él pidió lamer los restos que estaban en el plato.
No había pasado media hora y ya era claro que la substancia estaba
actuando sobre mí.
-No
me hace nada, no me hace nada -repetía sin embargo mi amigo sexual,
quien ya me había comunicado que hasta ese día no había probado
esa droga, ni ninguna otra a excepción de un poco de marihuana en
forma de hachís-.
Le
dije que si en un rato más no le hacía efecto le daría un pequeño
suplemento.
-Ahora,
dame ahora -contestó- porque si no vamos a estar desfasados.
Le
advertí que convenía esperar, pero salió con que me había dicho
mal su peso y por consiguiente la dosis que se había tomado le
resultaba insuficiente. Le dije que metiera el dedo meñique húmedo
de baba en la bolsita donde estaba el resto del polvo, que eso
bastaría para subirle un par de puntos. Así lo hizo. Cinco minutos
después insistía con que no era suficiente.
-Bueno,
mala suerte -contesté-. Ya está. Ahora vamos a esperar. Tal vez no
te haga nada. Pero yo creo que sí. Hay que esperar.
Y
al poco rato empezó un momento perfecto, en el que no dudaría en
eternizarme. La plenitud del amor, el contacto feliz de cualesquiera
superficies corporales -pero con énfasis en bocas y pijas-, caricias
de intensidad infinitamente fractal. No sé cuánto tiempo estuvimos
en la cama, no sé cuánto en la bañera, dejando que el agua nos
corriera por el cuerpo, acompañados por la música electrónica de
mi colección, inolvidable. Saqué la droga del cajón a las cinco de
la tarde, y de pronto era medianoche y estábamos en brazos uno del
otro con las trompas atadas por el amor, la hermosura y la
conversación incesante e inflamada como el universo entero
alrededor.
-¿Cómo
ves tu vida en el futuro? -le pregunté.
-Mhh.
No sé. Creo que me gustaría tener una linda casa y vivir con mi
novio. Trabajar en algo tranquilo.
-¿Pensás
que te gustaría tener hijos?
-Sí,
pienso tener hijos -declaró-.
-¿Y
cómo? ¿Con alquiler de vientre?
-Tengo
una amiga. Mi mejor amiga.
-¿Cogiste
con una mujer alguna vez?
-Nunca.
Pero igual puedo estar con ella y tener un hijo. De los dos.
-Yo
siempre soñé con un trimonio -le conté, estimulado por su idea-.
Vivir con un hombre y con una mujer en una relación de tres.
-Bueno
-dijo como si una decisión así estuviera en sus manos- ya está.
Podemos vivir los tres juntos. Vos, ella y yo.
-Me
estoy por volver a vivir a Buenos Aires -contesté en el mismo viaje
alucinante-, pero si vamos a vivir los tres juntos me quedo. No voy a
desperdiciar una oportunidad así.
-Sí,
quedate.
-Todavía
tiene que estar de acuerdo tu amiga.
-Sí,
pero le vas a gustar.
-Me
saqué la lotería -dije con una sonrisa mientras apretaba su cuerpo
desnudo contra el mío y nos perdíamos en el abrazo, perfectamente
henchido de amor. Así, aunque sin tener idea, estábamos engendrando al ex primer ministro de Dinamarca.
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